miércoles, 30 de septiembre de 2015

Sándwiches, caramelos, y mantequilla de cacahuete.

   El cielo comenzaba a adquirir un tono violáceo y las nubes se habían dispersado, envolviendo la villa en un halo de fantasía. El día se despedía ya de los habitantes que regresaban a sus hogares después de una dura jornada de trabajo, y a esas horas de la tarde la tranquilidad era tangible en las colinas que se hallaban en el lado opuesto de la diminuta ciudad.
      Rock atravesó el bosque hasta llegar a las montañas. Una vez alcanzó la zona de mayor altura, hizo caer al suelo la mochila que cargaba a la espalda y sacó un par de sándwiches, una bolsa llena de croissants y una manzana. Extendió una manta encima de las rocas y colocó los alimentos sobre ella. Después se sentó en la tierra y posó la vista en los cientos de astros que brillaban desde lejos, escuchando los grillos que le rodeaban.
   Si alguien atento hubiera estado observándole, habría adivinado que tenía los sentidos alerta. Una parte de él permanecía inmerso en las profundidades de la bóveda celeste, acunado por el ruido de los bichitos que se ocultaban a su vista, pero la otra mitad escuchaba con un aire nervioso, casi enternecedor, cómo el viento mecía las flores y traía hacia las alturas cualquier sonido.
   Aguardaba la llegada de alguien.
   El leve temblor de las hojas le indicó que el tiempo de espera había terminado, y una sonrisa apareció en su rostro aún infantil, el cual se negaba a que la adolescencia le endureciera las facciones. Cuando se incorporó, una sombra bañó su figura. A pesar de que la criatura que la proyectaba se escondía entre la vegetación, su gran tamaño hizo que una leve oscuridad cubriera al jovencito completamente.
   Rock se quedó quieto. Unos ojos amarillos se habían posado en él y analizaban sus movimientos con la minuciosidad de un asesino. En ellos había escrito <>. Los envolvía un halo inteligente que rebosaba misterio y desprendían una frialdad siniestra. Parecía una fiera cuyo corazón sabía demasiadas cosas. De quien era recomendable alejarse.
   El chico dio un paso al frente y extendió el brazo hacia la comida a modo de ofrenda.
   Entonces esas pupilas insidiosas, negras como una noche sin luna, emergieron de los arbustos. Y a dos o tres metros de él, apareció un lobo de pelaje grisáceo y orejas moteadas. Un animal de varios palmos de longitud más alto de lo establecido para un lupus y provisto de unas fauces que solo existiría un material que no pudieran desgarrar. El acero.
  Los dientes asomaron bajo la piel de su boca.
   <<Los has traído de mantequilla de cacahuete. Sabes que no la soporto>>.
   El jovencito introdujo los dedos en los bolsillos del pantalón e hizo bailar un paquete de galletas de chocolate delante de los colmillos de la bestia.
   -No quedaba mermelada en la despensa, pero, ¿creías que me olvidaría de tu postre favorito?
   Un segundo más tarde, el lobo le lamió la cara con un gesto de bondad muy humano.
   <<El día en que me defraudes, el mundo comenzará a girar al revés>>.
   Ambos se tumbaron y compartieron la cena mientras la luz abandonaba aquel rincón de Francia.
   Rock le acarició el hocico. Sus dedos se deslizaron sobre la nariz del compañero con una delicadeza ensayada y sin temor alguno. La emoción que ardía en su mirada tarareaba en silencio una melodía alegre llena de recuerdos felices, como si se conocieran desde hacía muchos meses atrás. Además, los dos se procuraban signos de cariño.
   <<Cuéntame las novedades>>.
   El amigo se encogió de hombros.
   -Me gustaría vivir algo emocionante, Jean. Salir de la rutina, dejar de ir a esa escuela y dedicarme a dibujar y explorar otros lugares. Pero en estas semanas no ha sucedido ninguna cosa importante-resopló-.La vieja historia de siempre. Las mismas caras, las mismas clases…
   <<Todo no puede cambiar tan rápido, Rock. No te desesperes. Pronto tendrás un empleo propio y ahorrarás. Luego irás donde te apetezca, allí donde empezar de cero sea posible>>.
   -Al menos quiero viajar y regresar con buenas noticias y con suficientes billetes en la cartera para disolver las deudas de mi padre.
   <<Lo harás. Confío en ti. ¿Qué tal la familia?>>
   El niño puso unos caramelos en su mano y permitió que el animal le hiciera cosquillas con la lengua según los recogió.
   -Papá continúa en el negocio de los automóviles. La verdad es que no le va nada mal, aunque suele venir tarde la mayoría de las semanas porque sigue haciendo horas extra ya que necesitamos dinero. Hay que pagar los gastos de la casa y de nuestro colegio. Yo intento sacar ratos libres los sábados y acudir al taller-hizo una pausa y se mordió el labio. Esa manía siempre le perseguía cuando se sentía preocupado. Le ayudaba a calmarse-.Mamá se encuentra bien. Al fin se ha recuperado de la gripe que sufrió en agosto. Y Rosalie… se acuerda de ti a menudo. A veces resulta duro recordarle que no volverás.
   Las pupilas del lobo se agrandaron. Pese a ello, no añadió nada. Se mantuvo sentado observando la forma en que el rostro del chico perdió luminosidad: una pizca de aturdimiento fue vertida por la memoria en las cuencas de sus globos oculares.
   -No sabes cuánto me arrepiento de ser un cobarde. Si aquella tarde me hubiera enfrentado a Gerard y a su pandilla…
   <<Tuviste valor, Rock. Ellos eran cuatro y tú solo uno. Trataste de luchar usando las palabras, pero si no te escucharon, no se debe a que no lo intentaras. Recuerda que nadie me obligó a defenderte. Que nadie me apuntó con un arma a la cabeza y me forzó a tirarme a ese pozo. La decisión fue mía. Las consecuencias… Bueno, esas nadie las habría adivinado>>.
   El jovencito se limpió las pestañas, que se le habían humedecido.
   -Lo siento.
   La bestia se acercó e hizo aterrizar las patas sobre su pecho.
   <<El precio era salvarte. Saltaría al agua mil veces si cada una evitara que mi hermano no muriera ahogado y que no perdiera su forma humana por culpa de unos matones que no habían cumplido ni siquiera los quince años>>.
   Las mejillas de Rock se tornaron rojas.
   -Te quiero, Jean.
   <>.
   El niño miró el reloj. Las agujas marcaban las nueve y media. Lo que significaba que le quedaban diez minutos para atraversar de nuevo el bosque y volver a su hogar.
   Se levantó y guardó los plásticos que habían usado.
   -Es la hora. Papá está a punto de llegar y me prohíbe que me aleje más allá del restaurante de Fynn’s cuando anochece.
   <<De acuerdo. Será mejor que no te metas en líos. Dile a Rosie que no se desapunte de las clases de baile, y que estudie. No me olvido de la enana de la casa>>.
   -No pasarán muchos días antes de que venga. Lo prometo.
   El pequeño de los varones abrazó al lobo y después se alejó con el tintineo de las estrellas sobre su cabeza.

   Al marcharse, un aullido se oyó a sus espaldas. El adiós de un ser querido pronunciado por un animal con el alma de un chico de diecisiete años.


martes, 22 de septiembre de 2015

Concurso 'Plumas, Tinta y Papel'.

Mi microrrelato participante en el concurso internacional de Diversidad Literaria​ 'Plumas, tinta y papel', ha sido seleccionado para entrar en la antología que recopilará las historias. 
El libro estará disponible a partir de Octubre.

"La última vela.


Alonso me agarra la cara como si acunara el cofre de esperanza que sus dedos inocentes jamás volverán a acariciar. Sostiene mi barbilla con la vehemencia de un niño cuyo corazón desea amar a las personas, y en sus ojos inundados por el dolor del rechazo y la soledad, veo una llama de ilusión prendido en la oscuridad de esas pupilas. El orfanato no será más su hogar."


M. I. P.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Busca y encontrarás.

   -¿Creéis que ese niño sigue vivo?
   Giramos a la derecha en la última avenida cuando las dudas de Jordan se alzaron por encima de las advertencias de Johnny Cash. Desde una de las emisoras de rock clásico, su voz grave susurraba en nuestros oídos God’s gonna cut you down con el tipo de frialdad que desprenden las palabras de un hombre que no teme a la verdad, de alguien para quien el horror del mundo es solo un hecho más.
    -Hay que esperar a que analizen la gorra. Aún no sabemos si algún tipo le puso las manos encima al chaval. Puede estar en cualquier parte-dijo Irons.
   Miré a Poulter, que paseaba el dedo pulgar por su barbilla como si acariciara el lomo de un animal salvaje; tratando de domesticar sus pensamientos antes de abrir la boca.
   -Sí, en cualquier parte.
   Repitió las palabras sin que adquirieran sabor alguno. Bañándolas en saliva helada, guardando la rabia que ardía en su interior y barriendo las cenizas de las ilusiones que se resistían a abandonarle. Los restos del pasado que aún le perseguían.
   No quise añadir nada.
   -Han pasado dos días. Démosle una tregua a esto-Jordan se quitó las gafas. Sus pupilas disminuyeron al exponerse al sol, haciendo que la luz cambiara su forma de ver, y volviéndolas diminutas frente a la realidad-.Nadie va a solucionar la desaparición de un crío en un abrir y cerrar de ojos.
   Pedro Del Mar continuó en dirección a la calle Sailor hasta que apareció una hilera de mansiones enormes, rodeadas de jardines perfectamente podados, cuyo color verde daba la bienvenida a un lugar tranquilo, lejos del ruido y de la contaminación de la ciudad. Hasta el ultimo detalle de los arbustos había sido esculpido a mano.

   -Hogar, dulce hogar-soltó Pedro.
   Aparcamos frente a la número 56. Una casa que fácilmente podía pertenecer al hijo de un ministro o de un presidente, era propiedad de unos padres que buscaban a su hijo de diez años en todos los rincones entre el cielo y la tierra.
   Irons se ajustó el cinturón y colocó una pistola en el hueco de la izquierda. Luego bajó del coche.
   El conductor se negó a bajar del coche. Odiaba sonreírle a las víctimas de cualquier crimen.
   -Me quedaré vigilando. No tenemos ni idea de quién vio lo que sucedió ni de por qué Timothy se fue. Ya sabéis, quizá el ambiente cotidiano nos ayude a encontrar una pista. A veces los vecinos oyen y observan cosas que no deberían.
   Asentí.
   -Mantén los ojos abiertos, Del Mar.
   -Id a hacer vuestro trabajo-sacó un cigarro y usó uno de los mecheros que tenía en el desfiladero del coche para encenderlo. Cada uno estaba decorado con la foto de una modelo de Playboy-.Los posibles homicidios infantiles suelen quitarme el sueño.
   Los cuatro nos distanciamos del BMV y atravesamos la entrada. Varias figuritas de animales observaron nuestras siluetas mientras alcanzamos la puerta.
   Después de que el timbre traspasara el umbral de irritación auditiva de un ser humano normal, una mujer de mediana edad apareció frente a nosotros. Su largo cabello anaranjado, cuyas raíces mostraban un tono marrón, estaba enredado en una montaña de rulos fluorescentes a la altura del flequillo. Esto no impedía que unos cuantos mechones anárquicos saltaran encima de su frente, dándole una apariencia infantil.
   La contemplé consternado.
   Su sonrisa, sujeta en el rostro mediante un carmín rosa que pretendía desviar la atención de la deseperación que reflejaba su mirada, resultaba incongruente con los litros de agua salada que sus pestañas retenían. Parecía a punto de desaparecer si un soplo de aire le rozaba la boca.
   -Buenos días, señora Fletcher.
   Trató de ensanchar las comisuras de los labios, pero empalideció de golpe. No había sido el marido quien acababa de allanar su morada.
   -Buenos días-contestó empleando una voz similar a una melodía de cuento.
   -Venimos a continuar la investigación. Nos gustaría hacerle unas preguntas acerca de Timothy Fletcher.
   Dos agujas invisibles sujetaron la falsa felicidad de Liza Fletcher en su cara y lograron que la ridiculez de la situación fuera de un grado mayor.
   En cuanto el hilo del orgullo se rompiera, el sufrimiento real o ficticio que escondía, la ahogaría.
   -Claro, pasen. Cualquier información será de ayuda.
   Nos condujo hasta el salón. Los rayos del sol se filtraban a través de las cortinas, cuyo chorro de color violeta inundaba los muebles, el sofá de piel y las estanterias repletas de souvenirs de distintos países. Aquella casa supuraba dinero incluso por las paredes, decoradas con una pintura que desprendía un olor suave que flotaba en el aire. Lo reconcí al instante. Era lavanda, la fragancia que serena las emociones y calma el espíritu.
   Irons habló primero.
   -Bien. El chico se encontraba solo en casa el día de la desaparición. La última vez que lo vieron, ¿dónde y cuándo fue?
   La mujer puso las manos sobre sus brazos, acariciándose la piel de una manera áspera, como si la simple fricción de sus manos no pudiera generar calor dentro de las estalactitas que colgaban de su corazón helado. Agachó levemente la barbilla, haciendo que su cabeza quedara en un perfecto ángulo que significaba <>, y tuve la sensación de que el movimiento había sido ensayado muchas veces. La imaginé delante de un espejo tratando de hacer coincidir la idea de impotencia con la posición de sus hombros, observando cada detalle y esperando a que sus gestos dijeran lo que ella deseaba proyectar al exterior. La depresión de una pérdida.
   ¿A qué íbamos a enfrentarnos? El rostro de esa señora triste, a punto de convertir la mesa en un mar de lagrimas invisibles, ya no seguía disfrazado de hilaridad forzada. Ahora se había vestido de escozor.
   -Tim regresa siempre del colegio a las cinco y media. Ese viernes me dieron una hora libre en la empresa y llegué antes a casa. Pensé en que hiciéramos los deberes juntos, pero me llamó desde la escuela para avisarme de que cogería el autobús de las siete. Dijo que iba a jugar un partido de baloncesto con sus amigos en el polideportivo del centro. Me quedé tranquila y salí a comprar unas cosas. Sabía que Ulrich entraba a trabajar a las cuatro y regresaba antes de la cena, así que no estuve pendiente del reloj mientras pagaba las prendas. A pesar de lo que prometió, cuando mi marido vino ya no había nadie esperándole. No entiendo qué impulsó a nuestro hijo a salir de la casa sin avisar a nadie. Ni siquiera tuvimos la oportunidad de despedirnos de él.
   Poulter se sentó en la silla con las mejillas rojas a causa de la calefacción de la mansión. Estaba taciturno y le costó despegar los labios.
   -¿Alguna idea de por qué se iría de casa? ¿Han discutido esta semana o han recibido llamadas de atención de parte del director del colegio?
   La señora Fletcher movió la mandíbula hacia los lados.
   -¿Conflictos con los compañeros o con los profesores?
   -Nada de eso. Les aseguro que el niño era educado y se sentía bien aquí. Éramos felices los tres.
   -No lo ponemos en duda. Simplemente necesitamos conocer todos los detalles. De lo contrario, tal vez no lo encontremos.
   -¿Tampoco les han confirmado los vecinos haber oído ruidos esa tarde? ¿Algún conocido presenció el momento de la huida?-pregunté.
   -Si lo saben, han decidido no contárnoslo.
   Entonces Jordan irrumpió en la conversación. Ya había escuchado suficiente camuflado bajo un velo de silencio e intentando no juzgar los hechos antes de averiguar qué había ocurrido.
   -Si aún pretende hallar a Timothy vivo, le recomiendo que empiece a colaborar. Esos hechos se lo contó el señor Fletcher al comisario la misma noche de la denuncia.
   En cierto sentido entendí la postura de mi compañero. Nos habían enseñado a no descartar nunca a nadie del mapa de sospechosos. Fuera cual fuera su relación con la víctima del caso.
   La mujer se quedó mirándole sin pestañear. Su rostro no mostró ninguna emoción, tan solo incredulidad. La sorpresa de una coqueta ciudadana cuyos bolsillos llenos de billetes pesaban más que su compromiso de honestidad con el mundo.
   -Siento la falta de noticias, inspector-pronunció esto de un modo hostil, evitando alejar la vista del policía, y segundos después comenzó a sollozar, situando los dedos encima de los párpados-.Una madre conserva el derecho a sentirse despreciada por el abandono de la persona que ha llevado en su vientre durante nueve meses.
   El silencio hizo temblar el halo de calma que flotaba en la sala. Jordan no desvió las pupilas de los ojos oscuros de Liza Fletcher, que brillaban tanto como las hojas de dos navajas.
   -Muy bien. Adelante con su decisión. Recuerde que tras cada minuto que pasa, la probabilidad de traerlo de vuelta es menor.
   Nos levantamos y seguimos a Irons, que ya había traspasado la puerta principal. Allí delante, sus brazos en jarras revelaban una seguridad esculpida a través del paso del tiempo. La norma lógica frente a cualquier desaparición era destripar los hechos. Hablar, hablar y hablar. Y la ambigua señora Fletcher guardaba un as bajo la manga. Un comodín para ganar un juego en el que solo conocía ella las reglas y el fin.
   Salimos de la mansión y minutos antes de montar en el automóvil, Jordan y Irons le dijeron que se mantendrían en contacto. Pese a todo, en la frente de los agentes observé varias arrugas. Líneas que se interponían en la suavidad de sus rostros al igual que una colina de mentiras, secretos y sentimientos ocultos.
   Al dirigirme al coche, vi que Poulter aún se encontraba en la entrada, clavando la mirada en el rostro de porcelana de Liza con una fiereza a punto de explotar, envuelta en gasolina. Era un niño esperando que alguien le diera permiso para soltar la cerilla. Un adulto cuya moral rígida no aceptaba la inhumanidad de la gente que no le devolvía el favor de proteger el Estado y sus habitantes.
   Oí su voz prenderse a lo lejos, mientras los pájaros silbaban durante esa tranquila mañana de domingo.

   -Le avisaremos si el cuerpo del niño aparece en algún río.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

A los lobos les gusta saciar su hambre.

   Finn se echó el cabello rubio hacia atrás antes de ponerse la gorra.
   Jamie tenía razón. Después de haber conseguido esos seis millones de dólares, las cosas funcionarían mejor. No habría disputas por los pequeños negocios ni protestas por el dinero de las rentas familiares. Ni siquiera volvería a haber peleas entre los hermanos Card. Además, los contactos de la policía colgaban de los hilos que habían tejido y manejarlos según les resultara conveniente sería avanzar por un camino de rosas. Con una sola palabra que alguno de los hombres de la comisaría intentara delatarles, apretarían las cuerdas hasta que los pies del culpable quedaran suspendidos en el aire, separados al igual que sus labios cuando se abrieron en el instante equivocado a la gente menos indicada.
   Sí, aquella era la gran etapa que habían esperado durante tanto tiempo. Faltaba regresar a casa y celebrarlo entre todos, aunque primero los cabos sueltos debían atarse.
   El treintañero encendió un cigarro y siguió caminando a través de las apestosas calles de la ciudad. Cuando el sol comenzó a ponerse, llegó a la antigua ferretería abandonada del polígono. La zona continuaba desierta desde el último año que la usaron para guardar los kilos de hierba. Apenas dos o tres coches habían sido aparcados en el establecimiento de al lado, la tienda de intercambio de productos de segunda mano, y el viento subía y bajaba sobre el asfalto quemado atribuyéndose el papel de un vigilante sinfónico. Sin embargo, los automóviles que esperaba encontrar no se veían. Nadie se hallaba allí. Metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y desapareció bajo las sombras del interior de la nave. La curiosidad le pellizcaba la conciencia.
   -¡Duncan! ¡Wilson!
   Gritó los nombres y a cambio recibió el eco de los mismos, sintiendo el volumen de las sílabas fluctuar hasta evaporarse de manera similar a una violenta lluvia que cesa de caer.
   Miró el reloj. Los cálculos indicaban que el tiempo acordado se disipaba a un ritmo veloz. Algo tendría que haber sucedido. Estos tipos no acudían tarde a dondequiera que estuvieran forzados a ir, y cuando cerrar el trato implicaba que un montón de dinero terminara en sus cajas fuertes, no albergarían dudas.
   Finn decidió aguantar un poco. La mayoría de las personas con las que lidiaban les devolvían favores, por lo que no les preocupaba exprimir sus ambiciones y conseguir cualquier cosa que desearan de esos peces flacos. Pero sobre los hombres que esta vez les habían permitido atracar el banco, los Crimson, se decía que eran tiburones de mar abierto, y la prudencia se antojaba necesaria, casi imprescindible. De no aparecer en veinte minutos, él se llevaría el mapa en el que figuraba el cruce de Long Side. Después no podrían adivinar en qué parte del estado habían sido enterrados los billetes y la riqueza pasaría integra al bando de los suyos.
   Dio vueltas mientras en su rostro empezaba a consolidarse el agobio y un nerviosismo le humedecía los dedos de un sudor frío. El aire traía un fuerte hedor a metal oxidado, y a pesar de los quejidos hambrientos de las ratas que corrían alrededor de los restos orgánicos, un silencio ocupaba el espacio de la fábrica. Un tipo de sonido inexistente que abrazaba el ambiente con esfuerzo, envolviéndolo en un vacío que parecía no hallarse ahí, y que martilleaba los oídos con palabras mudas de advertencia. Una ausencia de ruido que mordía la piel y erizaba el vello, que se escondía en la penumbra y que se negaba a abandonar el lugar, que le escuchaba a uno mismo en vez de dejarse penetrar por las voces.
   El chico trató de darse la vuelta, mas alguien cargó un revólver detrás de su cabeza. La boca de la pistola le congeló los sesos en una milésima de segundo gracias a un simple contacto unos centímetros por encima de su cuello.
   -Un placer verte de nuevo, McLaren.
   La amabilidad sarcástica del inspector Roland le pegó un empujón en el centro del estómago, reventándole las expectativas de salir ileso de entre aquellas paredes plagadas de suciedad. Cuatro agentes le apuntaron con varias armas, obligándole a alzar los brazos y quedarse inmóvil. Los demás le cachearon y sacaron un papel doblado de su pantalón, tras lo cual el jefe de los allí presentes asintió sin evitar que un brillo de satisfacción se apoderara de sus ojos grises, tan callejeros como su alma de pobre diablo.
   -Los Crimson nos han facilitado el hecho de que nuestros caminos se crucen. No les guardes rencor, ¿de acuerdo? Es solo que, ya sabes, los buenos amigos lo comparten todo. Y por qué no seis millones de dólares.
   -Sois unos hijos de puta-escupió Finn, haciendo que la saliva manchara los zapatos de charol de Roland al girar la barbilla-.Os aseguro que os descubrirán. Alguien terminará alimentando con veneno a esos imbéciles, y entonces vosotros seréis el segundo blanco.
   Los labios de este se ensancharon, desplegándose en una sonrisa que no mostraba los dientes y que ocultaba de un modo exitoso, en caso de que existiera, el miedo a perder contra él en un futuro no muy lejano.
   -Púdrete junto a tus socios, rata.
   Le arrebataron el dinero que llevaba en la cartera y uno de los policías le propinó un puñetazo en la mandíbula, esparciendo un río de sangre a través del suelo. Luego se escurrieron por la entrada de un modo sigiloso y sutil, sumamente cavilado y propio de gente a quien solo los asuntos económicos y la corrupción ponen en movimiento. De criminales cuyo trofeo significa convertir un golpe de suerte en el honor de una vida entera.
   Minutos después, Finn logró alcanzar la puerta trasera jadeando. Se ayudó de la lengua para arrancar la muela que bailaba cerca de su paladar, y se tiró encima de la tierra, donde el reguero oscuro de las encías proclamaba su huella de identidad.
   Solo una cosa rebotaba en los rincones de su cerebro.

   Esa iba a ser la última vez que lo vendían.