domingo, 15 de marzo de 2015

Cumbres nevadas.

     Zegg continuó corriendo. Los copos aún caían a su alrededor y la nieve se volvía más densa según se alejaba del poblado. Se frotó las manos contra la capa de pieles que llevaba puesta y miró al horizonte buscando algún rastro que le permitiera encontrar a los gemelos. 
     El frío penetraba dentro de él a cada paso que daba, pero detenerse significaría demostrar a la reina Torunn que no era una persona leal digna de ser su consejero. De ese modo no merecería seguir vivo. Perdería la confianza de todos los habitantes de Hilstand, y la amistad de ella, de la gran dama de las tierras escandinavas. A la que tanto adoraba.
     Aceleró el ritmo y llegó hasta una inmensa explanada de hielo que estaba situada en dirección a las cumbres del norte. Entonces sus ojos lograron posarse sobre dos pequeñas figuras que caminaban hacia la base de las enormes montañas. 
     Eran ellos. Los hijos del príncipe Erik. 
     -¡Bërg, Ledaut! ¡Regresar!-los gritos del hombre lograron atravesar la distancia que los separaba. Los niños se dieron la vuelta y le miraron-.¡Vuestra familia os necesita!
     Los sobrinos de la joven Torunn desobedecieron, cruzando por las zonas congeladas.
     Zegg intentó alcanzarlos. Su corazón bombeaba la sangre como una máquina recién cargada de energía, sumiéndole en los recuerdos. Haciéndole visualizar la hermosa imagen de unos ojos gélidos que, al igual que el invierno, lo habían conquistado con la primera mirada. Y con el primer beso... 
     Tenía que devolverle los niños a su reina. Por deber. Por amor.
     Crack. Una brecha se abrió en el suelo cuando se aproximó a los pequeños. El joven sintió una flecha imaginaria clavarse en mitad de su pecho. 
     Si los dos caían, él también se vería obligado a desaparecer.
     Avanzó despacio, observando el hielo. Bërg le dedicó una mirada de sincera desesperación, y apreció que del rostro de Ledaut ya descendían gotas saladas envueltas en miedo. Zegg les tendió la mano cuando solo quedaban unos dos metros entre ellos y el círculo que escondía el mar, pero el hielo que estaba debajo de los niños se rompió, haciéndoles que se sumergieran dentro del agua...
     Vio a las dos figuras hundirse e instantáneamente saltó a rescatarlas. La escasa luz que había en aquellas tinieblas marinas dibujaba contornos diversos, y en cualquier dirección la oscuridad era demasiado compacta para adivinar dónde se encontraban. 
     Al cabo de unos minutos la temperatura se adhirió a sus músculos, impidiéndole continuar buscando a los gemelos. 
     Se habían ido. Al mundo de los dioses. 
     Salió del agujero y se sentó sobre las rodillas. En ese instante comenzaba la huida.
     Quizá el perdón que nunca conseguiría sería el de su propia conciencia. 


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