jueves, 20 de febrero de 2014

Dirigí una última mirada al interior de la casa antes de partir, y me fui como quien se va a la guerra, cargado de valor y con el pánico incrustado en el corazón. 
La imagen que se reflejaba en el espejo de la entrada me recordó cómo el pasado no desaparecería nunca, anclado de por vida bajo mis ojos, llenándolos de la miserable riqueza que solo aquellos que saben sufrir conocen verdaderamente, mas eso era una cicatriz que formaba parte de mí. 
Quién podía adivinar si el reflejo sería distinto cuando regresara. El alma de los soldados que se enfrentan al peligro no siempre sobrevive junto a su cuerpo, pero eso no les impide salir al campo de batalla. El dolor es solo la consecuencia inevitable del tiempo que se agota.
Ojalá mis propios pasos fueran más fuertes que el inquebrantable eco de la incertidumbre. 

domingo, 9 de febrero de 2014

El anochecer.

   Abrí las dos ventanas y esperé a que el brillo de las estrellas que conformaban la bóveda celeste se apagara por completo. Una brisa fresca de aire nocturno parecía empujar el contorno de la luna llena desde aquel ángulo, la cual iluminaba las calles con una luz frágil y espectral. Las sombras que el cielo proyectaba sobre el terreno envuelto por la negrura se abalanzaban encima de los rincones del pequeño pueblo perdido entre la niebla, dibujando una capa de oscuridad que cubría los rincones del lugar y lo sumergía bajo una atmósfera de quietud fantasmal.

   Al acercarme a la puerta, comprobé que Carey no deambulaba dentro de la casa. Solía dormirse muy temprano, pero aún así me aseguré de que nadie irrumpiera en la habitación en mitad de aquel insomnio que yo misma me obligaba a padecer. Nuestros padres se habían marchado hacía muchos días y no volverían hasta la semana siguiente, así que no existía el riesgo de que descubrieran la verdad.

   Miré el reloj. El sueño y el cansancio adoptaban la forma de unos enemigos invisibles que querían succionar mi voluntad, pero intenté mantenerme despierta. Sabía que un último esfuerzo merecería la pena aunque se consumieran todas mis fuerzas. Necesitaba sentir aquella mágica oleada de sensaciones de nuevo aunque eso implicara enfermar debido a la falta de descanso.
Un leve silbido del viento después de la medianoche hizo que volviera a recuperar la esperanza. Se trataba de un sonido suave, casi imperceptible, que flotaba en el eco de la oscuridad como un hermoso espíritu buscando un cuerpo cálido donde refugiarse. De un modo lento me levanté de la cama con un cúmulo de sábanas rodeando mi silueta para soportar el frío invernal que entraba a través de los cristales. 

   Cuando levanté la vista, mis pupilas se dilataron a una velocidad impensable, dominadas por una atracción que excedía cualquier sentimiento humano. 

   Sentada encima del mirador, con sus profundos y abismales ojos fijos en mí, balanceando los pies descalzos y blanquecinos sobre el seno de la penumbra, se encontraba la criatura más fascinante y asombrosa que hubiera visto jamás. Durante unos segundos observé cómo la palidez extrema de la piel de aquel ser increíblemente atrayente se fundía con el color de las tinieblas, envueltas por un halo de ferocidad. Un montón de telas de tonos rojizos y grises decoraban su esbelta figura, semejante a la de un ángel sin alas, bella y hermosa, y solo los restos de una camisa de aspecto antiguo y carácter elegante acariciaban su pecho. 

   Contuve la respiración y, antes de aproximarme hacia él, contemplé los finos rasgos que le aportaban un toque de dulzura quimérica a aquel joven de naturaleza misteriosa y perfección inquietante. La línea que trazaba el filo de sus labios era de un rojo tan intenso que me consideré incapaz de apartar la mirada de ellos, los cuales tenían un poder de absorción de los sentidos deliciosamente efectivo. Y aquel iris del color de la sangre, penetrante y lleno de seguridad, parecía esconder tras de sí un infinito mundo de sabiduría y secretos, que se reflejaba sobre su penetrante y sensual actitud, intimidatoria mas no cínica, si no, pese a extraño que sonara, educada.

   Era la quinta noche que visitaba nuestro hogar.

   Debido a un impulso instintivo, di unos pasos al frente y me quedé escuchando los propios latidos de mi corazón, que resultaron componer la melodía de lo único que estaba vivo dentro de ese cuarto. Entonces, algo hizo ondear su cabello azabache, posando los mechones de pelo alrededor de aquellas facciones delicadas y extraordinarias, tan inocentes como diabólicas, y comenzó a silbar, permitiendo que el aire obedeciera con satisfacción sus órdenes. Las de un apuesto príncipe en busca de un alma con la que saciar el hambre.