sábado, 22 de marzo de 2014

16 de Octubre de 1938.

Las hostiles ráfagas de viento que entraban por el ventanal hacían ondear mi cabello sobre la almohada, como si pretendieran vaciar la habitación de los restos de la memoria que aún chapoteaban en el río de dolor que el pasado y las experiencias habían formado dentro de mí.
Sin querer, un recuerdo acudió a acunarme durante aquella fría noche de noviembre. <<¡Qué buen aspecto tienes, Mark! Quién diría que has regresado de una sangrienta batalla hace tan pocos días.>> Esas habían sido las palabras de Joe al reencontrarnos tras bajar del gran barco que nos traía de vuelta a todos los soldados desde la zona de la sublevación. Su sonrisa llena de convicción y totalmente carente de astucia, inocente y repleta de ingenuidad, contrastaba con las almas vacías y perdidas de mis compañeros, algunos de los cuales no regresaban esa vez a la tierra firme y segura que llamábamos hogar.
Me revolví en la cama, incapaz de conciliar el sueño.
Qué difícil podía llegar a ser el hecho de que las cicatrices más aterradoras nunca estuvieran a la vista. Aunque quizá fuera aquel el secreto. Al final, nuestra conciencia era el único testigo del valor que habíamos derrochado para salvarnos no a nosotros, si no a la masa de naciones que se hacían denominar humanidad enviando a hombres a perder la vida en la guerra y obligándolos a conocer el concepto de asesinar cuerpos y esperanzas.

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