viernes, 9 de octubre de 2015

Catarsis.

   Clavo los ojos en la línea del horizonte mientras aplasto la cabeza del cigarro contra el cenicero.
   Gracias a los cristales de la cafetería veo mi reflejo. La silueta de un hombre joven que es invisible, una figura que observa y cuya voz no denuncia los crímenes que presencia. Estudio mis ojeras, que me acunan del mismo modo que un padre haría con sus hijos. Llevan tanto tiempo escalando hacia mis pupilas, intentando traspasarles su negrura y ahogarme en la ceguera, que su color violáceo se ha grabada sobre mi piel, convirtiéndome en una sombra.
   Pese a ello, no es el aspecto el culpable de que me sienta extraño en mi propio cuerpo. Hay otros motivos más sutiles que caminan en el silencio de los días. Razones que hacen perder la orientación a aquel al que el pasado le pisa los talones por mucho que avance.
   Soy dueño de un alma que no conoce su verdadero nombre. Lo busco con la ansiedad de un cazador furtivo, obligándome a recordar que no lo olvidé, sino que jamás llegué a encontrar pista alguna de su morada. Pero soy un mar que las tormentas azotan año tras año, con la violencia de un Dios ofendido. Un charco de pasión enterrada que los barcos evitan cruzar porque la profundidad de sus aguas mengua el coraje de sus tripulantes. Un fantasma condenado a vivir en un cuerpo que nadie ve. Un monstruo al que el amor pudrió y que guarda en la mirada la sangre de las batallas perdidas.
   Tiro el paquete de tabaco al cubo de la basura y salgo del establecimiento a comprobar que el aire es capaz de saquearme los recuerdos.
   Debería haber sido fácil, esa tarde de noviembre, cuando en el cielo aún calentaban los rayos del pálido sol otoñal, entablar conversación con los tipos de Weiser’s. Abrir la boca y dejar que las palabras correctas ascendieran hasta los oídos que anhelaban escucharlas. Mas durante los asuntos de negocios es conveniente esconder un as bajo la manga, aferrarte a algo que haga temblar al enemigo. Y el ayer también ha empequeñecido mi poder de manipulación dentro y fuera de los 
trabajos sucios. Estoy vacío: en mis bolsillos solo pesan las tribulaciones arrastradas de otra época.
   Resulta curioso averiguar cómo algunos deseos no pueden concederse a menos que tengas con qué pagarlos.
   Junto los párpados y presto atención al mundo. Desde el centro de la capital, en lo alto de aquel enorme edificio, el bullicio de los coches y de los transeúntes que aún circulan en el corazón de la ciudad retumba en mi cabeza al igual que una banda sonora en segundo plano, y solo tengo una cosa en la mente.

   Para volar, primero hay que renacer de las cenizas.


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