sábado, 29 de noviembre de 2014

El juego siempre terminaba igual. Las reglas eran las mismas aunque las estrategias se modernizaran. 
Los trucos mejoraban. Los gestos se volvían transparentes como el agua a medida que las partidas se iban iniciando una vez tras otra. Pero qué más daba el premio a ganar. Qué importaba quiénes participaran en las rondas. No había una sola noche en que las cosas cambiaran. El azar no tenía un lugar allí. Únicamente la mordacidad se escondía bajo la mirada de los rostros sedientos de dinero que, expectantes, sujetaban ávidamente sus fichas. 
Cerré los puños de forma silenciosa, reprimiendo una oleada de rabia mientras recordaba la promesa que le hice a Pablo. 
¿Qué sentido tenía apostar por la victoria en una mesa donde todas las cartas estaban impreganadas con el perfume del delito?

No hay comentarios:

Publicar un comentario