viernes, 23 de octubre de 2015

En la boca del lobo.

   Lindsay se pasa la lengua por los labios con un gesto lleno de sensualidad. Su mirada insolente me vigila desde el sofá, retándome a contemplarla sin sentir excitación alguna.
   Conozco cómo funciona su mente. Quiere convertir las fantasías que la dominan por las noches en porciones de realidad que se cumplan cada vez que visita mi consulta. Su cabeza está repleta de deseos que solo se satisfacen mediante el sexo. Y pretende que yo sea quien se encargue de saciar su hambre. De curar su autoestima. De apreciar al animal cuyos afilados colmillos llevan meses cobrándose víctimas innecesarias.
   Se ha aprovechado de un gran número de hombres física y emocionalmente. Conozco a las no pocas personas que han sucumbido a sus encantos y han salido perdiendo, y a los jóvenes que han creído ver en ella a una musa y que, tras una noche de frenesí, han reconocido al monstruo bajo su apariencia de sirena.
   Lind es un ser desterrado de los cielo. Pero sé que es difícil lidiar con el sufrimiento: su único objetivo es olvidar el dolor que arrastra desde la infancia.
   Continúo observándola a la vez que habla. El reloj del fondo ha marcado veinte minutos más desde que comenzó a contarme su aventura con Alain. Hace veinte eternos minutos que está relatándome cómo se acostaron juntos el sábado, evitando obviar detalles. Dándome a entender que los esfuerzos de él habían sido mínimos para dejarle un buen sabor de boca. Es tan explícita que cuesta aceptar que no sienta vergüenza. Disfruta recreándose en las historias.
   -Cuando me quitó las medias todo empezó a volverse automático. Yo sabía que a Alain no le apasionaban las mujeres salvajes. Lo leí en su mirada el primer día que tropezó conmigo. No obstante, terminamos haciéndolo en la cama que años atrás había pertenecido a mis padres, y en los momentos cumbre él no paraba de decir cosas acerca de su ex-mujer. Parecía que su intención era calmarme o amansarme. Como si fuera una loba que necesitara domesticar. Como si temiera la fogosidad que hay en mí, rehuyéndome.
   Mantengo la compostura y dejo que el silencio la golpee. La incertidumbre es el escenario que aviva su nerviosismo. No consigue manejar una situación donde piensa que no tiene el control.
    Resulta casi imposible ver otra naturalidad en ella que no sea la fiereza. Desprende agresividad y persuasión hasta en la última de sus pestañas. Posee la habilidad de deducir el pensamiento de los demás, adivina las debilidades de los varones, y utilizar esos defectos para jugar a la ruleta rusa con ellos. Debe salir exitosa de cualquier aprieto. Manipular el subconsciente de los que la rodean. Hacer que sea el público el que le proporcione el amor que jamás ha conseguido generar hacia nadie. Necesita la aprobación exterior para contrarrestar el profundo odio que se profesa a ella misma. ¿Habría de culparla por intentar reconstruir su corazón a través de una obsesión por el sexo? ¿Por recordarme de mil formas distintas que es la primera vez que se enamora de verdad de alguien que no la puede corresponder?
   -¿Sabes qué, Gab? Aunque ese tío me hubiera deseado y hubiéramos estado hasta el amanecer haciendo el amor, no habría sido suficiente. Me hubiera importado una mierda. Porque el rostro que veía cuando me penetraba era el tuyo-las lágrimas descendieron por sus mejillas antes de alcanzar la barbilla y caer al sofá, suicidándose. En sus ojos se reflejaba la decepción. Una angustia demasiado intensa para explicarla con palabras-.Lo siento. Siempre estás en mí.
   Escucharlo de nuevo significa otro puñetazo en el pecho. Es el tema de conversación principal. La música de fondo que suena en su cerebro. La sinfonía que el diablo canta para nosotros en esta habitación, a espera de destruirnos.
   -Linday, conoces de sobra las normas. Ningún terapeuta traspasa los límites de la ética. No podemos ser nada excepto profesional y paciente.
   Una sonrisa malévola apareció en su cara mientras mantenía la mirada encendida.
   -Creo que ya es la hora.
   Se levantó y cogió sus cosas, moviéndose de manera sutil. Tratando de alargar el tiempo antes de abandonar la consulta.
   Cuando cerró la puerta, el mundo se me vino abajo.

   Incluso con los ojos abiertos soy incapaz de apartar su imagen de mis pensamientos.


viernes, 9 de octubre de 2015

Catarsis.

   Clavo los ojos en la línea del horizonte mientras aplasto la cabeza del cigarro contra el cenicero.
   Gracias a los cristales de la cafetería veo mi reflejo. La silueta de un hombre joven que es invisible, una figura que observa y cuya voz no denuncia los crímenes que presencia. Estudio mis ojeras, que me acunan del mismo modo que un padre haría con sus hijos. Llevan tanto tiempo escalando hacia mis pupilas, intentando traspasarles su negrura y ahogarme en la ceguera, que su color violáceo se ha grabada sobre mi piel, convirtiéndome en una sombra.
   Pese a ello, no es el aspecto el culpable de que me sienta extraño en mi propio cuerpo. Hay otros motivos más sutiles que caminan en el silencio de los días. Razones que hacen perder la orientación a aquel al que el pasado le pisa los talones por mucho que avance.
   Soy dueño de un alma que no conoce su verdadero nombre. Lo busco con la ansiedad de un cazador furtivo, obligándome a recordar que no lo olvidé, sino que jamás llegué a encontrar pista alguna de su morada. Pero soy un mar que las tormentas azotan año tras año, con la violencia de un Dios ofendido. Un charco de pasión enterrada que los barcos evitan cruzar porque la profundidad de sus aguas mengua el coraje de sus tripulantes. Un fantasma condenado a vivir en un cuerpo que nadie ve. Un monstruo al que el amor pudrió y que guarda en la mirada la sangre de las batallas perdidas.
   Tiro el paquete de tabaco al cubo de la basura y salgo del establecimiento a comprobar que el aire es capaz de saquearme los recuerdos.
   Debería haber sido fácil, esa tarde de noviembre, cuando en el cielo aún calentaban los rayos del pálido sol otoñal, entablar conversación con los tipos de Weiser’s. Abrir la boca y dejar que las palabras correctas ascendieran hasta los oídos que anhelaban escucharlas. Mas durante los asuntos de negocios es conveniente esconder un as bajo la manga, aferrarte a algo que haga temblar al enemigo. Y el ayer también ha empequeñecido mi poder de manipulación dentro y fuera de los 
trabajos sucios. Estoy vacío: en mis bolsillos solo pesan las tribulaciones arrastradas de otra época.
   Resulta curioso averiguar cómo algunos deseos no pueden concederse a menos que tengas con qué pagarlos.
   Junto los párpados y presto atención al mundo. Desde el centro de la capital, en lo alto de aquel enorme edificio, el bullicio de los coches y de los transeúntes que aún circulan en el corazón de la ciudad retumba en mi cabeza al igual que una banda sonora en segundo plano, y solo tengo una cosa en la mente.

   Para volar, primero hay que renacer de las cenizas.