domingo, 5 de octubre de 2014

Orígenes.

   La fuerza del viento ondeó el cabello dorado del guerrero en lo alto de la montaña. Sus ojos se mantenían firmes, prácticamente perdidos dentro de sí mismos, y parecían querer abrirse paso entre las nubes para regresar al suelo, a algún lugar donde encontrar la verdad. 
   Pese a tener las pupilas fijas sobre el horizonte, el joven se hallaba lejos, muy lejos de aquella cima y de los nuevos territorios que aún continuaban siendo desconocidos. Las duras facciones del hombre revelaban el anhelo de hallar el origen de la extraña sensación que seguía envolviendo su pecho. Apenas habían pasado unas semanas desde que partió de Leddarik y escasas noches separaban el ayer del hoy, pero después de tantos meses de peligrosas y temibles batallas, la decisión de abandonar la antigua ciudad de la guerra había crecido tanto que terminó convirtiéndose en una orden. Salir de allí comenzó a ser una buena opción. Un aliento fresco para los sentidos tras haber logrado sobrevivir a la lucha.
   El soldado nórdico bajó los párpados. Era una sorpresa que todos sus recuerdos ocuparan un ínfimo espacio en la cabeza, almacenados al fondo de su mente. Le habían acompañado durante mucho tiempo y ahora parecían difuminarse debido a la niebla del presente. La armonía proseguía guardando tales momentos, sin embargo, no pesaban sobre sus hombros. Solo estaban ahí, descansando en la memoria. 
    Él supo antes de marcharse que quedaban miles de huecos que llenar con la experiencia de los viajes. A pesar de las predicciones, de las cuales varias se hicieron realidad, no advirtió que pudieran ser ocupados tan rápidamente por la delicadeza y la fluidez lenta y bella del contacto humano, del suave tacto de la fuerza de la atracción y de la energía de las emociones. Cualquiera de ellos más potente que las leyes físicas o los poderes divinos de los dioses. Únicamente un oleaje de fiereza, de rabia cubierta de una extraña gratitud, lo rodeaba. Oponer resistencia resultaba inútil cuando no se trataba de clavarle la espada al enemigo.
   El frío enrojeció sus ojos del color del mar vikingo mientras recordó la cálida sonrisa de aquella mujer.
   ¿Cómo describir la llama que había encendido tan arrogante fuego, el que había hecho arder el gélido corazón del mejor guerrero de las tierras de Aramyd?

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