miércoles, 18 de diciembre de 2013

A los días sucios, los ojos limpios.

La belleza es invisible. Se esconde en el aire, bajo las suaves ráfagas de viento que nos acarician cuando nace el sol cada mañana, en el color de las emociones, en la pureza de las sonrisas, en la sinceridad que se refleja sobre las pupilas de cualquier ser humano, en el cielo y en la tierra, en los sueños y en la realidad. Incluso en las pesadillas, donde los miedos se convierten en las más hermosas y a la vez terroríficas figuras que nos ayudan a vencer las debilidades interiores y a superarnos a nosotros mismos. Aunque, sobretodo, se oculta en el corazón, porque él es quien decide verla y emplear el método de la observación para conseguir que jamás desaparezca de su campo de visión, a pesar de la inmensa cantidad de dolor y sufrimiento que pueda haber a su alrededor. 
De una u otra forma, la habilidad de sentir está unida a la voluntad, a la esperanza y a la búsqueda de la certeza. Pero, a veces, resulta muy difícil ver a través de la niebla que generan los problemas, las consecuencias y las situaciones, como si una extraña oscuridad nos cegara e impidiera que mirásemos fuera de los daños que se acumulan dentro de la línea del tiempo y de la conciencia. Una capa de presión se aferra a nuestros párpados y nos obliga a vivir con temor, volviéndonos insensibles e indiferentes a la luz del sol y al brillo de las estrellas, incapaces así de percibir el calor de la vida. Sin embargo, pese a que los hechos jamás se borran y los sentimientos no se controlan, el camino de las sombras es un buen lugar para luchar contra los fantasmas que ahogan a la satisfacción y a la alegría e intentan devorarlas. Y las batallas más dignas de admirar se libran entre almas que combaten por escapar de la oscuridad de su diminuto universo.
¿Qué es la belleza, si no la magia que envuelve al mundo? 

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