domingo, 29 de marzo de 2015

Toxinas en la memoria.

   La luz del neón me arrastró hacia el pasado. 
   Conocía cómo ese brillo se mantenía estable. La intensidad de la iluminación nunca cambiaba. La frialdad de la sala se conservaba gracias a aquellas lámparas gélidas, carentes de calor al igual que los recuerdos que me asaltaban.
   Cerré los ojos.
   Aún podía describir la sensación. Las agujas y los instrumentos médicos extrayendo las sustancias tóxicas de mi sangre. Chupando la basura que tanto dinero me había costado pagar. La mierda que mataba a tantas personas que perdían la esperanza. La porquería que acababa con quienes decidían dejarse llevar por la marea y aguantar la respiración en los momentos en que la vida los arrastraba hasta el fondo.
   Yo había sido uno de ellos. Un cobarde. Alguien que escogió la vía fácil para que los problemas no le ahogaran. Pero siempre te hunden si no los resuelves.
   Pic, pic. 
   El sonido de la máquina conectada al corazón me tranquilizó. Volver a oír la estabilidad de los latidos cardíacos era como encontrar un oasis en un desierto. No pedía más.
   Tragué saliva. La garganta raspaba por culpa de los tubos que habían grabado horas antes imágenes de los órganos infectados. Sin embargo, en ese instante solo importaba el presente.
   Miré los neones.
   Cuántas veces esos objetos habían velado mis noches.

   Cuántas veces había esquivado la muerte durmiendo en los hospitales.

domingo, 15 de marzo de 2015

Cumbres nevadas.

     Zegg continuó corriendo. Los copos aún caían a su alrededor y la nieve se volvía más densa según se alejaba del poblado. Se frotó las manos contra la capa de pieles que llevaba puesta y miró al horizonte buscando algún rastro que le permitiera encontrar a los gemelos. 
     El frío penetraba dentro de él a cada paso que daba, pero detenerse significaría demostrar a la reina Torunn que no era una persona leal digna de ser su consejero. De ese modo no merecería seguir vivo. Perdería la confianza de todos los habitantes de Hilstand, y la amistad de ella, de la gran dama de las tierras escandinavas. A la que tanto adoraba.
     Aceleró el ritmo y llegó hasta una inmensa explanada de hielo que estaba situada en dirección a las cumbres del norte. Entonces sus ojos lograron posarse sobre dos pequeñas figuras que caminaban hacia la base de las enormes montañas. 
     Eran ellos. Los hijos del príncipe Erik. 
     -¡Bërg, Ledaut! ¡Regresar!-los gritos del hombre lograron atravesar la distancia que los separaba. Los niños se dieron la vuelta y le miraron-.¡Vuestra familia os necesita!
     Los sobrinos de la joven Torunn desobedecieron, cruzando por las zonas congeladas.
     Zegg intentó alcanzarlos. Su corazón bombeaba la sangre como una máquina recién cargada de energía, sumiéndole en los recuerdos. Haciéndole visualizar la hermosa imagen de unos ojos gélidos que, al igual que el invierno, lo habían conquistado con la primera mirada. Y con el primer beso... 
     Tenía que devolverle los niños a su reina. Por deber. Por amor.
     Crack. Una brecha se abrió en el suelo cuando se aproximó a los pequeños. El joven sintió una flecha imaginaria clavarse en mitad de su pecho. 
     Si los dos caían, él también se vería obligado a desaparecer.
     Avanzó despacio, observando el hielo. Bërg le dedicó una mirada de sincera desesperación, y apreció que del rostro de Ledaut ya descendían gotas saladas envueltas en miedo. Zegg les tendió la mano cuando solo quedaban unos dos metros entre ellos y el círculo que escondía el mar, pero el hielo que estaba debajo de los niños se rompió, haciéndoles que se sumergieran dentro del agua...
     Vio a las dos figuras hundirse e instantáneamente saltó a rescatarlas. La escasa luz que había en aquellas tinieblas marinas dibujaba contornos diversos, y en cualquier dirección la oscuridad era demasiado compacta para adivinar dónde se encontraban. 
     Al cabo de unos minutos la temperatura se adhirió a sus músculos, impidiéndole continuar buscando a los gemelos. 
     Se habían ido. Al mundo de los dioses. 
     Salió del agujero y se sentó sobre las rodillas. En ese instante comenzaba la huida.
     Quizá el perdón que nunca conseguiría sería el de su propia conciencia. 


miércoles, 4 de marzo de 2015

Disparos al amanecer.

   Los finos rayos del sol se adentraban en la habitación, posándose con ligereza sobre los objetos del cuarto. El día comenzaba a despertarse. Pero los párpados de Janet continuaban inmóviles, abiertos desde que las estrellas se habían apoderado del firmamento ocho horas antes. Había pasado otra noche deseando que sus ojos no se cerraran, implorando por no caer rendida en el frío del pasado. El asedio de su ciudad natal emergía de los recuerdos cada vez que el sueño la vencía. Como un agujero negro cuya fuerza siempre conseguía engullirla.
   Se levantó despacio y abrió una caja que estaba escondida bajo la cama. Dentro había un objeto negro, de un color mate reluciente que revelaba que aún no había sido usada. Era un arma. Recordó que había llegado hasta sus manos en su octavo cumpleaños, solo doce meses atrás, cuando las tropas francesas aún se hallaban lejos de su hogar y le permitían cenar en familia.
   Esa noche, mientras todos terminaban de recoger la cocina, Max y ella subieron al desván, y él le entregó un regalo. La pistola. Aunque Janet no comprendió para qué la necesitaba, no dijo nada. Su hermano había servido en la marina y conocía la importancia de la supervivencia. <<Hay momentos en los que la maldad del ser humano puede ser más grande que él mismo. Y a veces es mejor adelantarse a cualquier valor moral, Jan. A veces para enfrentar la oscuridad del hombre debemos combatir en la negrura de la incertidumbre, a espera de ver la luz. Nunca pierdas la esperanza en ti y en los que te quieren.>>
   Unos golpes sobre la puerta hicieron que olvidara las palabras de Max, obligándola a reaccionar y guardar el obsequio cerca de su cinturón.
   -Es hora de ir a recoger el grano. No me hagas esperar.
   Quentin.
   La niña apretó las mandíbulas con cólera, evitando hacer ningún sonido. De nuevo la misma tortura, la misma celda y el mismo monstruo. Mañana tras mañana, tarde tras tarde. La pesadilla se repetía. Y no había salida de emergencia.
   Se puso un viejo jersey y unas botas manchadas de barro. Cogió un peine, se alisó un poco el cabello castaño totalmente enredado, y abandonó la habitación. La oportunidad espléndida de ir a ayudar en la cosecha la alcanzaba una vez más.
   A pesar del esfuerzo que le suponía tratar de dejar la mente en blanco, Janet logró difuminar los hechos y centrarse en el trabajo. Expulsó de sus pensamientos la imagen del bombardeo francés. La de los cuerpos sin vida de sus padres. La de los restos de una ciudad que había sido asesinada frente a su mirada cargada de lágrimas ensangrentadas. La del duro camino de regreso a Toulouse a través de carreteras llenas de cadáveres que aún hablaban en silencio. Huyó del recuerdo de la llegada a una estación de trenes, donde un hombre blanco se ofreció a ser su tutor. Alguien que aquel día prometió velar por ella, y quien había roto el juramento mucho antes de pronunciarlo.
   La pequeña cruzó la puerta principal. La luz del amanecer seguía siendo demasiado débil a esas horas. Permanecía semioculta bajo las nubes del horizonte, que estaban envueltas en un color rosáceo.
   Ojalá pudiera desaparecer entre ellas.
   Desvió la vista hacia las tareas. La suela de las botas chapoteaba sobre las plantas recién regadas, las cuales eran la única fuente de recursos de las dos personas que habitaban en aquella casa perdida en los confines del mundo. La gran llanura poblada de alimentos requería de sus cuidados. Al igual que Quentin, necesitaban recibir una atención precisa para no morir de sed. Aunque los términos tuvieran diferente significado.
   -¿Has traído las herramientas, J.?
   Ella tragó saliva, intentando disipar su frustración. Ni siquiera pronunciaba su nombre. <<Era atribuirle importancia a quien no la tenía>>. Él no creía que mereciera una identidad.
   -Dijiste que hoy no harían falta. Están en el cobertizo.
   El hombre continuó dándole de beber a los cultivos, ignorando su respuesta.
   -Tráelas, inútil. O te quedarás sin comer.
   El viento soplaba con relativa impulsividad, como si albergara la intención de prestarle su súbita fiereza a la niña.
   Janet no apartó la mirada.
   -¿Acaso estoy hablando con un fantasma? ¡Corre a por ellos, estúpida!
   El aire volvió a soplar entre ambos, revolviendo el pelo de la chica de manera hostil. De una forma inclemente, similar al odio que se escapaba de las pupilas de Janet.
   Solo hicieron falta unos segundos para que Quentin se girara. Y lo único que fue capaz de distinguir ante sus ojos fue el agujero de un revólver escupiendo una bala.
   El ruido del disparo hizo que miles de pájaros abandonaran los árboles cercanos y sobrevolaran el cielo de la mañana, saboreando la libertad. Saboreando la vida. Al igual que la niña.

   Bajó el arma. Había matado a quien no solo violaba su cuerpo, si no también su alma. Y de un tiro había hecho desaparecer su inocencia infantil.