domingo, 6 de octubre de 2013

Los diablos se alimentan del sabor de la inocencia.


     Me deslizo sobre el suelo y coloco los brazos alrededor de su cuerpo frío e inerte, observando cómo se mantiene completamente inmóvil, tumbada encima del negro asfalto y envuelta por la intensa y siniestra oscuridad de la noche. Alzo la mirada intentando encontrar algún rastro de luz, pero las estrellas no brillan porque todo está sumido en la más infinita calma; tan tranquila, sosegada y diabólica que parece engullir a la vida misma de modo similar a la muerte: con paciencia y sin compasión. ¿Por qué la sangre que corre a través de mis dedos resulta tan... insidiosa? ¿Acaso no soy capaz de gritarle al silencio la extraña y horrible sensación que sube desde la garganta hasta mi boca, forzándome a ver la violencia real del escenario, cargado de infamias?
     Dejo caer la mano alrededor de su cuello para sentir el pulso de los latidos y, hallo la nada. Ella ya no está allí, cerca de los recuerdos. Ha emprendido un vuelo hacia un universo dentro del que, tal vez, no exista el dolor. Al menos, el sufrimiento consciente. ¿Seguirá temiendo aquello que desconoce la especie humana cuando, de manera voluntaria, ha traspasado la frontera de nuestro mundo y sus límites?
     

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