domingo, 29 de marzo de 2015

Toxinas en la memoria.

   La luz del neón me arrastró hacia el pasado. 
   Conocía cómo ese brillo se mantenía estable. La intensidad de la iluminación nunca cambiaba. La frialdad de la sala se conservaba gracias a aquellas lámparas gélidas, carentes de calor al igual que los recuerdos que me asaltaban.
   Cerré los ojos.
   Aún podía describir la sensación. Las agujas y los instrumentos médicos extrayendo las sustancias tóxicas de mi sangre. Chupando la basura que tanto dinero me había costado pagar. La mierda que mataba a tantas personas que perdían la esperanza. La porquería que acababa con quienes decidían dejarse llevar por la marea y aguantar la respiración en los momentos en que la vida los arrastraba hasta el fondo.
   Yo había sido uno de ellos. Un cobarde. Alguien que escogió la vía fácil para que los problemas no le ahogaran. Pero siempre te hunden si no los resuelves.
   Pic, pic. 
   El sonido de la máquina conectada al corazón me tranquilizó. Volver a oír la estabilidad de los latidos cardíacos era como encontrar un oasis en un desierto. No pedía más.
   Tragué saliva. La garganta raspaba por culpa de los tubos que habían grabado horas antes imágenes de los órganos infectados. Sin embargo, en ese instante solo importaba el presente.
   Miré los neones.
   Cuántas veces esos objetos habían velado mis noches.

   Cuántas veces había esquivado la muerte durmiendo en los hospitales.

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