martes, 28 de julio de 2015

Avenida 92.

   Los ojos cristalinos de Tom seguían incrustados en la estación de trenes que se divisaba a través de la ventana. Transmitían tanta frialdad que parecían a punto de hacer estallar cualquiera de los vagones inundados de pasajeros.
   Eran el hielo puro. Eran un arma de fuego.
   El viejo que se hallaba apoyado sobre la puerta del salón empezó a caminar dibujando un semicírculo sobre las baldosas, aproximándose a él de forma premeditada, como si se encontrara en mitad de un campo de minas. Mantenía un gesto serio y su semblante reflejaba seguridad, y pese a la medalla del cuartel policial que colgaba encima de su chaqueta, algo en sus movimientos delataba un miedo que había florecido según los meses habían ido sucediéndose. La clase de temor que se adquiere cuando a uno le flaquean las piernas al ver los ríos de sangre circulando por las calles. Ese que se experimenta al leer los mensajes de quienes gobiernan en realidad grabados en la frente de los compañeros que yacen muertos.
   -La ciudad está infectada de personas corruptas, Tommy. Mis hombres cada día descubren que en este distrito hay más ratas dispuestas a traicionarnos y a morder nuestras manos. Han llegado rumores a mi oficina que hablan de un barco que anoche partió hacia Belfast con el dinero recaudado en las apuestas amañadas de esta semana-cogió aire y sus pupilas se dilataron y contrajeron al ritmo de su corazón, que latía pavorosamente-.¿Necesitas detalles para responder?
   El interpelado se dio la vuelta de forma elegante aunque amenazadora. Se quedó quieto durante largo rato mirando al policía sin pestañear. Después sacó del bolsillo un paquete de cigarros y encendió uno antes de llevárselo a sus carnosos labios. No descendió la vista en todo el proceso.
   -Deberías plantearte en quién confías. No me importa que los agentes hagáis bien o mal vuestro trabajo. Estas tierras inglesas pertenecen a los Glinders. Nosotros nos encargamos de expandirlas, de reinventarnos. No me ocupo de lanzar tiros al aire esperando a que los problemas se resuelvan solos.
   El comisario camufló su irritación mientras pisaba las colillas del suelo. Levantarle la voz a Morris significaba ser reducido a fluidos corporales deslizándose a través de las alcantarillas de Birmingham.
   -Necesito esos billetes de vuelta. Estamos pendiendo de un hilo a causa de tu asquerosa ambición.
   -Los tendrás. Pero a cambio dejarás que mi hermano abandone la ciudad. Sarah Gordon lo acompañará.
   Las mejillas del anciano se pusieron rojas, repletas de ira.
   -No permitiré que la hija de unos rebeldes socialistas huya con un Morris. Sería inadmisible pensar que un gángster y esa sucia mujer se vayan a casar. Y mucho menos en otro país.
   Tom entreabrió la boca y soltó una bocanada de humo tan denso como el nivel de encolerización que sufría el que antiguamente había tenido el poder. Sobre su rostro estaba pulido el coraje y la dureza de sus facciones concordaba con la sofisticada impasibilidad que desprendía. Se ajustó el gorro y alzó el mentón a una altura calculada de antemano. La suficiente para imponerse pero no para intimidar.
   Miró al agente a la cara, y tras un silencio que le resultó eterno al viejo policía, pronunció unas palabras empleando el magnetismo de su voz grave.
   -Señor Card, no olvide que ahora las reglas las dictamos nosotros. Si no acepta el trato, aténgase a las consecuencias. El fuego a veces se extiende más rápido que cualquier mentira.

   Volvió a colocarse el cigarrillo en los labios y se marchó en silencio, perseguido por sus pasos firmes, los cuales resonaron en el interior del salón.


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