lunes, 17 de agosto de 2015

Páginas cómplices.

  Tyler clavó los ojos en las negras pupilas de su compañero. Detenerse dentro de ellas significaba consumirse. Disiparse. 
   Cada mañana, cuando lo veía aparecer tras la puerta del comedor, un fuego abrasador le quemaba los órganos, la piel y hasta el corazón. No podía utilizar ningún arma contra aquel sentimiento que había hechado raíces entre sus costillas. Solo era capaz de tragarse la impotencia mientras se volvía enfermo según los meses corrían.
   Continuó sin apartar la mirada de Jerome. Quería desgarrarse la garganta gritando que le necesitaba. Anhelaba percibir su aliento cerca de él, penetrando en sus poros. Tocarle con extrema delicadeza, disfrutanto del tacto de sus dedos. Observar de cerca la belleza que escapaba de las manías, de los gestos simples, de los silencios y de las palabras de aquel chaval. Deseaba estar al lado del joven, formando parte de su vida. Pero, ¿cuánto de eso podía llegar a ser real?
   Acortó la distancia entre ambos con un único paso, el cual pareció atraerles hacia el fondo de un abismo. Desde el gran agujero de su pecho, las voces del subconsciente le recriminaban enfocar la atención en eso que tantas heridas le estaba provocando. 
En esa fuente de ilusiones. En Jerome. 
   La luna bañaba sus siluetas en la inmensidad de un silencio cuya profundidad los separaba a los dos. Quiso rozar la boca del chico, pero se contuvo.
   Tarde o temprano, la verdad hablaría. 

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