viernes, 27 de septiembre de 2013

Guardianes del viento.


     Enterré las manos dentro de la capa de pieles que colgaba alrededor de mis hombros, manteniendo la calma de forma apacible y silenciosa. Cuando era necesario, ni una sola de las facciones de mi rostro adquiría sensibilidad. Ningún sentimiento impedía que perdiera el orgullo y la serenidad.
     Aquellos ojos del color del agua, fríos y duros como el hielo, me observaban con profunda tensión, esperando una señal que le permitiera fundirse contra mí y satisfacer sus deseos más íntimos, pero aceptar que deslizara los dedos a través de los numerosos cinturones que me unían a las oscuras telas invernales no constituía parte de la situación. Yo ansiaba tomar el control y manejar nuestros propios delirios, pagar con veneno la furia y la ira que ardían en el fondo de mi pecho incluso si para ello debía exponerme al dolor, al sufrimiento certero y a la rabia.
     Di unos pasos hacia el frente y procuré ser la sombra de la noche misma: ágil, rápida, bella, segura, veloz, firme, implacable. Grácil de manera semejante al aire, al reflejo de la luna sobre el mar, al movimiento de los lobos a la hora de cazar solos, y así fue. Dancé durante varios minutos hasta situarme cerca de él, luchando contra las mentiras que nos forzaban a mirarnos de un modo cínico y descarado.
     Compuse una sonrisa maliciosa y llena de placer tratando de ahuyentar el miedo y la tristeza, mas el impulso me obligó a defender mi posición de un modo demasiado violento, aunque jamás exento de elegancia, talento y astucia.
     Clavé la navaja bajo sus ropas y sentí que la sangre se congelaba al escapar de las entrañas repletas de calor.
     -El precio de la traición es muy alto, Bjorn. 
     Dejé que esas pupilas negras me acusaran irremediablemente. Nada podía hacer ya, solo esperar la muerte de la confianza y de la persona a la que pertenecían las ilusiones del pasado.
     No volvería a oír los latidos de su corazón junto al mío.

     

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