lunes, 23 de junio de 2014

Mandíbulas de fuego.

    Dejé el laúd a mis pies y escogí prestar atención durante unos minutos a las melodías que desprendía la naturaleza. 
    Entonces apareció.
    La luz de la luna iluminaba su figura desde el lado opuesto de la gran explanada de hierba que separaba nuestra cabaña del camino que conducía al lago. La bestia esperaba con las garras sobre la tierra mojada a que algo le incitara a continuar en movimiento. Algo similar a lo que le había traído hasta allí. La música. 
    El pulso se me aceleró antes de poder comprobar que no había mucha distancia entre la criatura y yo. Pero cuando levanté la vista, una curiosidad honda y fuerte surgió de mi pecho de una manera increíblemente intensa a pesar de saber que debía huir. Se me antojó una sensación pura y al mismo tiempo antinatural, impropia de un joven aprendiz de herrero. ¿Qué demonios me sucedía?
    Observé con el corazón en un puño cómo aquel reptil alado no apartaba sus ojos amarillentos de los míos. Miles de historias comenzaron a cobrar vida a través de los recuerdos. Horribles relatos que había escuchado cientos de veces en la antigua cueva de los Levör antes de cambiar de zona de asentamiento. Cuentos sangrientos sobre las luchas que los propios supervivientes habían librado cuerpo a cuerpo con ellos, acerca de los cuales se decía que eran enviados por los dioses del norte para probar la fuerza del pueblo vikingo. Incluso canciones que era aconsejable escuchar solo de día y no cantar jamás en la penumbra vinieron a mi mente. ¿Acaso había existido alguien, durante todos aquellos siglos de caza y captura, de luchas y bajas en la batalla, que hubiera afirmado que los dragones no mataban por placer?
    La respiración profunda y acompasada del animal me sacó de los delirios. Estaba situado delante de mí, apenas a tres metros.
    Recordé de forma súbita las lecciones de la familia. El trofeo y el título de príncipe que me serían entregados al cumplir dieciocho años tras conseguir que uno de esos monstruos no volviera a volar jamás, cortándole las enormes alas. Los metales preciosos y el dinero que tendría bajo la cama. El gran número de trajes que la piel de aquellos lagartos gigantes podrían elaborar...
    Y decidí seguir mi propia suerte. Sucediera lo que sucediera. Necesitaba saber si las leyendas se basaban en hechos reales. Quería conocer la verdad. Deseaba contemplar a un dragón frente a frente antes de morir. 
    Y lo hice.
    La bestia, de un color azulón oscuro y moteada con manchas rojizas, ocultó sus enormes colmillos y extendió el cuello hacia mí, mostrándome unas pupilas que brillaban en la oscuridad como si se tratara de perlas negras. Entonces posé los dedos encima de su cabeza y vi evaporarse de sus ojos al miedo, el cual fue sustituido por una cariñosa mueca de alivio.
-¡Por las barbas de Thor!-susurré mientras sonreía-.Solo eran palabras sin sentido...

viernes, 13 de junio de 2014

Una pequeña pausa para observar el mundo con los ojos cerrados. Un respiro que no interrumpa el silencio. Un segundo que se pierda en el tiempo y nos coloque en el lugar correcto. Una lágrima que ahogue el sufrimiento eternamente. Una brisa de aire que nos devuelva las ilusiones. Un cielo bajo el que las estrellas guarden nuestros secretos. Una puerta por la que escapar del dolor que duerma dentro de las almas de los mortales. Un deseo que nos impulse a seguir caminando hacia cualquier lugar. Un grito que sea el eco de aquello que jamás fuimos capaces de pronunciar. Una caricia que nos haga abandonar la oscuridad. Una mirada que despierte el sentido de la existencia. Un sentimiento que pinte de color los recuerdos en blanco y negro.
Una sonrisa de sincera alegría.