martes, 10 de febrero de 2015

La isla roja.

   El cristal de la ventana refleja los faros de los vehículos. Veo cómo los caminos comienzan a ser visibles en la gran espesura de oscuridad que cubre el terreno. Pese a la neblina que recorre las carreteras que parten del centro de la ciudad, muchos coches han cruzado la ruta obviando las frías temperaturas. Eso significa que no tardarán demasiado en llegar.
   Las manecillas del reloj que cuelga encima de los viejos calendarios de J.R. con fotos de actrices desnudas aún marcan las seis y cuarto, lo que quiere decir que aún nos queda una larga jornada por delante hasta que salga el sol. O al menos, hasta que abandonemos el local. A veces los días también se convierten en noches laborables que se distorsionan. Todo depende del dinero que tengas en el bolsillo. Y de las semanas que lleves alimentándote únicamente de pastillas que te activen.
   Así es la vida.
   Mientras enciendo un cigarro apoyada en la pared del salón, oigo pisadas fuera. Ya están aquí.
   Desde la esquina opuesta de la entrada, observo a los dos hombres abrirse paso entre las mujeres. Mis compañeras siguen realizando sus tareas en el piso de arriba y varias de ellas se pasean hacia el sótano con sus respectivos clientes, pero las voces no consiguen distraerme. Mi atención continúa puesta en las personas oportunas. Sobretodo en él.
   Ambos esperan de pie a que aparezca el jefe. Rosa y Amanda se acercan a ellos para ofrecerles bebidas e invitarles a tomar asiento en la barra. El primer agente sonríe y acepta unas copas durante los primeros minutos de cortesía. Sin embargo, Raúl no cambia de posición. Con las manos sobre el cinturón que ciñe una camisa azul a sus vaqueros, deja las pupilas fijas sobre el vaso lleno de ginebra de su amigo. Entonces la figura de J.R. acapara la escena para saludarlos y darles la bienvenida al Club.
   Aunque intento captar las palabras que salen de la boca del policía más mayor, los gritos de Jessica en la sala superior son escandalosos. De modo que trato de leerle los labios a los tres a la vez que conversan. Conozco los motivos que les han traído a las afueras de la ciudad. ¿Quién no?
   Empleando un suave movimiento de cabeza, perfectamente disimulado, el jefe me indica que es mi turno. Debo comprar la voluntad de esos hombres y silenciar la cadena de incómodas preguntas.
   Apoyo una mano en el hombro del joven agente y tiro de los picos de su cuello con fiereza, conduciéndole hacia una de las habitaciones vacías del fondo. Cierro el pestillo y lo empujo sobre la cama, clavando la superficie de mis uñas en su ropa. Me desabrocho el corset y dejo que el carmín rojo marque sus pómulos, precipitándome de manera sensual en el pecho de Raúl. Percibo que un olor a perfume impregna cada uno de sus poros.
   Cuando me dispongo a alcanzar su boca, el policía detiene mis gestos y se aparta sin violencia alguna. Empieza a dar vueltas por el cuarto, aunque al final se sienta junto a mí, en la esquina del colchón.
   -Lo siento. Estamos hasta el cuello. No puedo parar de pensar.
   Se lleva las manos a la cara, haciéndolas resbalar en dirección a la barbilla.
   -No importa. Supongo que hoy los cuerpos de esas niñas mandan.
   Suelta un respiro largo y cansado mientras posa su vista en mí. Pese al insomnio que comienza a reflejarse en ese rostro, noto la fuerza de su mirada traspasar todo mi ser. Qué suerte tendría quien admirara la belleza de sus ojos castaños noche tras noche.
   -Por desgracia-asegura con frustración.
   Se pone la camisa de nuevo y abre la puerta para regresar con nuestro jefe. Veo que va a marcharse, pero no soy capaz de ocultarle la verdad.
   -Raúl. Espera.
   Él da un paso atrás. Gira la cabeza con la intención de preguntarme en silencio qué deseo. De pronto, un escalofrío me recorre la espalda y recuerdo aquel pacto con J.R. El que anulaba mi voz ante cualquier curioso.
   -Sé dónde están enterrados los cadáveres de Clara y su hermana. Os acompañaré allí al amanecer.
   Una ráfaga de alivio se lleva la angustia de sus facciones. Observo cómo el frío desaparece lentamente del escenario para traer cierta calidez.
   Tras unos segundos, se le ilumina la mirada.

   -Gracias.

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