jueves, 31 de diciembre de 2015

Escribir es derramarnos en el papel. Es convertirnos en tinta y crear. Sobretodo crear. Dejar que la imaginación y la pureza de la vida que fluye dentro de nuestras venas cobre vida también a través de las narraciones, fuera de nosotros. Pero eso es algo que solo entienden los que sienten más allá de lo superficial, los que leen la profundidad de las experiencias, y los que ven en las palabras mundos por descubrir.
Yo soy de los que creen que merece la pena perderse y encontrarse mil veces entre versos y líneas. Porque somos los sueños que hacemos realidad. 
Feliz año 2016. 
Feliz búsqueda de nuevas esperanzas.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

El beso de buenas noches.

   Un cuarto de luna brillaba en lo alto de la bóveda celeste, acunada por el suave viento que mecía los árboles. Las nubes se habían retirado a dormir en algún otro cielo, y las estrellas iluminaban la carretera amablemente, sin pedir a cambio palabras que endulzaran más su belleza.
   El hombre agarró el saco que cargaba a la espalda con la mano derecha mientras silbaba de manera distraída. Tenía ambas palmas enrojecidas debido al peso y la piel llena de manchas oscuras, pero su atención estaba puesta en el horizonte, donde una línea unía el color zafiro de la noche con el camino asfaltado que pisaban.
   Sus ojos se posaron en el niño que seguía sus pasos.
   -¿Tienes hambre, Hans? Han pasado dos horas desde que cenaste.
   El crío inclinó la cabeza y metió los dedos en el bolsillo del pantalón de su hermano mayor hasta encontrar una chocolatina. Una extraña expresión de alivio se adueñó del rostro del adulto durante unas milésimas de segundo para después retomar su gesto jovial.
   -¿Sabes a qué jugábamos tus tíos y yo cuando visitábamos la vieja casa del bosque de nuestro padre?
   El pequeño pronunció un <> carente de sonido.
   -Por aquellos tiempos tú aún no habías nacido. Él siempre guardaba las cajas de dulces que sus vecinos le regalaban a finales de otoño, durante la época en que los campamentos de scouts volvían al pueblo. En las vacaciones de invierno, cuando mamá nos enviaba a su hogar, papá nos ofrecía cada noche los caramelos a cambio de que todos participáramos en un juego por parejas. Lo llamaba <>, y consistía en averiguar quiénes éramos. Únicamente había dos reglas. La primera era que, habiendo elegido un nombre ficticio, teníamos que disfrazarnos y entrar en su habitación, la cual estaba en penumbra, y adivinar en menos de un minuto qué persona se encontraba en el cuarto sin quitarnos el pañuelo que nos impedía ver, solo tocando al otro. La segunda, que sucediera lo que sucediera, no podíamos ni gritar ni susurrar, porque si no, el jugador al que retábamos reconocería nuestra voz y nos vencería al darse cuenta antes de nuestra verdadera identidad.
   El chico le escuchaba con curiosidad, esperando un desenlace.
   -No obstante, una vez habíamos cerrado la puerta de la habitación, la pesadilla comenzaba. Uno a uno. Semana tras semana. Si éramos tan astutos como para saber a quién correspondía el aliento del otro, interpretando con agudeza el ritmo de su respiración o comprendiendo el lenguaje de los latidos de su corazón, que era lo único que oíamos, estábamos salvados. Pero si el tiempo nos alcanzaba o encuentra pareja era más hábil que nosotros, papá nos llevaba a la choza del bosque cuando el reloj marcaba la medianoche, y no veíamos la luz del sol hasta el amanecer, cuando se había fatigado tras estar tantas horas dentro del cuerpo del niño que había perdido la partida.
   Una ráfaga de aire sopló en dirección al oeste, revolviendo el cabello de Hansel.
   -Decía que le seducía nuestra inocencia. Pobre diablo.
   Los dos se desviaron por una ruta repleta de arbustos, cuyas sombras proyectaban figuras fantásticas en el suelo cubierto de hojas secas, y en pocos minutos aparecieron en un claro donde la luz lunar iluminaba la tierra.
   -Aunque no lo creas, tienes suerte. Quien quiera que desde ahí arriba decidiera que no debías hablar, te hizo un favor. Confía en lo que digo. El silencio está más vivo que las palabras. Y tú sabes utilizarlo.
   El hombre soltó el saco con un golpe sordo y el pequeño pegó un brinco, desconcentrado en el trabajo mientras miraba los astros que ardían a millones y millones de kilómetros. El adulto cogió un cuchillo de su cinturón y rasgó la tela marrón usando una mano y llevándose la contraria a la nariz. El cuerpo de un anciano de pelo blanquecino y arrugas en la frente se dejó vislumbrar bajo la luz del anochecer, y los hermanos empuñaron un par de palas, dispuestos a cavar un agujero donde tirar el cadáver envuelto en ropas bañadas en sangre seca, la misma que decoraba los antebrazos del mayor.
   Una vez estuvo listo el hoyo, ambos cogieron las puntas del saco y empujaron hacia abajo el peso del muerto. Su cara desencajada, en cuyo semblante permanecía intacta la ansiedad que los últimos segundos de oxígeno le habían regalado, ya no sonreía puerilmente.
    Hansel miró a su compañero, que observaba al cabeza la familia con ternura.
   -Mamá hubiera dicho algo bonito sobre él. Y los abuelos. Y los amigos de Lisa. La gente siempre dice cosas hermosas acerca de los que se han ido, como si temieran ensuciar la verdad que dejan en este mundo. Pero algunos payasos de circo no merecen elogios por la función.

   El hombre rodeó el cuello del niño con cariño y desaparecieron en la oscuridad mientras una melodía alegre escapaba de los labios de ambos hermanos.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Al otro extremo.

   Varias voces provenían del cuarto contiguo. Noté un escalofrío escalando por mi columna vertebral e intenté controlar la respiración. Sería mejor que la gente prosiguiera hablando sin mirarme.
   Esperé unos segundo y entré en la habitación.

   Ahí estaba, entre sombras y figuras que no alcanzaba a ver con precisión. Estas reían como si sus rostros no hubieran olvidado la capacidad de ensanchar los labios, y él se hallaba inmerso en las carcajadas de los demás, nadando en el mismo barco que los que le rodeaban, oculto por los gritos.
   Su nombre escapó de mi boca en un susurro, y provoqué que su mirada llegara hasta la mía con un golpe seco. Sentí una oleada de bienestar corriendo a través de las venas al igual que en los viejos tiempos, y las pupilas me dieron vueltas, tratando de ajustarse de nuevo a la situación. Él se levantó y caminó en dirección a mí, pero empecéa temblar. 
   Conseguir mirar ese mundo con los ojos de quienes se encontraban dentro de la ficción era extraño, casi amenazante. El eco de las palabras que iban y venían a través del aire cruzaban mis oídos de un modo áspero, y cerré los párpados. 
   Cuando volví a abrirlos, el sonido había perdido potencia. Las voces se habían apagado y el aire rozaba mis brazos con violencia, rasgándome la piel con una gelidez que danzaba en la nueva negrura que nos atrapaba. En cuestión de sgundos, me encontré en una dimensión diferente, pero bajo el mismo techo donde el sueño había comenzado.
   Con la mente a medio camino entre un primer y un segundo plano, miré al frente. La oscuridad no resultaba accesible al nuevo nivel de mis sentidos, pero intenté con todas mis fuerzas continuar de pie, extraviada en el espacio-tiempo durante un minuto más. Uno solo que me permitiera verle de cerca.
   Apoyado sobre la bruma de las tinieblas, que lo sostenían como a un príncipe del mundo de los caídos, Jim seguía siendo nítido. Solo él estaba allí conmigo. Con su hermano.
   Antes de poder darme cuenta, se acercó hasta tocar mi hombro. Me quedé inmóvil. Aquella sensación generó un huracán de recuerdos envueltos en el frío del pasado que removió el vacío que tenía dentro del pecho, forzándome a visualizar la imagen de su cuerpo flotando en el lago la tarde en que ambos cumplíamos ocho años. 
   Quise pronunciar las preguntas que ansiaba responder desde hacía tanto tiempo atrás, pero algo extraño presionaba mis huesos y mantenía paralizados mis músculos. 
   Le miré con los ojos enrojecidos a causa de la frustración, rogándole que hablara. Sin embargo, en su rostro leí la silenciosa carga de no ser humano. El peso que arrastraba desde hacía meses y que le distanciaba de la memoria, de los sentimientos, y de la verdad. Ese había sido el precio a pagar por pisar accidentalmente la línea de los muertos. 
   Ensanchó los labios para dedicarme una sonrisa, y después presionó su boca contra mi cabeza con una dulzura que se esfumó antes de acariciarme. Una dulzura que había contemplado miles de veces en su mirada mientras jugábamos juntos en casa, escondidos en el desván para que nuestra abuela no nos encontrara, y que ya no volvería a su semblante.
   Puso las manos sobre mi barbilla y me acarició la cara con una delicadeza maternal, obligándose a no soltarme. A no permitir que huyera.
   Entonces la ira se apoderó de mí. Una rabia que nacía del dolor, porque aquel espectro no era Jim. Solo se trataba de una proyección en mi mente. Y ese lugar no era el hogar de los no vivos, si no un rincón privado de mi imaginación, donde el poder de la voluntad superaba cualquier obstáculo. Algunas veces hay líneas que no pueden cruzarse. Y mi hermano siempre viviría lejos de mí, tras esa barrera que solo durmiendo lograba alcanzar para hablar con su espíritu.
   Pese a los esfuerzos, ese encuentro no consiguió que mis latidos se aceleraran. Pegué la frente a la suya, notando el agua salada descender por mis pómulos, y cogí impulso para buscar la manera de regresar hacia el punto de partida original. A la la raíz del sueño. A la realidad.
   Antes de disiparme, escuché sus sollozos.



  

domingo, 15 de noviembre de 2015

No hay motivos para que unas noticias tengan más repercusión que otras. Da igual la ciudad, el país o el continente en el que se produzcan las muertes. Ninguna vale más por cercanía ni por igualdad de creencias políticas. Y se deben tomar medidas que tengan en cuenta que todos somos humanos, independientemente de la región del mundo en la que vivamos o donde hallamos nacido. 
Ningún fallecimiento merece menos lamentos que los demás. 
No somos nuestro país. 
No somos un único lugar. 
Somos el mundo.

sábado, 14 de noviembre de 2015

La voz de las sombras, novela de María Iglesias Pantaleón.

   A veces, el pasado es el infierno que llevamos a cuestas. A veces, los recuerdos son el fuego que nos incendia el alma. A veces, nuestro peor enemigo somos nosotros mismos.
   ¿Qué sucede cuando la vida te arrebata todo aquello por lo que merece la pena continuar respirando? ¿Cómo huir del ayer, si no se puede borrar la memoria? ¿De qué forma cambiar el destino una vez la desesperanza es tu única compañera de viaje? 
   Estas preguntas recorren la mente de Leslie Stratford noche tras noche, pero el tiempo no va a devolverle a sus padres ni a su hermano, quienes hace años que desaparecieron de su lado. ¿El problema? La muerte siempre encuentra una vía para arrebatarnos a los seres humanos lo que más deseamos, al igual que sabe hallar un modo de nublarnos el corazón con viejos temores.
   Esta novela realista cuenta la historia de una joven canadiense, cuya rebeldía es símbolo de sus ganas de alcanzar la libertad, que debe enfrentarse no solo a las adversidades que se han cruzado en su camino, si no también a las que aparecerán y la pondrán en peligro a ella y al resto de sus seres queridos, atrapándola en el crudo universo de la mafia, donde deberá demostrarle al mundo su inocencia para salvar a las personas que aprecia y, luchar por comprender el amor que comienza a correr por sus venas mientras las calles de Detroit acunan sus pesadillas…

   Si buscas una novela de intriga y misterio, que deje espacio al romanticismo y a la psicología de las personas, no te la pierdas. La presentación es el viernes 20 en el Centro Riojano, en Madrid.




   


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Octavo día.

   Las nubes envenenan el cielo con una niebla densa y grisácea. El amanecer se asoma al vacío de las calles, pero no siento alivio al ver la luz del día. Cuando el sol vuelva a ponerse, desapareceremos.
   Levanto la mano y les hago una señal. Salimos corriendo en dirección a la plaza central y nos escondemos en uno de los almacenes, donde las sombras logren camuflar nuestro miedo. Aún hay cadáveres y restos de órganos en las carreteras que conducen a la salida de la capital y en las zonas penumbrosas que proporcionan los grandes edificios. Desvío la vista de los despojos humanos y continúo en marcha con la boca seca y la mente encharcada en imágenes. En mi cabeza, los ríos de sangre bañan lo que encuentran a su paso. Los recuerdos a todos nos azotan despiertos y enjaulados en la realidad; porque nadie duerme. Aunque el sol brille con fuerza. Aunque los reyes de las tinieblas aún no hayan abandonado su morada para alimentarse de nuestras vísceras.
   Llegamos al lugar tras varios minutos sin aliento. Las armas están preparadas y los víveres siguen guardados, así que nos conviene descansar antes de pasar otras doce horas debatiéndonos entre la vida y la muerte. Me acerco a los nuevos integrantes del grupo. Los chicos tienen el rostro desfigurado por el pánico, y los adultos a los que la infección les está arrancando la humanidad de los rasgos físicos, no son capaces de articular una sola palabra. Agarro la mano del hijo de Claire y les indico a los demás que vengan conmigo a explorar la nave comercial. Encontramos un rincón lo suficientemente oculto como para pasar inadvertido en caso de emergencia, y el semblante de los críos se torna cálido al ver una posibilidad de protegerse del exterior. Traemos unas mantas y reparto dos navajas a cada persona. Allí nos refugiaremos durante el día, lejos de las áreas abiertas de la ciudad. A varios kilómetros de las montañas desde donde sus ojos nos observan.
   El chirrido de las puertas traseras hace que el nerviosismo de varios niños regrese. Sus miradas ya no muestran temor, si no un horror frío que les congela los huesos. Un pánico que se extiende más allá de sus cuerpecitos, devorándoles el alma a la mínima señal de peligro. Me llevo un dedo a los labios y les pido silencio. Han sido Jake y Matt quienes han entrado. Al fin han traído las bombonas de gas. Quizá podamos cortarles la respiración a esos seres si el plan es eficaz.
   Mientras la gente organiza las pocas pertenencias que conservan, intentando conciliar el sueño, camino hasta la puerta principal deshaciendo en los labios el último cigarro que tengo. La luz atraviesa las masas húmedas de niebla en algunas zonas y llega a los cristales del almacén, incidiendo en mis pupilas y rogándome que no cierre los párpados.
   Oigo rezos y llantos desde el área donde nos escondemos e imagino las lágrimas de los niños cayendo al suelo ennegrecido con la saliva de los monstruos.

   Tal vez no vuelva a ver amanecer el mundo.




martes, 3 de noviembre de 2015

   He sido seleccionada en el XX Certamen de la Revista El Ballet de las Palabras con uno de mis relatos. Puede leerse en la página 38 de este nuevo número 8.

http://elballetdelaspalabras.blogspot.com.es/2015/10/llega-el-numero-8-de-la-revista.html?spref=fb&m=1

viernes, 23 de octubre de 2015

En la boca del lobo.

   Lindsay se pasa la lengua por los labios con un gesto lleno de sensualidad. Su mirada insolente me vigila desde el sofá, retándome a contemplarla sin sentir excitación alguna.
   Conozco cómo funciona su mente. Quiere convertir las fantasías que la dominan por las noches en porciones de realidad que se cumplan cada vez que visita mi consulta. Su cabeza está repleta de deseos que solo se satisfacen mediante el sexo. Y pretende que yo sea quien se encargue de saciar su hambre. De curar su autoestima. De apreciar al animal cuyos afilados colmillos llevan meses cobrándose víctimas innecesarias.
   Se ha aprovechado de un gran número de hombres física y emocionalmente. Conozco a las no pocas personas que han sucumbido a sus encantos y han salido perdiendo, y a los jóvenes que han creído ver en ella a una musa y que, tras una noche de frenesí, han reconocido al monstruo bajo su apariencia de sirena.
   Lind es un ser desterrado de los cielo. Pero sé que es difícil lidiar con el sufrimiento: su único objetivo es olvidar el dolor que arrastra desde la infancia.
   Continúo observándola a la vez que habla. El reloj del fondo ha marcado veinte minutos más desde que comenzó a contarme su aventura con Alain. Hace veinte eternos minutos que está relatándome cómo se acostaron juntos el sábado, evitando obviar detalles. Dándome a entender que los esfuerzos de él habían sido mínimos para dejarle un buen sabor de boca. Es tan explícita que cuesta aceptar que no sienta vergüenza. Disfruta recreándose en las historias.
   -Cuando me quitó las medias todo empezó a volverse automático. Yo sabía que a Alain no le apasionaban las mujeres salvajes. Lo leí en su mirada el primer día que tropezó conmigo. No obstante, terminamos haciéndolo en la cama que años atrás había pertenecido a mis padres, y en los momentos cumbre él no paraba de decir cosas acerca de su ex-mujer. Parecía que su intención era calmarme o amansarme. Como si fuera una loba que necesitara domesticar. Como si temiera la fogosidad que hay en mí, rehuyéndome.
   Mantengo la compostura y dejo que el silencio la golpee. La incertidumbre es el escenario que aviva su nerviosismo. No consigue manejar una situación donde piensa que no tiene el control.
    Resulta casi imposible ver otra naturalidad en ella que no sea la fiereza. Desprende agresividad y persuasión hasta en la última de sus pestañas. Posee la habilidad de deducir el pensamiento de los demás, adivina las debilidades de los varones, y utilizar esos defectos para jugar a la ruleta rusa con ellos. Debe salir exitosa de cualquier aprieto. Manipular el subconsciente de los que la rodean. Hacer que sea el público el que le proporcione el amor que jamás ha conseguido generar hacia nadie. Necesita la aprobación exterior para contrarrestar el profundo odio que se profesa a ella misma. ¿Habría de culparla por intentar reconstruir su corazón a través de una obsesión por el sexo? ¿Por recordarme de mil formas distintas que es la primera vez que se enamora de verdad de alguien que no la puede corresponder?
   -¿Sabes qué, Gab? Aunque ese tío me hubiera deseado y hubiéramos estado hasta el amanecer haciendo el amor, no habría sido suficiente. Me hubiera importado una mierda. Porque el rostro que veía cuando me penetraba era el tuyo-las lágrimas descendieron por sus mejillas antes de alcanzar la barbilla y caer al sofá, suicidándose. En sus ojos se reflejaba la decepción. Una angustia demasiado intensa para explicarla con palabras-.Lo siento. Siempre estás en mí.
   Escucharlo de nuevo significa otro puñetazo en el pecho. Es el tema de conversación principal. La música de fondo que suena en su cerebro. La sinfonía que el diablo canta para nosotros en esta habitación, a espera de destruirnos.
   -Linday, conoces de sobra las normas. Ningún terapeuta traspasa los límites de la ética. No podemos ser nada excepto profesional y paciente.
   Una sonrisa malévola apareció en su cara mientras mantenía la mirada encendida.
   -Creo que ya es la hora.
   Se levantó y cogió sus cosas, moviéndose de manera sutil. Tratando de alargar el tiempo antes de abandonar la consulta.
   Cuando cerró la puerta, el mundo se me vino abajo.

   Incluso con los ojos abiertos soy incapaz de apartar su imagen de mis pensamientos.


viernes, 9 de octubre de 2015

Catarsis.

   Clavo los ojos en la línea del horizonte mientras aplasto la cabeza del cigarro contra el cenicero.
   Gracias a los cristales de la cafetería veo mi reflejo. La silueta de un hombre joven que es invisible, una figura que observa y cuya voz no denuncia los crímenes que presencia. Estudio mis ojeras, que me acunan del mismo modo que un padre haría con sus hijos. Llevan tanto tiempo escalando hacia mis pupilas, intentando traspasarles su negrura y ahogarme en la ceguera, que su color violáceo se ha grabada sobre mi piel, convirtiéndome en una sombra.
   Pese a ello, no es el aspecto el culpable de que me sienta extraño en mi propio cuerpo. Hay otros motivos más sutiles que caminan en el silencio de los días. Razones que hacen perder la orientación a aquel al que el pasado le pisa los talones por mucho que avance.
   Soy dueño de un alma que no conoce su verdadero nombre. Lo busco con la ansiedad de un cazador furtivo, obligándome a recordar que no lo olvidé, sino que jamás llegué a encontrar pista alguna de su morada. Pero soy un mar que las tormentas azotan año tras año, con la violencia de un Dios ofendido. Un charco de pasión enterrada que los barcos evitan cruzar porque la profundidad de sus aguas mengua el coraje de sus tripulantes. Un fantasma condenado a vivir en un cuerpo que nadie ve. Un monstruo al que el amor pudrió y que guarda en la mirada la sangre de las batallas perdidas.
   Tiro el paquete de tabaco al cubo de la basura y salgo del establecimiento a comprobar que el aire es capaz de saquearme los recuerdos.
   Debería haber sido fácil, esa tarde de noviembre, cuando en el cielo aún calentaban los rayos del pálido sol otoñal, entablar conversación con los tipos de Weiser’s. Abrir la boca y dejar que las palabras correctas ascendieran hasta los oídos que anhelaban escucharlas. Mas durante los asuntos de negocios es conveniente esconder un as bajo la manga, aferrarte a algo que haga temblar al enemigo. Y el ayer también ha empequeñecido mi poder de manipulación dentro y fuera de los 
trabajos sucios. Estoy vacío: en mis bolsillos solo pesan las tribulaciones arrastradas de otra época.
   Resulta curioso averiguar cómo algunos deseos no pueden concederse a menos que tengas con qué pagarlos.
   Junto los párpados y presto atención al mundo. Desde el centro de la capital, en lo alto de aquel enorme edificio, el bullicio de los coches y de los transeúntes que aún circulan en el corazón de la ciudad retumba en mi cabeza al igual que una banda sonora en segundo plano, y solo tengo una cosa en la mente.

   Para volar, primero hay que renacer de las cenizas.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Sándwiches, caramelos, y mantequilla de cacahuete.

   El cielo comenzaba a adquirir un tono violáceo y las nubes se habían dispersado, envolviendo la villa en un halo de fantasía. El día se despedía ya de los habitantes que regresaban a sus hogares después de una dura jornada de trabajo, y a esas horas de la tarde la tranquilidad era tangible en las colinas que se hallaban en el lado opuesto de la diminuta ciudad.
      Rock atravesó el bosque hasta llegar a las montañas. Una vez alcanzó la zona de mayor altura, hizo caer al suelo la mochila que cargaba a la espalda y sacó un par de sándwiches, una bolsa llena de croissants y una manzana. Extendió una manta encima de las rocas y colocó los alimentos sobre ella. Después se sentó en la tierra y posó la vista en los cientos de astros que brillaban desde lejos, escuchando los grillos que le rodeaban.
   Si alguien atento hubiera estado observándole, habría adivinado que tenía los sentidos alerta. Una parte de él permanecía inmerso en las profundidades de la bóveda celeste, acunado por el ruido de los bichitos que se ocultaban a su vista, pero la otra mitad escuchaba con un aire nervioso, casi enternecedor, cómo el viento mecía las flores y traía hacia las alturas cualquier sonido.
   Aguardaba la llegada de alguien.
   El leve temblor de las hojas le indicó que el tiempo de espera había terminado, y una sonrisa apareció en su rostro aún infantil, el cual se negaba a que la adolescencia le endureciera las facciones. Cuando se incorporó, una sombra bañó su figura. A pesar de que la criatura que la proyectaba se escondía entre la vegetación, su gran tamaño hizo que una leve oscuridad cubriera al jovencito completamente.
   Rock se quedó quieto. Unos ojos amarillos se habían posado en él y analizaban sus movimientos con la minuciosidad de un asesino. En ellos había escrito <>. Los envolvía un halo inteligente que rebosaba misterio y desprendían una frialdad siniestra. Parecía una fiera cuyo corazón sabía demasiadas cosas. De quien era recomendable alejarse.
   El chico dio un paso al frente y extendió el brazo hacia la comida a modo de ofrenda.
   Entonces esas pupilas insidiosas, negras como una noche sin luna, emergieron de los arbustos. Y a dos o tres metros de él, apareció un lobo de pelaje grisáceo y orejas moteadas. Un animal de varios palmos de longitud más alto de lo establecido para un lupus y provisto de unas fauces que solo existiría un material que no pudieran desgarrar. El acero.
  Los dientes asomaron bajo la piel de su boca.
   <<Los has traído de mantequilla de cacahuete. Sabes que no la soporto>>.
   El jovencito introdujo los dedos en los bolsillos del pantalón e hizo bailar un paquete de galletas de chocolate delante de los colmillos de la bestia.
   -No quedaba mermelada en la despensa, pero, ¿creías que me olvidaría de tu postre favorito?
   Un segundo más tarde, el lobo le lamió la cara con un gesto de bondad muy humano.
   <<El día en que me defraudes, el mundo comenzará a girar al revés>>.
   Ambos se tumbaron y compartieron la cena mientras la luz abandonaba aquel rincón de Francia.
   Rock le acarició el hocico. Sus dedos se deslizaron sobre la nariz del compañero con una delicadeza ensayada y sin temor alguno. La emoción que ardía en su mirada tarareaba en silencio una melodía alegre llena de recuerdos felices, como si se conocieran desde hacía muchos meses atrás. Además, los dos se procuraban signos de cariño.
   <<Cuéntame las novedades>>.
   El amigo se encogió de hombros.
   -Me gustaría vivir algo emocionante, Jean. Salir de la rutina, dejar de ir a esa escuela y dedicarme a dibujar y explorar otros lugares. Pero en estas semanas no ha sucedido ninguna cosa importante-resopló-.La vieja historia de siempre. Las mismas caras, las mismas clases…
   <<Todo no puede cambiar tan rápido, Rock. No te desesperes. Pronto tendrás un empleo propio y ahorrarás. Luego irás donde te apetezca, allí donde empezar de cero sea posible>>.
   -Al menos quiero viajar y regresar con buenas noticias y con suficientes billetes en la cartera para disolver las deudas de mi padre.
   <<Lo harás. Confío en ti. ¿Qué tal la familia?>>
   El niño puso unos caramelos en su mano y permitió que el animal le hiciera cosquillas con la lengua según los recogió.
   -Papá continúa en el negocio de los automóviles. La verdad es que no le va nada mal, aunque suele venir tarde la mayoría de las semanas porque sigue haciendo horas extra ya que necesitamos dinero. Hay que pagar los gastos de la casa y de nuestro colegio. Yo intento sacar ratos libres los sábados y acudir al taller-hizo una pausa y se mordió el labio. Esa manía siempre le perseguía cuando se sentía preocupado. Le ayudaba a calmarse-.Mamá se encuentra bien. Al fin se ha recuperado de la gripe que sufrió en agosto. Y Rosalie… se acuerda de ti a menudo. A veces resulta duro recordarle que no volverás.
   Las pupilas del lobo se agrandaron. Pese a ello, no añadió nada. Se mantuvo sentado observando la forma en que el rostro del chico perdió luminosidad: una pizca de aturdimiento fue vertida por la memoria en las cuencas de sus globos oculares.
   -No sabes cuánto me arrepiento de ser un cobarde. Si aquella tarde me hubiera enfrentado a Gerard y a su pandilla…
   <<Tuviste valor, Rock. Ellos eran cuatro y tú solo uno. Trataste de luchar usando las palabras, pero si no te escucharon, no se debe a que no lo intentaras. Recuerda que nadie me obligó a defenderte. Que nadie me apuntó con un arma a la cabeza y me forzó a tirarme a ese pozo. La decisión fue mía. Las consecuencias… Bueno, esas nadie las habría adivinado>>.
   El jovencito se limpió las pestañas, que se le habían humedecido.
   -Lo siento.
   La bestia se acercó e hizo aterrizar las patas sobre su pecho.
   <<El precio era salvarte. Saltaría al agua mil veces si cada una evitara que mi hermano no muriera ahogado y que no perdiera su forma humana por culpa de unos matones que no habían cumplido ni siquiera los quince años>>.
   Las mejillas de Rock se tornaron rojas.
   -Te quiero, Jean.
   <>.
   El niño miró el reloj. Las agujas marcaban las nueve y media. Lo que significaba que le quedaban diez minutos para atraversar de nuevo el bosque y volver a su hogar.
   Se levantó y guardó los plásticos que habían usado.
   -Es la hora. Papá está a punto de llegar y me prohíbe que me aleje más allá del restaurante de Fynn’s cuando anochece.
   <<De acuerdo. Será mejor que no te metas en líos. Dile a Rosie que no se desapunte de las clases de baile, y que estudie. No me olvido de la enana de la casa>>.
   -No pasarán muchos días antes de que venga. Lo prometo.
   El pequeño de los varones abrazó al lobo y después se alejó con el tintineo de las estrellas sobre su cabeza.

   Al marcharse, un aullido se oyó a sus espaldas. El adiós de un ser querido pronunciado por un animal con el alma de un chico de diecisiete años.


martes, 22 de septiembre de 2015

Concurso 'Plumas, Tinta y Papel'.

Mi microrrelato participante en el concurso internacional de Diversidad Literaria​ 'Plumas, tinta y papel', ha sido seleccionado para entrar en la antología que recopilará las historias. 
El libro estará disponible a partir de Octubre.

"La última vela.


Alonso me agarra la cara como si acunara el cofre de esperanza que sus dedos inocentes jamás volverán a acariciar. Sostiene mi barbilla con la vehemencia de un niño cuyo corazón desea amar a las personas, y en sus ojos inundados por el dolor del rechazo y la soledad, veo una llama de ilusión prendido en la oscuridad de esas pupilas. El orfanato no será más su hogar."


M. I. P.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Busca y encontrarás.

   -¿Creéis que ese niño sigue vivo?
   Giramos a la derecha en la última avenida cuando las dudas de Jordan se alzaron por encima de las advertencias de Johnny Cash. Desde una de las emisoras de rock clásico, su voz grave susurraba en nuestros oídos God’s gonna cut you down con el tipo de frialdad que desprenden las palabras de un hombre que no teme a la verdad, de alguien para quien el horror del mundo es solo un hecho más.
    -Hay que esperar a que analizen la gorra. Aún no sabemos si algún tipo le puso las manos encima al chaval. Puede estar en cualquier parte-dijo Irons.
   Miré a Poulter, que paseaba el dedo pulgar por su barbilla como si acariciara el lomo de un animal salvaje; tratando de domesticar sus pensamientos antes de abrir la boca.
   -Sí, en cualquier parte.
   Repitió las palabras sin que adquirieran sabor alguno. Bañándolas en saliva helada, guardando la rabia que ardía en su interior y barriendo las cenizas de las ilusiones que se resistían a abandonarle. Los restos del pasado que aún le perseguían.
   No quise añadir nada.
   -Han pasado dos días. Démosle una tregua a esto-Jordan se quitó las gafas. Sus pupilas disminuyeron al exponerse al sol, haciendo que la luz cambiara su forma de ver, y volviéndolas diminutas frente a la realidad-.Nadie va a solucionar la desaparición de un crío en un abrir y cerrar de ojos.
   Pedro Del Mar continuó en dirección a la calle Sailor hasta que apareció una hilera de mansiones enormes, rodeadas de jardines perfectamente podados, cuyo color verde daba la bienvenida a un lugar tranquilo, lejos del ruido y de la contaminación de la ciudad. Hasta el ultimo detalle de los arbustos había sido esculpido a mano.

   -Hogar, dulce hogar-soltó Pedro.
   Aparcamos frente a la número 56. Una casa que fácilmente podía pertenecer al hijo de un ministro o de un presidente, era propiedad de unos padres que buscaban a su hijo de diez años en todos los rincones entre el cielo y la tierra.
   Irons se ajustó el cinturón y colocó una pistola en el hueco de la izquierda. Luego bajó del coche.
   El conductor se negó a bajar del coche. Odiaba sonreírle a las víctimas de cualquier crimen.
   -Me quedaré vigilando. No tenemos ni idea de quién vio lo que sucedió ni de por qué Timothy se fue. Ya sabéis, quizá el ambiente cotidiano nos ayude a encontrar una pista. A veces los vecinos oyen y observan cosas que no deberían.
   Asentí.
   -Mantén los ojos abiertos, Del Mar.
   -Id a hacer vuestro trabajo-sacó un cigarro y usó uno de los mecheros que tenía en el desfiladero del coche para encenderlo. Cada uno estaba decorado con la foto de una modelo de Playboy-.Los posibles homicidios infantiles suelen quitarme el sueño.
   Los cuatro nos distanciamos del BMV y atravesamos la entrada. Varias figuritas de animales observaron nuestras siluetas mientras alcanzamos la puerta.
   Después de que el timbre traspasara el umbral de irritación auditiva de un ser humano normal, una mujer de mediana edad apareció frente a nosotros. Su largo cabello anaranjado, cuyas raíces mostraban un tono marrón, estaba enredado en una montaña de rulos fluorescentes a la altura del flequillo. Esto no impedía que unos cuantos mechones anárquicos saltaran encima de su frente, dándole una apariencia infantil.
   La contemplé consternado.
   Su sonrisa, sujeta en el rostro mediante un carmín rosa que pretendía desviar la atención de la deseperación que reflejaba su mirada, resultaba incongruente con los litros de agua salada que sus pestañas retenían. Parecía a punto de desaparecer si un soplo de aire le rozaba la boca.
   -Buenos días, señora Fletcher.
   Trató de ensanchar las comisuras de los labios, pero empalideció de golpe. No había sido el marido quien acababa de allanar su morada.
   -Buenos días-contestó empleando una voz similar a una melodía de cuento.
   -Venimos a continuar la investigación. Nos gustaría hacerle unas preguntas acerca de Timothy Fletcher.
   Dos agujas invisibles sujetaron la falsa felicidad de Liza Fletcher en su cara y lograron que la ridiculez de la situación fuera de un grado mayor.
   En cuanto el hilo del orgullo se rompiera, el sufrimiento real o ficticio que escondía, la ahogaría.
   -Claro, pasen. Cualquier información será de ayuda.
   Nos condujo hasta el salón. Los rayos del sol se filtraban a través de las cortinas, cuyo chorro de color violeta inundaba los muebles, el sofá de piel y las estanterias repletas de souvenirs de distintos países. Aquella casa supuraba dinero incluso por las paredes, decoradas con una pintura que desprendía un olor suave que flotaba en el aire. Lo reconcí al instante. Era lavanda, la fragancia que serena las emociones y calma el espíritu.
   Irons habló primero.
   -Bien. El chico se encontraba solo en casa el día de la desaparición. La última vez que lo vieron, ¿dónde y cuándo fue?
   La mujer puso las manos sobre sus brazos, acariciándose la piel de una manera áspera, como si la simple fricción de sus manos no pudiera generar calor dentro de las estalactitas que colgaban de su corazón helado. Agachó levemente la barbilla, haciendo que su cabeza quedara en un perfecto ángulo que significaba <>, y tuve la sensación de que el movimiento había sido ensayado muchas veces. La imaginé delante de un espejo tratando de hacer coincidir la idea de impotencia con la posición de sus hombros, observando cada detalle y esperando a que sus gestos dijeran lo que ella deseaba proyectar al exterior. La depresión de una pérdida.
   ¿A qué íbamos a enfrentarnos? El rostro de esa señora triste, a punto de convertir la mesa en un mar de lagrimas invisibles, ya no seguía disfrazado de hilaridad forzada. Ahora se había vestido de escozor.
   -Tim regresa siempre del colegio a las cinco y media. Ese viernes me dieron una hora libre en la empresa y llegué antes a casa. Pensé en que hiciéramos los deberes juntos, pero me llamó desde la escuela para avisarme de que cogería el autobús de las siete. Dijo que iba a jugar un partido de baloncesto con sus amigos en el polideportivo del centro. Me quedé tranquila y salí a comprar unas cosas. Sabía que Ulrich entraba a trabajar a las cuatro y regresaba antes de la cena, así que no estuve pendiente del reloj mientras pagaba las prendas. A pesar de lo que prometió, cuando mi marido vino ya no había nadie esperándole. No entiendo qué impulsó a nuestro hijo a salir de la casa sin avisar a nadie. Ni siquiera tuvimos la oportunidad de despedirnos de él.
   Poulter se sentó en la silla con las mejillas rojas a causa de la calefacción de la mansión. Estaba taciturno y le costó despegar los labios.
   -¿Alguna idea de por qué se iría de casa? ¿Han discutido esta semana o han recibido llamadas de atención de parte del director del colegio?
   La señora Fletcher movió la mandíbula hacia los lados.
   -¿Conflictos con los compañeros o con los profesores?
   -Nada de eso. Les aseguro que el niño era educado y se sentía bien aquí. Éramos felices los tres.
   -No lo ponemos en duda. Simplemente necesitamos conocer todos los detalles. De lo contrario, tal vez no lo encontremos.
   -¿Tampoco les han confirmado los vecinos haber oído ruidos esa tarde? ¿Algún conocido presenció el momento de la huida?-pregunté.
   -Si lo saben, han decidido no contárnoslo.
   Entonces Jordan irrumpió en la conversación. Ya había escuchado suficiente camuflado bajo un velo de silencio e intentando no juzgar los hechos antes de averiguar qué había ocurrido.
   -Si aún pretende hallar a Timothy vivo, le recomiendo que empiece a colaborar. Esos hechos se lo contó el señor Fletcher al comisario la misma noche de la denuncia.
   En cierto sentido entendí la postura de mi compañero. Nos habían enseñado a no descartar nunca a nadie del mapa de sospechosos. Fuera cual fuera su relación con la víctima del caso.
   La mujer se quedó mirándole sin pestañear. Su rostro no mostró ninguna emoción, tan solo incredulidad. La sorpresa de una coqueta ciudadana cuyos bolsillos llenos de billetes pesaban más que su compromiso de honestidad con el mundo.
   -Siento la falta de noticias, inspector-pronunció esto de un modo hostil, evitando alejar la vista del policía, y segundos después comenzó a sollozar, situando los dedos encima de los párpados-.Una madre conserva el derecho a sentirse despreciada por el abandono de la persona que ha llevado en su vientre durante nueve meses.
   El silencio hizo temblar el halo de calma que flotaba en la sala. Jordan no desvió las pupilas de los ojos oscuros de Liza Fletcher, que brillaban tanto como las hojas de dos navajas.
   -Muy bien. Adelante con su decisión. Recuerde que tras cada minuto que pasa, la probabilidad de traerlo de vuelta es menor.
   Nos levantamos y seguimos a Irons, que ya había traspasado la puerta principal. Allí delante, sus brazos en jarras revelaban una seguridad esculpida a través del paso del tiempo. La norma lógica frente a cualquier desaparición era destripar los hechos. Hablar, hablar y hablar. Y la ambigua señora Fletcher guardaba un as bajo la manga. Un comodín para ganar un juego en el que solo conocía ella las reglas y el fin.
   Salimos de la mansión y minutos antes de montar en el automóvil, Jordan y Irons le dijeron que se mantendrían en contacto. Pese a todo, en la frente de los agentes observé varias arrugas. Líneas que se interponían en la suavidad de sus rostros al igual que una colina de mentiras, secretos y sentimientos ocultos.
   Al dirigirme al coche, vi que Poulter aún se encontraba en la entrada, clavando la mirada en el rostro de porcelana de Liza con una fiereza a punto de explotar, envuelta en gasolina. Era un niño esperando que alguien le diera permiso para soltar la cerilla. Un adulto cuya moral rígida no aceptaba la inhumanidad de la gente que no le devolvía el favor de proteger el Estado y sus habitantes.
   Oí su voz prenderse a lo lejos, mientras los pájaros silbaban durante esa tranquila mañana de domingo.

   -Le avisaremos si el cuerpo del niño aparece en algún río.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

A los lobos les gusta saciar su hambre.

   Finn se echó el cabello rubio hacia atrás antes de ponerse la gorra.
   Jamie tenía razón. Después de haber conseguido esos seis millones de dólares, las cosas funcionarían mejor. No habría disputas por los pequeños negocios ni protestas por el dinero de las rentas familiares. Ni siquiera volvería a haber peleas entre los hermanos Card. Además, los contactos de la policía colgaban de los hilos que habían tejido y manejarlos según les resultara conveniente sería avanzar por un camino de rosas. Con una sola palabra que alguno de los hombres de la comisaría intentara delatarles, apretarían las cuerdas hasta que los pies del culpable quedaran suspendidos en el aire, separados al igual que sus labios cuando se abrieron en el instante equivocado a la gente menos indicada.
   Sí, aquella era la gran etapa que habían esperado durante tanto tiempo. Faltaba regresar a casa y celebrarlo entre todos, aunque primero los cabos sueltos debían atarse.
   El treintañero encendió un cigarro y siguió caminando a través de las apestosas calles de la ciudad. Cuando el sol comenzó a ponerse, llegó a la antigua ferretería abandonada del polígono. La zona continuaba desierta desde el último año que la usaron para guardar los kilos de hierba. Apenas dos o tres coches habían sido aparcados en el establecimiento de al lado, la tienda de intercambio de productos de segunda mano, y el viento subía y bajaba sobre el asfalto quemado atribuyéndose el papel de un vigilante sinfónico. Sin embargo, los automóviles que esperaba encontrar no se veían. Nadie se hallaba allí. Metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y desapareció bajo las sombras del interior de la nave. La curiosidad le pellizcaba la conciencia.
   -¡Duncan! ¡Wilson!
   Gritó los nombres y a cambio recibió el eco de los mismos, sintiendo el volumen de las sílabas fluctuar hasta evaporarse de manera similar a una violenta lluvia que cesa de caer.
   Miró el reloj. Los cálculos indicaban que el tiempo acordado se disipaba a un ritmo veloz. Algo tendría que haber sucedido. Estos tipos no acudían tarde a dondequiera que estuvieran forzados a ir, y cuando cerrar el trato implicaba que un montón de dinero terminara en sus cajas fuertes, no albergarían dudas.
   Finn decidió aguantar un poco. La mayoría de las personas con las que lidiaban les devolvían favores, por lo que no les preocupaba exprimir sus ambiciones y conseguir cualquier cosa que desearan de esos peces flacos. Pero sobre los hombres que esta vez les habían permitido atracar el banco, los Crimson, se decía que eran tiburones de mar abierto, y la prudencia se antojaba necesaria, casi imprescindible. De no aparecer en veinte minutos, él se llevaría el mapa en el que figuraba el cruce de Long Side. Después no podrían adivinar en qué parte del estado habían sido enterrados los billetes y la riqueza pasaría integra al bando de los suyos.
   Dio vueltas mientras en su rostro empezaba a consolidarse el agobio y un nerviosismo le humedecía los dedos de un sudor frío. El aire traía un fuerte hedor a metal oxidado, y a pesar de los quejidos hambrientos de las ratas que corrían alrededor de los restos orgánicos, un silencio ocupaba el espacio de la fábrica. Un tipo de sonido inexistente que abrazaba el ambiente con esfuerzo, envolviéndolo en un vacío que parecía no hallarse ahí, y que martilleaba los oídos con palabras mudas de advertencia. Una ausencia de ruido que mordía la piel y erizaba el vello, que se escondía en la penumbra y que se negaba a abandonar el lugar, que le escuchaba a uno mismo en vez de dejarse penetrar por las voces.
   El chico trató de darse la vuelta, mas alguien cargó un revólver detrás de su cabeza. La boca de la pistola le congeló los sesos en una milésima de segundo gracias a un simple contacto unos centímetros por encima de su cuello.
   -Un placer verte de nuevo, McLaren.
   La amabilidad sarcástica del inspector Roland le pegó un empujón en el centro del estómago, reventándole las expectativas de salir ileso de entre aquellas paredes plagadas de suciedad. Cuatro agentes le apuntaron con varias armas, obligándole a alzar los brazos y quedarse inmóvil. Los demás le cachearon y sacaron un papel doblado de su pantalón, tras lo cual el jefe de los allí presentes asintió sin evitar que un brillo de satisfacción se apoderara de sus ojos grises, tan callejeros como su alma de pobre diablo.
   -Los Crimson nos han facilitado el hecho de que nuestros caminos se crucen. No les guardes rencor, ¿de acuerdo? Es solo que, ya sabes, los buenos amigos lo comparten todo. Y por qué no seis millones de dólares.
   -Sois unos hijos de puta-escupió Finn, haciendo que la saliva manchara los zapatos de charol de Roland al girar la barbilla-.Os aseguro que os descubrirán. Alguien terminará alimentando con veneno a esos imbéciles, y entonces vosotros seréis el segundo blanco.
   Los labios de este se ensancharon, desplegándose en una sonrisa que no mostraba los dientes y que ocultaba de un modo exitoso, en caso de que existiera, el miedo a perder contra él en un futuro no muy lejano.
   -Púdrete junto a tus socios, rata.
   Le arrebataron el dinero que llevaba en la cartera y uno de los policías le propinó un puñetazo en la mandíbula, esparciendo un río de sangre a través del suelo. Luego se escurrieron por la entrada de un modo sigiloso y sutil, sumamente cavilado y propio de gente a quien solo los asuntos económicos y la corrupción ponen en movimiento. De criminales cuyo trofeo significa convertir un golpe de suerte en el honor de una vida entera.
   Minutos después, Finn logró alcanzar la puerta trasera jadeando. Se ayudó de la lengua para arrancar la muela que bailaba cerca de su paladar, y se tiró encima de la tierra, donde el reguero oscuro de las encías proclamaba su huella de identidad.
   Solo una cosa rebotaba en los rincones de su cerebro.

   Esa iba a ser la última vez que lo vendían.

miércoles, 26 de agosto de 2015

El trueno.

   Había calma en el bosque. La tranquilidad se respiraba en el aire cargado de buenas vibraciones, el cual circulaba de un extremo al otro del condado llevando la energía a miles de escondites. Bañaba el agua, el suelo y la hierba, inundando cada minúsculo rincón de vida. La armonía entre cielo y tierra se oía a través de las palabras que murmuraban los árboles, y el silbido del viento deambulaba silencioso sobre la superficie del río. Las plantas y las flores susurraban melodías en el idioma de los animales y, si uno se paraba a escuchar atentamente, podía entender algunos mensajes que transmitían en el lenguaje que todos los seres hablan. El que procede del corazón.
   Las hojas crujían bajo sus pies según se adentraba en las pequeñas cuevas que las ramas formaban por el camino. El sol brillaba detrás de las nubes, apareciendo y ocultándose en periodos alternos, y eso le ayudaba a avanzar sin que la luz le dañara la vista.
   Sebb levantó la vista hacia las nubes, que flotaban encima de su cabeza de un modo apacible, paseándose sobre el pinar mientras se expandían y se concentraban para formar distintas figuras. 
   Comenzó a silbar una canción alegre compuesta de notas que sonreían. Aún quedaban varios kilómetros por andar. Quizá el viaje durara más de lo esperado.
   Daba igual lo que dijeran. El pueblo siempre iba a subestimar sus ansias de explorar el mundo. No recibiría el apoyo de los suyos porque la cobardía hablaba por ellos. Tenían miedo de aceptar que no les pertenecía, de reconocer que su hogar se encontraba en otra parte. En el propio camino. En la búsqueda de sí mismo. Lejos de donde nació.
   Eran unos cobardes. No merecía la pena guardar rencor a aquellas personas que no creían en él y que nunca cambiarían de actitud. Temían a lo diferente. A lo desconocido. A desligarse de las costumbres cotidianas y de la dependencia entre los habitantes de Feston. A la libertad. Y eso era justo lo que su corazón tanteaba a ciegas allá donde iba con el mismo ímpetu que una gaviota persigue el sonido del mar. Con igual ilusión que una estrella anhela la llegada de la noche para encenderse. Lo deseaba con tanta fuerza como la que sujeta nuestros cuerpos al suelo.
   Un relámpago cruzó el cielo. Sebb se dirigió hacia un claro cercano, se tumbó en la hierba a espera de que la tormenta de verano aterrizara sobre el bosque de Ceredyl. Unos segundos después, un sonido electrizante y feroz procedente de las alturas zarandeó el cielo y retumbó dentro de sus oídos y del tronco de los pinos.
   La naturaleza también necesitaba limpiar su alma.
   Cuando la lluvia tocó por fin su piel y lo empapó hasta mojar completamente su pecho, sintió que las gotas de agua arrastraban los rastros de desolación grabada en su memoria, y que el deseo de vivir le recorría el interior de las venas.
   Las comisuras de sus labios se estrecharon. Las gotas los habían cubierto de valentía, entusiasmo y optimismo.

   Muchos le dirían aún que regresara. Pero nunca abandonaría el camino que le conduciría a la fortuna. El que haría realidad cualquier sueño.


lunes, 17 de agosto de 2015

Páginas cómplices.

  Tyler clavó los ojos en las negras pupilas de su compañero. Detenerse dentro de ellas significaba consumirse. Disiparse. 
   Cada mañana, cuando lo veía aparecer tras la puerta del comedor, un fuego abrasador le quemaba los órganos, la piel y hasta el corazón. No podía utilizar ningún arma contra aquel sentimiento que había hechado raíces entre sus costillas. Solo era capaz de tragarse la impotencia mientras se volvía enfermo según los meses corrían.
   Continuó sin apartar la mirada de Jerome. Quería desgarrarse la garganta gritando que le necesitaba. Anhelaba percibir su aliento cerca de él, penetrando en sus poros. Tocarle con extrema delicadeza, disfrutanto del tacto de sus dedos. Observar de cerca la belleza que escapaba de las manías, de los gestos simples, de los silencios y de las palabras de aquel chaval. Deseaba estar al lado del joven, formando parte de su vida. Pero, ¿cuánto de eso podía llegar a ser real?
   Acortó la distancia entre ambos con un único paso, el cual pareció atraerles hacia el fondo de un abismo. Desde el gran agujero de su pecho, las voces del subconsciente le recriminaban enfocar la atención en eso que tantas heridas le estaba provocando. 
En esa fuente de ilusiones. En Jerome. 
   La luna bañaba sus siluetas en la inmensidad de un silencio cuya profundidad los separaba a los dos. Quiso rozar la boca del chico, pero se contuvo.
   Tarde o temprano, la verdad hablaría. 

martes, 11 de agosto de 2015

Los caminos del destino.

   Enciendo la cámara y me siento delante de ella.
   Esta es la tercera vez que grabo un vídeo para mi hijo.
   No puedo dormir desde hace dos semanas. La ansiedad va a hacerme estallar. Cada vez que cierro los ojos la imagen del automóvil golpeando a la niña e impactando contra las vías de la carretera aparece como un huracán que me sacude hasta los huesos. Mi cerebro empieza a darle vueltas a los recuerdos de esa noche y el estómago no hace más que obligarme a vomitar una y otra vez. Al acostarme y al levantarme.
   La hora del día es irrelevante. La escena regresa a mi mente de forma recurrente, abriendo la herida que tengo en el alma con un visturí manchado de sangre inocente. Al mirarme en el espejo ya no consigo ver al padre de Benjamin. Solo observo el modo en que el miedo se apodera de mis facciones. Los flashbacks que sufro los escasos minutos que logro conciliar el sueño están martirizándome.
   En el cristal se refleja un hombre cuya vergüenza y cuyo sentimiento de culpa pesan más que él, pero vivo en un infierno que he cavado yo mismo. Aquí, escondido entre papeles y cuerpos de seguridad del Estado que no saben que fui el responsable de la muerte de la pequeña Lucy. Protegido por las leyes de mi propio trabajo y absolutamente aterrorizado por haber cometido un crimen del que nadie sospecha. ¿Quién tendría dudas acerca de un abogado que ha ayudado a resolver tantas injusticias en Boston?
   Me he convertido en lo que siempre evité ser.
   En un cobarde.
   Los minutos corren y la cinta sigue grabando las palabras que pronuncio, las cuales retumban en el silencio de la cocina.
   Se nota mucho la ausencia de un hijo cuando tu antigua mujer se lo ha llevado de vacaciones. Se debe de notar mucho que una hija se ha ido cuando sabes que su voz solo suena dentro de tu cabeza.
   Tras despedirme con una disculpa, el puntito rojo desaparece y la máquina se apaga. Recojo las cosas y vuelvo al cuarto mientras espero a que la policía llame a mi puerta.
   Quizá la quietud de la cárcel me alivie el dolor del espíritu.

   Espero que Ben me perdone.

martes, 4 de agosto de 2015

Contact.

   El frío de diciembre helaba las ventanas del coche, aunque dentro del automóvil solo podía sentir la calidez de su compañía. 
   Lo miré y dejé que el oleaje de los sentimientos dominara el momento. Acorté el escaso espacio que nos separaba mientras notaba nuestras manos temblando, y el pulso se me aceleró en milésimas de segundo. 
   Necesitaba tocar sus labios. Unirme a él. Conectar con lo más profundo de su persona. Con su espíritu.
   En un instante nos fundimos. Y después nos echamos a reír como niños cómplices de sus propias bromas.
   Mas la suerte no estaba de nuestra parte. Éramos dos amigos que jugaban contra el destino y pretendían no quemarse con su fuego.
   Entonces recordé algo que John siempre decía. <<Una historia sin dolor es un cuento sin magia. El sufrimiento nos obliga a bajar del cielo, a anclar nuestros pies a la tierra y hacer las cosas bien.>>
   Los ojos se me enrojecieron y empezaron a arder, afectados por el pánico que llevaba cinco meses ahogándome en silencio y hundiéndome en la desolación. En el sabor agridulce de poseer el corazón de quien no debe corresponderte.
   Observé a Will tristemente. Amaba a aquel hombre. Habría dado hasta la última gota de mi sangre si hubiera sido necesario salvarle. Pero no iba a destruir su familia. A su mujer y a su hija enferma, quienes requerían los cuidados de un padre y un marido que dedicara todo el tiempo a ver los progresos clínicos de la pequeña.
   Un extraño eco de ambas respiraciones zumbó en mis oídos.
   Alguien con un poco de honor, se hubiera ido de allí. Alguien con el sentido de la justicia aún alerta, hubiera escapado de su lado.

   Me limpié las lágrimas y abandoné el Ford sin mirar atrás.

martes, 28 de julio de 2015

Avenida 92.

   Los ojos cristalinos de Tom seguían incrustados en la estación de trenes que se divisaba a través de la ventana. Transmitían tanta frialdad que parecían a punto de hacer estallar cualquiera de los vagones inundados de pasajeros.
   Eran el hielo puro. Eran un arma de fuego.
   El viejo que se hallaba apoyado sobre la puerta del salón empezó a caminar dibujando un semicírculo sobre las baldosas, aproximándose a él de forma premeditada, como si se encontrara en mitad de un campo de minas. Mantenía un gesto serio y su semblante reflejaba seguridad, y pese a la medalla del cuartel policial que colgaba encima de su chaqueta, algo en sus movimientos delataba un miedo que había florecido según los meses habían ido sucediéndose. La clase de temor que se adquiere cuando a uno le flaquean las piernas al ver los ríos de sangre circulando por las calles. Ese que se experimenta al leer los mensajes de quienes gobiernan en realidad grabados en la frente de los compañeros que yacen muertos.
   -La ciudad está infectada de personas corruptas, Tommy. Mis hombres cada día descubren que en este distrito hay más ratas dispuestas a traicionarnos y a morder nuestras manos. Han llegado rumores a mi oficina que hablan de un barco que anoche partió hacia Belfast con el dinero recaudado en las apuestas amañadas de esta semana-cogió aire y sus pupilas se dilataron y contrajeron al ritmo de su corazón, que latía pavorosamente-.¿Necesitas detalles para responder?
   El interpelado se dio la vuelta de forma elegante aunque amenazadora. Se quedó quieto durante largo rato mirando al policía sin pestañear. Después sacó del bolsillo un paquete de cigarros y encendió uno antes de llevárselo a sus carnosos labios. No descendió la vista en todo el proceso.
   -Deberías plantearte en quién confías. No me importa que los agentes hagáis bien o mal vuestro trabajo. Estas tierras inglesas pertenecen a los Glinders. Nosotros nos encargamos de expandirlas, de reinventarnos. No me ocupo de lanzar tiros al aire esperando a que los problemas se resuelvan solos.
   El comisario camufló su irritación mientras pisaba las colillas del suelo. Levantarle la voz a Morris significaba ser reducido a fluidos corporales deslizándose a través de las alcantarillas de Birmingham.
   -Necesito esos billetes de vuelta. Estamos pendiendo de un hilo a causa de tu asquerosa ambición.
   -Los tendrás. Pero a cambio dejarás que mi hermano abandone la ciudad. Sarah Gordon lo acompañará.
   Las mejillas del anciano se pusieron rojas, repletas de ira.
   -No permitiré que la hija de unos rebeldes socialistas huya con un Morris. Sería inadmisible pensar que un gángster y esa sucia mujer se vayan a casar. Y mucho menos en otro país.
   Tom entreabrió la boca y soltó una bocanada de humo tan denso como el nivel de encolerización que sufría el que antiguamente había tenido el poder. Sobre su rostro estaba pulido el coraje y la dureza de sus facciones concordaba con la sofisticada impasibilidad que desprendía. Se ajustó el gorro y alzó el mentón a una altura calculada de antemano. La suficiente para imponerse pero no para intimidar.
   Miró al agente a la cara, y tras un silencio que le resultó eterno al viejo policía, pronunció unas palabras empleando el magnetismo de su voz grave.
   -Señor Card, no olvide que ahora las reglas las dictamos nosotros. Si no acepta el trato, aténgase a las consecuencias. El fuego a veces se extiende más rápido que cualquier mentira.

   Volvió a colocarse el cigarrillo en los labios y se marchó en silencio, perseguido por sus pasos firmes, los cuales resonaron en el interior del salón.


lunes, 20 de julio de 2015

Prendiendo deseos.

   Cuando abro los ojos estoy cruzando el túnel. Noto el pulso tranquilo. Por algún motivo, soy incapaz de sentir miedo.
   La negrura que percibo a mi alrededor es tan sólida como la quietud que circula a través del agujero. Aunque la oscuridad me dificulta ver dónde piso, gano terreno con calma pero sin detenerme. 
   Camino hasta que un rastro de luz se vuelve visible unos metros más allá. La brisa, antes cargado de calidez, ahora es fría y desciende hacia mis pulmones congelando las paredes viscerales. Cada vez que respiro la suciedad de mi alma se evapora para después perderse en las sombras que voy dejando atrás.  
   Aminoro el ritmo. Huele a humedad y el aire helado me corta la piel.
   Algo extraño sucede. No necesito saber el qué.
   Salgo al exterior y permito que el sol, el cual filtra sus rayos sobre las nubes, me acaricie. 
   Un enorme lago se extiende hasta varios kilómetros al norte. Poso los dedos sobre la tierra y avanzo hacia las rocas húmedas que se encuentran al lado del líquido cristalino.
   Entonces despierto.
   Separo los párpados con pesadez. La luna me observa desde la ventana de la habitación. Sonríe  con los labios entreabiertos y las mejillas coloreadas debido a la emoción del espectáculo. Le dedico un gesto de complicidad y miro las estrellas que centellean a cientos de millas, en lugares donde los sueños, durante las calurosas noches de verano, se prenden con la llama de la esperanza. La llama que enciende la ilusión. 

domingo, 12 de julio de 2015

Operación Cisne.

   El color amarillento de las farolas traspasaba los cristales de la parte delantera de la cafetería.
   La noche estaba más oscura de lo habitual. La negrura del cielo engullía la pequeña ciudad como las fauces de un lobo.
   -Deja de remover la infusión y tómatela.
   La voz de Lana pretendía ser una orden, aunque bajo las palabras aprecié un gesto de preocupación.
   Seguí dándole vueltas a la cuchara.
   -Jenn, intenta desconectar. Mañana continuaremos buscando.
   La televisión de la esquina comenzó a producir interferencias y segundos después un coche aparcó en la puerta principal. Solo había una familia sentada detrás de nosotras, por lo que deduje que cualquier movimiento del exterior hacía que la conexión eléctrica fallara.
   Ladeé la cabeza hasta ver la hora reflejada en el canal, donde un joven vestido con un chubasquero luchaba contra la lluvia mientras informaba a la audiencia sobre la tormenta que se avecinaba en Manhattan.
   Acababan de cumplirse las dos.
   -Supongo que necesito descansar. Es solo que… No paro de pensar en el chico. Quizá le arrebaté la última oportunidad para conocer a Jamie.
   Mi amiga me agarró del antebrazo.
   -Estoy segura de que vamos a encontrarle. Además, no podemos levantar a su padre de la tumba. Bueno, a ningún cadáver del cementerio.
   -Si predijéramos el futuro, nos habríamos ahorrado esto.
   -No es momento de enfurecerse-dijo ella automáticamente-.Te prometo que si recuperamos a Colin, te aceptará.

   Durante unos minutos me quedé observando el suelo mojado. Hacía largo rato que había cesado de caer agua y, sin embargo, la carretera aún empapaba las ruedas de los pocos automóviles que se dirigían a las afueras.
   -¿Alguna vez has sentido que todas las decisiones que has tomado no conducían a ningún lugar?-solté.
   Debí contemplar su rostro con verdadera seriedad, porque sus ojos adquirieron una dureza que no pecaba de ingenua.
   -Sé lo complicado que resulta avanzar a veces, sobretodo cuando crees que la vida escoge las situaciones por ti, pero en esas etapas es imprescindible no abandonar la esperanza. Porque entonces no importa quién seas ni cuál sea el problema. Estás perdida.
   Al oírla había apretado el colgante de la media luna entre los dedos, clavándome las puntas en la palma.
   Cuán difícil era mirarlo sin hacerse preguntas. Sin notar las pulsaciones acelerarse. Sin recordar que era el único objeto que me unía a él.
   -¿Y si ellos no querían que lo conociera? Imagina que se hubieran encargado de bloquear cada senda, de ocultar cada pista.
   -Lo siento. No voy a decir que esa pareja se dejó la piel tratando de esconder al crío. Hasta que haya pruebas mantendré la boca cerrada-compuso una sonrisa de amabilidad.
   -No habrán olvidado durante nueve años que yo fui la madre que lo abandonó.
   -Dar en adopción a una persona no significa abandonarla.
   Hinché las mejillas, agobiada.
   -Llámalo como te apetezca. De una manera u otra noto el peso en los hombros. Parece que los dos hubieran adivinado que en algún momento me arrepentiría de no haberle dado el hogar que se merecía.
   -Ten paciencia. Hallar el camino en la oscuridad, sin ver dónde pisas, puede ser un juego muy macabro.

   -Dime si no lo es ya a la luz del día.
   El tintineo de unas campanitas llamó la atención de la dueña del establecimiento. La mujer, de edad avanzada y arrugas amables en las comisuras de los labios, salió de la cocina para recibir al cliente.
   Lana desvió la mirada hacia la barra y por su expresión deduje que un hombre de apariencia atractiva había entrado.
   Me reí para mis adentros.
   -Buenas noches, desearía un café bien caliente, por favor.
   El vello del cuerpo se me erizó.
   Mis oídos captaron aquel sonido y, antes de lograr evitarlo, la taza que estaba encima de la mesa se derramó sobre mi camisa cuando salí corriendo en dirección al aparcamiento.
   -¡Jenn, espera!
   Fuera el frío que provenía del bosque cercaba los alrededores.
   Apenas me importó.
   Lana posó la mano en la pared, jadeando. Iba a decirme algo, pero el pánico que se reflejaba en mis pupilas la detuvo.

   -¿Crees en la resurrección?-la soledad de aquel rincón de descanso que conducía a Maine hizo que el eco de mi voz sonara espectral-.El padre de Colin está ahí dentro. Los agentes de Oregon mintieron. Jamie sigue vivo.