martes, 26 de agosto de 2014

El tacto de la guerra.


   La claridad del amamecer comenzó a envolver todo el bosque. Kirsten terminó de guardar las pertenencias de los dos en un pequeño saco y arropó a su hermano con un par de mantas. Pese a estar lejos del núcleo de la ciudad, resguardados de las gélidas temperaturas gracias a los enormes y frondosos árboles que les rodeaban, aún notaba el frío congelando sus huesos. El viento helado proveniente del este le acariciaba la piel dolorida de las mejillas, secándole los ojos enrojecidos y acunando su mirada endurecida. Dejó las pupilas perdidas en el cielo mientras la silenciosa brisa traía ecos de tiempos pasados.
   Las voces del ayer regresaron con el movimiento del aire. Cuánta distancia los separaba de la querida atmósfera de su infancia, en la cual habían crecido con la calidez y el amor del pueblo. Durante otros meses y años hubo restos de alegría dentro de los hogares. En el fondo de los corazones perduraba la ilusión. Un rastro de esperanza mantenía despiertas a familias enteras y a través de ella niños y adultos conservaban las ganas de vivir. Pero recordó la imagen de las viviendas en llamas. Del mal cayendo de los aviones en forma de bombas, destruyendo el futuro de miles de personas y obligando a los supervivientes a huir. Asolando uno de los rincones de la Alemania natal de ella y de Axel. Dibujando caminos de sangre sobre el suelo y permitiendo que millones de cuerpos inertes recorrieran las calles.
   El aroma de la muerte pesaba en su memoria. No obstante, al menos ambos habían logrado escapar. La naturaleza que los rodeaba seguiría siendo un cómodo lugar en el que dormir si las tropas policiales del gobierno no traspasaban los límites de la zona norte. Aunque cualquier cosa podía ocurrir.
   La afectuosa voz de Axel le devolvió al presente. Puso un brazo alrededor de su cuello y le besó suavemente.
   -Buenos días, mi reina-dijo el joven.
   Kirsten giró la cabeza hacia él. Sus ojos azules guardaban en el interior de la retina una fuerza admirable. Transmitían una resistencia y una capacidad de superación muy bellas. Y reflejaban poder. El verdadero poder. El que nacía del honor, de la protección y de la humanidad.
   -¿Has dormido bien?
   -He soñado con ellos. Ya sabes, los mismos recuerdos de siempre. No consigo evitar echar de menos a Dustin y a Bill.
   Ella le abrazó.
   -Nunca vamos a dejar de quererles. Serán parte de nuestras vidas hasta que desaparezcamos. Debemos aceptarlo. Yo tampoco puedo olvidarles.
   -Ojalá esto termine pronto, hermana. Te prometo que estaremos juntos hasta el final.
   Las lágrimas asomaron a los párpados de la chica. A pesar de contar con solo doce años, se había convertido en una adulta mucho tiempo atrás. Al igual que su mellizo.
   -Sí, Axel. Aunque para ello tengamos que desafiar a la ley. Aunque para ello halla que derrotar al viejo amigo que hoy es enemigo. Aunque sobrevivir signifique correr, ocultarse o asesinar. Tú y yo. Siempre.

   El color rosado de la mañana tiñó el cielo a la vez que ella se acurrucaba en el pecho del joven. La promesa se tatuaría sobre aquellas tierras manchadas por la monstruosidad del hombre durante cientos de años.