miércoles, 4 de marzo de 2015

Disparos al amanecer.

   Los finos rayos del sol se adentraban en la habitación, posándose con ligereza sobre los objetos del cuarto. El día comenzaba a despertarse. Pero los párpados de Janet continuaban inmóviles, abiertos desde que las estrellas se habían apoderado del firmamento ocho horas antes. Había pasado otra noche deseando que sus ojos no se cerraran, implorando por no caer rendida en el frío del pasado. El asedio de su ciudad natal emergía de los recuerdos cada vez que el sueño la vencía. Como un agujero negro cuya fuerza siempre conseguía engullirla.
   Se levantó despacio y abrió una caja que estaba escondida bajo la cama. Dentro había un objeto negro, de un color mate reluciente que revelaba que aún no había sido usada. Era un arma. Recordó que había llegado hasta sus manos en su octavo cumpleaños, solo doce meses atrás, cuando las tropas francesas aún se hallaban lejos de su hogar y le permitían cenar en familia.
   Esa noche, mientras todos terminaban de recoger la cocina, Max y ella subieron al desván, y él le entregó un regalo. La pistola. Aunque Janet no comprendió para qué la necesitaba, no dijo nada. Su hermano había servido en la marina y conocía la importancia de la supervivencia. <<Hay momentos en los que la maldad del ser humano puede ser más grande que él mismo. Y a veces es mejor adelantarse a cualquier valor moral, Jan. A veces para enfrentar la oscuridad del hombre debemos combatir en la negrura de la incertidumbre, a espera de ver la luz. Nunca pierdas la esperanza en ti y en los que te quieren.>>
   Unos golpes sobre la puerta hicieron que olvidara las palabras de Max, obligándola a reaccionar y guardar el obsequio cerca de su cinturón.
   -Es hora de ir a recoger el grano. No me hagas esperar.
   Quentin.
   La niña apretó las mandíbulas con cólera, evitando hacer ningún sonido. De nuevo la misma tortura, la misma celda y el mismo monstruo. Mañana tras mañana, tarde tras tarde. La pesadilla se repetía. Y no había salida de emergencia.
   Se puso un viejo jersey y unas botas manchadas de barro. Cogió un peine, se alisó un poco el cabello castaño totalmente enredado, y abandonó la habitación. La oportunidad espléndida de ir a ayudar en la cosecha la alcanzaba una vez más.
   A pesar del esfuerzo que le suponía tratar de dejar la mente en blanco, Janet logró difuminar los hechos y centrarse en el trabajo. Expulsó de sus pensamientos la imagen del bombardeo francés. La de los cuerpos sin vida de sus padres. La de los restos de una ciudad que había sido asesinada frente a su mirada cargada de lágrimas ensangrentadas. La del duro camino de regreso a Toulouse a través de carreteras llenas de cadáveres que aún hablaban en silencio. Huyó del recuerdo de la llegada a una estación de trenes, donde un hombre blanco se ofreció a ser su tutor. Alguien que aquel día prometió velar por ella, y quien había roto el juramento mucho antes de pronunciarlo.
   La pequeña cruzó la puerta principal. La luz del amanecer seguía siendo demasiado débil a esas horas. Permanecía semioculta bajo las nubes del horizonte, que estaban envueltas en un color rosáceo.
   Ojalá pudiera desaparecer entre ellas.
   Desvió la vista hacia las tareas. La suela de las botas chapoteaba sobre las plantas recién regadas, las cuales eran la única fuente de recursos de las dos personas que habitaban en aquella casa perdida en los confines del mundo. La gran llanura poblada de alimentos requería de sus cuidados. Al igual que Quentin, necesitaban recibir una atención precisa para no morir de sed. Aunque los términos tuvieran diferente significado.
   -¿Has traído las herramientas, J.?
   Ella tragó saliva, intentando disipar su frustración. Ni siquiera pronunciaba su nombre. <<Era atribuirle importancia a quien no la tenía>>. Él no creía que mereciera una identidad.
   -Dijiste que hoy no harían falta. Están en el cobertizo.
   El hombre continuó dándole de beber a los cultivos, ignorando su respuesta.
   -Tráelas, inútil. O te quedarás sin comer.
   El viento soplaba con relativa impulsividad, como si albergara la intención de prestarle su súbita fiereza a la niña.
   Janet no apartó la mirada.
   -¿Acaso estoy hablando con un fantasma? ¡Corre a por ellos, estúpida!
   El aire volvió a soplar entre ambos, revolviendo el pelo de la chica de manera hostil. De una forma inclemente, similar al odio que se escapaba de las pupilas de Janet.
   Solo hicieron falta unos segundos para que Quentin se girara. Y lo único que fue capaz de distinguir ante sus ojos fue el agujero de un revólver escupiendo una bala.
   El ruido del disparo hizo que miles de pájaros abandonaran los árboles cercanos y sobrevolaran el cielo de la mañana, saboreando la libertad. Saboreando la vida. Al igual que la niña.

   Bajó el arma. Había matado a quien no solo violaba su cuerpo, si no también su alma. Y de un tiro había hecho desaparecer su inocencia infantil.

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