martes, 24 de diciembre de 2013

El hombre volvió a posar el pálido cigarrillo sobre sus labios color chocolate a la vez que se inclinaba hacia delante, colocando ambas manos detrás de la espalda y componiendo un gesto de furia mientras me observaba.
-Cierra los ojos y desaparece. Fúndete con el caos que vive dentro de ti.-ordenó de un modo directo-. Cualquier esquina del infierno es más acogedora que el propio mundo. Se trata de una ley natural. Todo nace y vuelve a morir. Únicamente existe la reencarnación en la fría e insidiosa culpabilidad humana. La supervivencia resulta ser una excusa que mantiene el terror bajo las rejas del alma. Una triste leyenda sin dueño ni destino que se propaga a través del aire que respiramos de una forma tan violenta como la peor enfermedad que nuestra especie haya conocido.
Observé aquel par de ojos negros tratando de no desviar la vista. El entrenamiento militar no solo había tenido la finalidad de inmunizarme ante los golpes externos. Podía oler el miedo a distancia y estaba preparado para luchar contra mí mismo. El horror ajeno tomaba la forma de los aplausos silenciosos que me impulsaban a actuar. 
Sin embargo, ese extraño compañero intentaba negar cualquier evidencia física que delatara el pánico que le corroía desde dentro. Aquello que decía se lo gritaba a su subconsciente. Y yo percibía el aroma del autoengaño recayendo sobre él, atormentando cada uno de sus músculos...
El tipo se movió y susurró las últimas sílabas de ese guión que, por desgracia, no formaba parte de una historia irreal.
-Mira alrededor. Si tu corazón late, está mintiéndote. Nunca has estado vivo.
El frío inundó mis extremidades, sumergiéndome en la misma atmósfera de negación que aquella figura había creado. ¿Por qué no podía combatir frente a esa estúpida sensación de vacío?
Nada me hizo sentir más miserable que aquellas tristes palabras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario