sábado, 22 de marzo de 2014

16 de Octubre de 1938.

Las hostiles ráfagas de viento que entraban por el ventanal hacían ondear mi cabello sobre la almohada, como si pretendieran vaciar la habitación de los restos de la memoria que aún chapoteaban en el río de dolor que el pasado y las experiencias habían formado dentro de mí.
Sin querer, un recuerdo acudió a acunarme durante aquella fría noche de noviembre. <<¡Qué buen aspecto tienes, Mark! Quién diría que has regresado de una sangrienta batalla hace tan pocos días.>> Esas habían sido las palabras de Joe al reencontrarnos tras bajar del gran barco que nos traía de vuelta a todos los soldados desde la zona de la sublevación. Su sonrisa llena de convicción y totalmente carente de astucia, inocente y repleta de ingenuidad, contrastaba con las almas vacías y perdidas de mis compañeros, algunos de los cuales no regresaban esa vez a la tierra firme y segura que llamábamos hogar.
Me revolví en la cama, incapaz de conciliar el sueño.
Qué difícil podía llegar a ser el hecho de que las cicatrices más aterradoras nunca estuvieran a la vista. Aunque quizá fuera aquel el secreto. Al final, nuestra conciencia era el único testigo del valor que habíamos derrochado para salvarnos no a nosotros, si no a la masa de naciones que se hacían denominar humanidad enviando a hombres a perder la vida en la guerra y obligándolos a conocer el concepto de asesinar cuerpos y esperanzas.

jueves, 13 de marzo de 2014

Esencia.

   Toc, toc.
   Recuerdo cada detalle. Los surcos, las huellas, las siluetas abstractas, los trazos... todo escrito con el intenso color de la sangre, que aún estaba caliente y repleta de vida, desprendiendo un fuerte y delicioso aroma, cuando fue depositada sobre el lienzo. Era una obra de arte acerca de la belleza interior, aquella que se esconde en lo más profundo de los seres humanos. 
   A pesar de hallarme sola, no sonrío. Demasiadas cámaras controlan cada bocanada de aire que suelto.
   Unos pasos próximos a la habitación me advierten de que alguien se aproxima, forzándome a abandonar el mundo de la memoria y su poder de completa absorción.
   Toc, toc. El metrónomo continúa girando de un lado a otro, activo, aunque lo detengo antes de que él entre en el cuarto. Odia el sonido mecánico y repetitivo que produce. Le resulta estresante. Lo sé porque no me lo ha dicho.
   Una suave fragancia inunda el lugar cuando traspasa la puerta. Sus zapatos son lo primero que veo sin necesidad de levantar la vista. Se sitúa detrás de mí, a unos cuantos metros, manteniendo una distancia neutral. Espera un cálido recibimiento que tampoco apareció durante la sesión número uno, pero no desiste en despertar mi nerviosismo pese a llevar ya dos semanas de terapia.  
    Muevo los labios hasta alcanzar un ángulo que representa una pizca de malicia totalmente oculta gracias a una mueca de inocencia.
   Aquel hombre desea cazar alguna de mis debilidades a cualquier precio. Aprecio la voluntad férrea que lo impulsa a seguir investigando el caso.
   -¿Es incómodo que continúe dándote la espalda?
   La pregunta parece no sorprenderle. 
   -Sabes que solo he venido para que descubramos la verdad.
   Dejo que mi boca componga una fina línea, adquiriendo un gesto serio. 
   -Te agradezco el favor. Aquí nadie puede sacarme de los fantasmas del pasado. Excepto tú.
   Coloco los dibujos del escritorio encima de la cama y deslizo el cuerpo entre las mantas, desviando la vista hacia la figura en mitad de la sala.
   -No olvides que debes concentrarte mucho. Ver con claridad no es fácil-asegura.
   Ayudándome de un movimiento grácil y elegante aparezco en la mesa, sentada delante de una pila de cables que terminarán transportándome a los años de la infancia.
   -He aclarado que no hago este trabajo por cuestiones económicas-afirmó-. ¿Preparada?
   Mientras sujeta mis manos, clavo la mirada dentro de sus enormes ojos verdes, tan bondadosos que se me antojan los de un ángel. Los míos son los antagonistas de la historia.
   Nuestras pupilas se enfrentan alrededor de un minuto íntegro, observándonos sin parpadear. Un millón de imágenes recorren ambas mentes, mas ninguno de los dos nos permitimos caer en una etapa de recuerdos que no guarde relevancia. Percibo su pulso calmado a través de los dedos, los cuales aferra cariñosamente, y disfruto del placer de sentirme segura debido a su compañía. Se trata de un corazón limpio al que las heridas del ayer tiñen de rojo al rememorar segundo tras segundo la gran pérdida de su existencia. Si concreto, un detective que necesita recuperar la confianza en el destino y en las personas. 
   Evitando pensar en la cara diabólica de las consecuencias, acaricio sus brazos empleando un movimiento lento y tímido, incluso impreciso, y me sumerjo bajo la escena seleccionada: el presunto asesinato.
   Justo después de acompasar la respiración a la suya y de haber cerrado los párpados, no consigo evitar susurrarle al oído algo que emerge desde un oscuro e insondable rincón de mi alma hacia el exterior.
   -Lo siento, John.