miércoles, 2 de abril de 2014

La marea negra.

El papel me devolvía la mirada cargado de un vacío sobrenatural, como si él fuera el juez al que se enfrentaba mi conciencia cada noche.
Al igual que otros días, las mismas preguntas danzaban alrededor de la pluma del escritorio. ¿Cuáles eran las consecuencias de indagar en el deseo puro, en el impulso oscuro y continuo de querer plasmar a través de las palabras la esencia de los sueños prohibidos, los que nunca se pronuncian delante de uno mismo por temor a reflejarse sobre el espejo de la verdad? ¿Por qué callar y camuflar aquellas ilusiones que siempre se retenían entre versos y párrafos con distinta procedencia, distinto nombre, distinto personaje pero que realmente eran fragmentos de una vida sola, de una utopía perteneciente al mundo real? 
Aquella vez era diferente. Un silencio aterrador cabalgaba entre las hojas amarillentas que esperaban a ser testigo de las locuras que me abrasaban la mente. Estaban expectantes, vibrantes... y casi podía apreciar su temblor a causa de la emoción.
Entonces ocurrió. 
Estallé.
A veces existen motivos ocultos en las profundidades del corazón tan fuertemente arraigados y enterrados bajo el subconsciente, que no hay nada capaz de cavar hasta hallarlos y depositarlos fuera del cuerpo, lejos del individuo, limpiando así el contenido completo del órgano. En tales circunstancias, el llanto solo sirve para aliviar la presión "física". No permite barrer las razones iniciales que, como un parche de hielo, siguen adheridas al sujeto.
Alcé las manos y me cubrí el rostro un segundo antes de que el horror empezara a acomodarse en el ambiente, muerto de miedo. Mi alma desprendió una milésima parte del sufrimiento sobre las gotas de agua salina que brotaban de mis ojos enrojecidos.
La tinta pronto engulliría el dolor. 
Al fin y al cabo, las mareas negras hundían a cualquier barco sin resistencia.


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