viernes, 23 de enero de 2015

Calor invernal.


   Martín tenía las pupilas fijas sobre el suelo nevado de las calles. Sus grandes ojos castaños observaban ausentes los edificios de la bella ciudad, cubiertos por una hermosa capa blanca que adornaba todos los rincones de Madrid. Le entretenía contemplar cómo las personas iban y venían de un lado a otro, moviéndose con rapidez hacia el trabajo, la oficina, el colegio o dondequiera que fuera cada una. Resultaba intrigante mirar a los demás desde las alturas de una quinta planta. Era divertido imaginar el destino de quienes veía y jugar a convertirse en un mago de los que hacían trucos buenos, de los que adivinaban el futuro y cumplían los sueños, como aquel hombre del sombrero rojo que los sacó al escenario a Anna y a él durante el viaje a París, el que les permitió que fueran sus colaboradores en el número de las cartas.
   El pequeño soltó un respiro largo y profundo. Demasiado hondo para sus recién cumplidos siete años. 
   Ojalá esos momentos pudieran repetirse algún día si su mejor amiga superaba el trasplante de corazón. Papá decía que era la tercera vez que los médicos intentaban curarla. Los otros corazoncitos que le había prestado la gente a su cuerpo no le gustaban. Y había escuchado a las enfermeras hablar de la operación de esa mañana, la cual tenía que salir bien. Determinaría que Anna celebrara con ellos la entrada del nuevo año o no.
   Apartó la vista del exterior y se sentó abrazado a las rodillas, nervioso. Ningún adulto aparecía cargado de noticias.
   A través de la ventana de la sala de espera siempre se veía la vida correr de otra manera. Porque dentro del hospital nunca sucedía nada. Allí el tiempo avanzaba despacio, arrastrándose en las esquinas de las habitaciones, en los pasillos vacíos a última hora de la tarde, y en el pesado silencio de las noches. Inclus aunque fuera Navidad. Incluso aunque cayeran copos de nieve del cielo.
   Los dulces ojos de Martín se enrojecieron. Él ya no iba a escribirle a los Reyes Magos una lista interminable de juguetes. No los quería. No le hacían falta. ¿Qué iba a hacer con una montaña de figuritas de acción y peluches? No le ayudarían a salvar a su amiga. Solo un grandísimo golpe de suerte en aquel mes de diciembre conseguiría que volviera a ver la sonrisa de Anna. Necesitaba un milagro. ¿Pero de verdad existían?
   Enterró el rostro repleto de diminutas pecas entre las piernas y comenzó a llorar mientras susurraba unas palabras en voz baja. ¿Qué importancia tendría todo cuando no estuviera junto a él la mejor ayudante de trucos de magia del mundo? Entonces las cosas cambiarían. Quizá muchas personas no llegaran a darse cuenta de la ausencia de la niña, pero para Martín, si aquello sucedía, la vida perdería color. Su cabecita recordaría el pasado lleno de luz y sus ojos mirarían el presente envuelto en un popurrí de sombras claras y oscuras.
   En ese instante, alguien le tocó el hombro.
   Era la madre de Anna. Y de sus mejillas sonrosadas descendían un montón de lágrimas transparentes. 
   Lágrimas que afloraban de la mirada más agradecida y feliz que el niño había visto jamás.


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