miércoles, 16 de septiembre de 2015

Busca y encontrarás.

   -¿Creéis que ese niño sigue vivo?
   Giramos a la derecha en la última avenida cuando las dudas de Jordan se alzaron por encima de las advertencias de Johnny Cash. Desde una de las emisoras de rock clásico, su voz grave susurraba en nuestros oídos God’s gonna cut you down con el tipo de frialdad que desprenden las palabras de un hombre que no teme a la verdad, de alguien para quien el horror del mundo es solo un hecho más.
    -Hay que esperar a que analizen la gorra. Aún no sabemos si algún tipo le puso las manos encima al chaval. Puede estar en cualquier parte-dijo Irons.
   Miré a Poulter, que paseaba el dedo pulgar por su barbilla como si acariciara el lomo de un animal salvaje; tratando de domesticar sus pensamientos antes de abrir la boca.
   -Sí, en cualquier parte.
   Repitió las palabras sin que adquirieran sabor alguno. Bañándolas en saliva helada, guardando la rabia que ardía en su interior y barriendo las cenizas de las ilusiones que se resistían a abandonarle. Los restos del pasado que aún le perseguían.
   No quise añadir nada.
   -Han pasado dos días. Démosle una tregua a esto-Jordan se quitó las gafas. Sus pupilas disminuyeron al exponerse al sol, haciendo que la luz cambiara su forma de ver, y volviéndolas diminutas frente a la realidad-.Nadie va a solucionar la desaparición de un crío en un abrir y cerrar de ojos.
   Pedro Del Mar continuó en dirección a la calle Sailor hasta que apareció una hilera de mansiones enormes, rodeadas de jardines perfectamente podados, cuyo color verde daba la bienvenida a un lugar tranquilo, lejos del ruido y de la contaminación de la ciudad. Hasta el ultimo detalle de los arbustos había sido esculpido a mano.

   -Hogar, dulce hogar-soltó Pedro.
   Aparcamos frente a la número 56. Una casa que fácilmente podía pertenecer al hijo de un ministro o de un presidente, era propiedad de unos padres que buscaban a su hijo de diez años en todos los rincones entre el cielo y la tierra.
   Irons se ajustó el cinturón y colocó una pistola en el hueco de la izquierda. Luego bajó del coche.
   El conductor se negó a bajar del coche. Odiaba sonreírle a las víctimas de cualquier crimen.
   -Me quedaré vigilando. No tenemos ni idea de quién vio lo que sucedió ni de por qué Timothy se fue. Ya sabéis, quizá el ambiente cotidiano nos ayude a encontrar una pista. A veces los vecinos oyen y observan cosas que no deberían.
   Asentí.
   -Mantén los ojos abiertos, Del Mar.
   -Id a hacer vuestro trabajo-sacó un cigarro y usó uno de los mecheros que tenía en el desfiladero del coche para encenderlo. Cada uno estaba decorado con la foto de una modelo de Playboy-.Los posibles homicidios infantiles suelen quitarme el sueño.
   Los cuatro nos distanciamos del BMV y atravesamos la entrada. Varias figuritas de animales observaron nuestras siluetas mientras alcanzamos la puerta.
   Después de que el timbre traspasara el umbral de irritación auditiva de un ser humano normal, una mujer de mediana edad apareció frente a nosotros. Su largo cabello anaranjado, cuyas raíces mostraban un tono marrón, estaba enredado en una montaña de rulos fluorescentes a la altura del flequillo. Esto no impedía que unos cuantos mechones anárquicos saltaran encima de su frente, dándole una apariencia infantil.
   La contemplé consternado.
   Su sonrisa, sujeta en el rostro mediante un carmín rosa que pretendía desviar la atención de la deseperación que reflejaba su mirada, resultaba incongruente con los litros de agua salada que sus pestañas retenían. Parecía a punto de desaparecer si un soplo de aire le rozaba la boca.
   -Buenos días, señora Fletcher.
   Trató de ensanchar las comisuras de los labios, pero empalideció de golpe. No había sido el marido quien acababa de allanar su morada.
   -Buenos días-contestó empleando una voz similar a una melodía de cuento.
   -Venimos a continuar la investigación. Nos gustaría hacerle unas preguntas acerca de Timothy Fletcher.
   Dos agujas invisibles sujetaron la falsa felicidad de Liza Fletcher en su cara y lograron que la ridiculez de la situación fuera de un grado mayor.
   En cuanto el hilo del orgullo se rompiera, el sufrimiento real o ficticio que escondía, la ahogaría.
   -Claro, pasen. Cualquier información será de ayuda.
   Nos condujo hasta el salón. Los rayos del sol se filtraban a través de las cortinas, cuyo chorro de color violeta inundaba los muebles, el sofá de piel y las estanterias repletas de souvenirs de distintos países. Aquella casa supuraba dinero incluso por las paredes, decoradas con una pintura que desprendía un olor suave que flotaba en el aire. Lo reconcí al instante. Era lavanda, la fragancia que serena las emociones y calma el espíritu.
   Irons habló primero.
   -Bien. El chico se encontraba solo en casa el día de la desaparición. La última vez que lo vieron, ¿dónde y cuándo fue?
   La mujer puso las manos sobre sus brazos, acariciándose la piel de una manera áspera, como si la simple fricción de sus manos no pudiera generar calor dentro de las estalactitas que colgaban de su corazón helado. Agachó levemente la barbilla, haciendo que su cabeza quedara en un perfecto ángulo que significaba <>, y tuve la sensación de que el movimiento había sido ensayado muchas veces. La imaginé delante de un espejo tratando de hacer coincidir la idea de impotencia con la posición de sus hombros, observando cada detalle y esperando a que sus gestos dijeran lo que ella deseaba proyectar al exterior. La depresión de una pérdida.
   ¿A qué íbamos a enfrentarnos? El rostro de esa señora triste, a punto de convertir la mesa en un mar de lagrimas invisibles, ya no seguía disfrazado de hilaridad forzada. Ahora se había vestido de escozor.
   -Tim regresa siempre del colegio a las cinco y media. Ese viernes me dieron una hora libre en la empresa y llegué antes a casa. Pensé en que hiciéramos los deberes juntos, pero me llamó desde la escuela para avisarme de que cogería el autobús de las siete. Dijo que iba a jugar un partido de baloncesto con sus amigos en el polideportivo del centro. Me quedé tranquila y salí a comprar unas cosas. Sabía que Ulrich entraba a trabajar a las cuatro y regresaba antes de la cena, así que no estuve pendiente del reloj mientras pagaba las prendas. A pesar de lo que prometió, cuando mi marido vino ya no había nadie esperándole. No entiendo qué impulsó a nuestro hijo a salir de la casa sin avisar a nadie. Ni siquiera tuvimos la oportunidad de despedirnos de él.
   Poulter se sentó en la silla con las mejillas rojas a causa de la calefacción de la mansión. Estaba taciturno y le costó despegar los labios.
   -¿Alguna idea de por qué se iría de casa? ¿Han discutido esta semana o han recibido llamadas de atención de parte del director del colegio?
   La señora Fletcher movió la mandíbula hacia los lados.
   -¿Conflictos con los compañeros o con los profesores?
   -Nada de eso. Les aseguro que el niño era educado y se sentía bien aquí. Éramos felices los tres.
   -No lo ponemos en duda. Simplemente necesitamos conocer todos los detalles. De lo contrario, tal vez no lo encontremos.
   -¿Tampoco les han confirmado los vecinos haber oído ruidos esa tarde? ¿Algún conocido presenció el momento de la huida?-pregunté.
   -Si lo saben, han decidido no contárnoslo.
   Entonces Jordan irrumpió en la conversación. Ya había escuchado suficiente camuflado bajo un velo de silencio e intentando no juzgar los hechos antes de averiguar qué había ocurrido.
   -Si aún pretende hallar a Timothy vivo, le recomiendo que empiece a colaborar. Esos hechos se lo contó el señor Fletcher al comisario la misma noche de la denuncia.
   En cierto sentido entendí la postura de mi compañero. Nos habían enseñado a no descartar nunca a nadie del mapa de sospechosos. Fuera cual fuera su relación con la víctima del caso.
   La mujer se quedó mirándole sin pestañear. Su rostro no mostró ninguna emoción, tan solo incredulidad. La sorpresa de una coqueta ciudadana cuyos bolsillos llenos de billetes pesaban más que su compromiso de honestidad con el mundo.
   -Siento la falta de noticias, inspector-pronunció esto de un modo hostil, evitando alejar la vista del policía, y segundos después comenzó a sollozar, situando los dedos encima de los párpados-.Una madre conserva el derecho a sentirse despreciada por el abandono de la persona que ha llevado en su vientre durante nueve meses.
   El silencio hizo temblar el halo de calma que flotaba en la sala. Jordan no desvió las pupilas de los ojos oscuros de Liza Fletcher, que brillaban tanto como las hojas de dos navajas.
   -Muy bien. Adelante con su decisión. Recuerde que tras cada minuto que pasa, la probabilidad de traerlo de vuelta es menor.
   Nos levantamos y seguimos a Irons, que ya había traspasado la puerta principal. Allí delante, sus brazos en jarras revelaban una seguridad esculpida a través del paso del tiempo. La norma lógica frente a cualquier desaparición era destripar los hechos. Hablar, hablar y hablar. Y la ambigua señora Fletcher guardaba un as bajo la manga. Un comodín para ganar un juego en el que solo conocía ella las reglas y el fin.
   Salimos de la mansión y minutos antes de montar en el automóvil, Jordan y Irons le dijeron que se mantendrían en contacto. Pese a todo, en la frente de los agentes observé varias arrugas. Líneas que se interponían en la suavidad de sus rostros al igual que una colina de mentiras, secretos y sentimientos ocultos.
   Al dirigirme al coche, vi que Poulter aún se encontraba en la entrada, clavando la mirada en el rostro de porcelana de Liza con una fiereza a punto de explotar, envuelta en gasolina. Era un niño esperando que alguien le diera permiso para soltar la cerilla. Un adulto cuya moral rígida no aceptaba la inhumanidad de la gente que no le devolvía el favor de proteger el Estado y sus habitantes.
   Oí su voz prenderse a lo lejos, mientras los pájaros silbaban durante esa tranquila mañana de domingo.

   -Le avisaremos si el cuerpo del niño aparece en algún río.


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