martes, 13 de enero de 2015

Áspero amor.

   El agente no apartaba la mirada de mí, acusándome en silencio. Los jueces tenían claro su veredicto final. Y junto a ellos, la mayoría de los ciudadanos.
   Enterré el rostro bajo mis manos, completamente abatido.
   Cómo conseguir que entendieran lo que sentíamos. De qué manera demostrarles que solo buscábamos nuestra felicidad. Mediante qué pruebas lograr que comprendieran que la diferencia de edad no era un impedimento… Las violentas consecuencias de demasiados casos similares habían terminado prohibiéndonos la cercanía. Sí, cuántas parejas no habrían sufrido el dolor de los abusos, de las mentiras o del verdadero vacío del cariño. Pero no era justo. No podíamos pagar los dos el resultado de todos aquellos delitos y fracasos solo porque estuviéramos enamorados. 
   Lo más sencillo era lo más complicado. 
   Si querer a alguien sin darle importancia a su edad se consideraba un pecado real, entonces deberían condenarnos. Entonces seríamos culpables.
   No estaba jugando con ella. La quería demasiado. Y Evelyn no pretendía alejarse de su familia y abandonar sus amistades. ¿Por qué nadie veía el amor que se escondía en nuestros ojos? ¡Yo no retenía a nadie, no pretendía que testificara a mi favor por puro interés!
-Señoría, les aseguro que quiero a esa mujer. Aunque nos separen quince años.
   Las lágrimas comenzaron a descender por las mejillas rosadas de Eve. La contemplé con las pupilas encendidas, notando cómo la rabia y la tristeza se fundían en mí creando un volcán de fuego y hielo.

   ¿Cómo podían ver los demás lo que era invisible por naturaleza?

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