martes, 11 de agosto de 2015

Los caminos del destino.

   Enciendo la cámara y me siento delante de ella.
   Esta es la tercera vez que grabo un vídeo para mi hijo.
   No puedo dormir desde hace dos semanas. La ansiedad va a hacerme estallar. Cada vez que cierro los ojos la imagen del automóvil golpeando a la niña e impactando contra las vías de la carretera aparece como un huracán que me sacude hasta los huesos. Mi cerebro empieza a darle vueltas a los recuerdos de esa noche y el estómago no hace más que obligarme a vomitar una y otra vez. Al acostarme y al levantarme.
   La hora del día es irrelevante. La escena regresa a mi mente de forma recurrente, abriendo la herida que tengo en el alma con un visturí manchado de sangre inocente. Al mirarme en el espejo ya no consigo ver al padre de Benjamin. Solo observo el modo en que el miedo se apodera de mis facciones. Los flashbacks que sufro los escasos minutos que logro conciliar el sueño están martirizándome.
   En el cristal se refleja un hombre cuya vergüenza y cuyo sentimiento de culpa pesan más que él, pero vivo en un infierno que he cavado yo mismo. Aquí, escondido entre papeles y cuerpos de seguridad del Estado que no saben que fui el responsable de la muerte de la pequeña Lucy. Protegido por las leyes de mi propio trabajo y absolutamente aterrorizado por haber cometido un crimen del que nadie sospecha. ¿Quién tendría dudas acerca de un abogado que ha ayudado a resolver tantas injusticias en Boston?
   Me he convertido en lo que siempre evité ser.
   En un cobarde.
   Los minutos corren y la cinta sigue grabando las palabras que pronuncio, las cuales retumban en el silencio de la cocina.
   Se nota mucho la ausencia de un hijo cuando tu antigua mujer se lo ha llevado de vacaciones. Se debe de notar mucho que una hija se ha ido cuando sabes que su voz solo suena dentro de tu cabeza.
   Tras despedirme con una disculpa, el puntito rojo desaparece y la máquina se apaga. Recojo las cosas y vuelvo al cuarto mientras espero a que la policía llame a mi puerta.
   Quizá la quietud de la cárcel me alivie el dolor del espíritu.

   Espero que Ben me perdone.

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