lunes, 20 de julio de 2015

Prendiendo deseos.

   Cuando abro los ojos estoy cruzando el túnel. Noto el pulso tranquilo. Por algún motivo, soy incapaz de sentir miedo.
   La negrura que percibo a mi alrededor es tan sólida como la quietud que circula a través del agujero. Aunque la oscuridad me dificulta ver dónde piso, gano terreno con calma pero sin detenerme. 
   Camino hasta que un rastro de luz se vuelve visible unos metros más allá. La brisa, antes cargado de calidez, ahora es fría y desciende hacia mis pulmones congelando las paredes viscerales. Cada vez que respiro la suciedad de mi alma se evapora para después perderse en las sombras que voy dejando atrás.  
   Aminoro el ritmo. Huele a humedad y el aire helado me corta la piel.
   Algo extraño sucede. No necesito saber el qué.
   Salgo al exterior y permito que el sol, el cual filtra sus rayos sobre las nubes, me acaricie. 
   Un enorme lago se extiende hasta varios kilómetros al norte. Poso los dedos sobre la tierra y avanzo hacia las rocas húmedas que se encuentran al lado del líquido cristalino.
   Entonces despierto.
   Separo los párpados con pesadez. La luna me observa desde la ventana de la habitación. Sonríe  con los labios entreabiertos y las mejillas coloreadas debido a la emoción del espectáculo. Le dedico un gesto de complicidad y miro las estrellas que centellean a cientos de millas, en lugares donde los sueños, durante las calurosas noches de verano, se prenden con la llama de la esperanza. La llama que enciende la ilusión. 

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