martes, 28 de enero de 2014

Estrellas fugaces.

Dejé caer la mochila sobre mis hombros con un grácil movimiento de muñeca y me retiré de las mejillas el cabello rebelde que el viento hacía oscilar sobre mi piel. Después de haber andado tantos kilómetros acompañados por las luces violáceas que el cielo había proyectado encima de nosotros, nada iba a obligarnos a detener el viaje. Los tres deseábamos sentir el tacto frío y húmedo de la hierba debajo de los pies, como tantas veces lo habíamos soñado e imaginado, pero para ello debíamos continuar caminando hacia el norte sin perder el rumbo. 
Volver al lugar donde todo comenzó continuaba siendo un motivo para seguir adelante. Era algo mágico y a la vez sencillo que nos recordaba la importancia de la supervivencia dentro de la vida.
Agarré a Tommy de la mano y le coloqué el gorro de forma que la tela abrigara bien sus orejitas, entumecidas debido al frío que nos había alcanzado unas horas atrás, al anochecer.
-¿Cuándo vamos a llegar a casa, Drusilla?-su voz se asemejaba a un tierno susurro en medio de la noche.
Acaricié los rizos rubios que pertenecían al miembro más pequeño de mi familia.
-Pronto. Ya casi puedo oír el murmullo del río que nos despertaba cada mañana.
¿Lo recuerdas?
Él y Nathan asintieron vigorosamente.
-Sueño con él día y noche-declaró el hermano mayor.
-Tranquilos-dije de manera cálida-, esto es solo el comienzo. Regresar significa unir nuestros corazones de nuevo-señalé la bóveda celeste que, casi negra, nos envolvía-. No hay nada que temer si permanecemos juntos... aunque todo esté oscuro.

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