miércoles, 2 de septiembre de 2015

A los lobos les gusta saciar su hambre.

   Finn se echó el cabello rubio hacia atrás antes de ponerse la gorra.
   Jamie tenía razón. Después de haber conseguido esos seis millones de dólares, las cosas funcionarían mejor. No habría disputas por los pequeños negocios ni protestas por el dinero de las rentas familiares. Ni siquiera volvería a haber peleas entre los hermanos Card. Además, los contactos de la policía colgaban de los hilos que habían tejido y manejarlos según les resultara conveniente sería avanzar por un camino de rosas. Con una sola palabra que alguno de los hombres de la comisaría intentara delatarles, apretarían las cuerdas hasta que los pies del culpable quedaran suspendidos en el aire, separados al igual que sus labios cuando se abrieron en el instante equivocado a la gente menos indicada.
   Sí, aquella era la gran etapa que habían esperado durante tanto tiempo. Faltaba regresar a casa y celebrarlo entre todos, aunque primero los cabos sueltos debían atarse.
   El treintañero encendió un cigarro y siguió caminando a través de las apestosas calles de la ciudad. Cuando el sol comenzó a ponerse, llegó a la antigua ferretería abandonada del polígono. La zona continuaba desierta desde el último año que la usaron para guardar los kilos de hierba. Apenas dos o tres coches habían sido aparcados en el establecimiento de al lado, la tienda de intercambio de productos de segunda mano, y el viento subía y bajaba sobre el asfalto quemado atribuyéndose el papel de un vigilante sinfónico. Sin embargo, los automóviles que esperaba encontrar no se veían. Nadie se hallaba allí. Metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y desapareció bajo las sombras del interior de la nave. La curiosidad le pellizcaba la conciencia.
   -¡Duncan! ¡Wilson!
   Gritó los nombres y a cambio recibió el eco de los mismos, sintiendo el volumen de las sílabas fluctuar hasta evaporarse de manera similar a una violenta lluvia que cesa de caer.
   Miró el reloj. Los cálculos indicaban que el tiempo acordado se disipaba a un ritmo veloz. Algo tendría que haber sucedido. Estos tipos no acudían tarde a dondequiera que estuvieran forzados a ir, y cuando cerrar el trato implicaba que un montón de dinero terminara en sus cajas fuertes, no albergarían dudas.
   Finn decidió aguantar un poco. La mayoría de las personas con las que lidiaban les devolvían favores, por lo que no les preocupaba exprimir sus ambiciones y conseguir cualquier cosa que desearan de esos peces flacos. Pero sobre los hombres que esta vez les habían permitido atracar el banco, los Crimson, se decía que eran tiburones de mar abierto, y la prudencia se antojaba necesaria, casi imprescindible. De no aparecer en veinte minutos, él se llevaría el mapa en el que figuraba el cruce de Long Side. Después no podrían adivinar en qué parte del estado habían sido enterrados los billetes y la riqueza pasaría integra al bando de los suyos.
   Dio vueltas mientras en su rostro empezaba a consolidarse el agobio y un nerviosismo le humedecía los dedos de un sudor frío. El aire traía un fuerte hedor a metal oxidado, y a pesar de los quejidos hambrientos de las ratas que corrían alrededor de los restos orgánicos, un silencio ocupaba el espacio de la fábrica. Un tipo de sonido inexistente que abrazaba el ambiente con esfuerzo, envolviéndolo en un vacío que parecía no hallarse ahí, y que martilleaba los oídos con palabras mudas de advertencia. Una ausencia de ruido que mordía la piel y erizaba el vello, que se escondía en la penumbra y que se negaba a abandonar el lugar, que le escuchaba a uno mismo en vez de dejarse penetrar por las voces.
   El chico trató de darse la vuelta, mas alguien cargó un revólver detrás de su cabeza. La boca de la pistola le congeló los sesos en una milésima de segundo gracias a un simple contacto unos centímetros por encima de su cuello.
   -Un placer verte de nuevo, McLaren.
   La amabilidad sarcástica del inspector Roland le pegó un empujón en el centro del estómago, reventándole las expectativas de salir ileso de entre aquellas paredes plagadas de suciedad. Cuatro agentes le apuntaron con varias armas, obligándole a alzar los brazos y quedarse inmóvil. Los demás le cachearon y sacaron un papel doblado de su pantalón, tras lo cual el jefe de los allí presentes asintió sin evitar que un brillo de satisfacción se apoderara de sus ojos grises, tan callejeros como su alma de pobre diablo.
   -Los Crimson nos han facilitado el hecho de que nuestros caminos se crucen. No les guardes rencor, ¿de acuerdo? Es solo que, ya sabes, los buenos amigos lo comparten todo. Y por qué no seis millones de dólares.
   -Sois unos hijos de puta-escupió Finn, haciendo que la saliva manchara los zapatos de charol de Roland al girar la barbilla-.Os aseguro que os descubrirán. Alguien terminará alimentando con veneno a esos imbéciles, y entonces vosotros seréis el segundo blanco.
   Los labios de este se ensancharon, desplegándose en una sonrisa que no mostraba los dientes y que ocultaba de un modo exitoso, en caso de que existiera, el miedo a perder contra él en un futuro no muy lejano.
   -Púdrete junto a tus socios, rata.
   Le arrebataron el dinero que llevaba en la cartera y uno de los policías le propinó un puñetazo en la mandíbula, esparciendo un río de sangre a través del suelo. Luego se escurrieron por la entrada de un modo sigiloso y sutil, sumamente cavilado y propio de gente a quien solo los asuntos económicos y la corrupción ponen en movimiento. De criminales cuyo trofeo significa convertir un golpe de suerte en el honor de una vida entera.
   Minutos después, Finn logró alcanzar la puerta trasera jadeando. Se ayudó de la lengua para arrancar la muela que bailaba cerca de su paladar, y se tiró encima de la tierra, donde el reguero oscuro de las encías proclamaba su huella de identidad.
   Solo una cosa rebotaba en los rincones de su cerebro.

   Esa iba a ser la última vez que lo vendían.

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