domingo, 8 de septiembre de 2013

En el más allá.



     Existían miles de kilómetros entre nosotros. Millones, quizá. Aun así, di un paso hacia ella. Solo nos separaban unos cuantos centímetros.
     Mis pulsaciones, que debían ser elevadas, se mostraban calmadas, prácticamente en reposo. Aquel detalle me obligó a tomar conciencia de la situación. Supongo que algunas cosas se enfrían, sin más. A veces el calor es lo primero que se desvanece dentro de la vida. Esa era la prueba.
     Posé los ojos sobre su figura ausente. Tras las oscuras pupilas que observaban el árido paisaje que se extendía a nuestro alrededor se ocultaba el miedo y el dolor. Un sufrimiento casi invisible, escondido bajo el fondo de su pecho, emanaba de su mirada imperturbable y distante como si fuera una llamarada de fuego ardiendo que no pudiera evitar del todo quemarle el alma y convertir en cenizas los recuerdos efímeros. Pero, a pesar del pánico que también veía a través de sus movimientos rígidos e imperfectos, impregnados de viejos sentimientos muertos que intentaban aflorar a la superficie, comprendí que no nos quedaba nada. Habíamos agotado el agua dentro de un desierto de ilusiones.
     Cuando hablé, mi voz sonó sólida y extraña. Un desconocido pronunciaba las palabras por mí.
     -Es demasiado tarde para volver a comenzar.
     Noté que sus pestañas se humedecían con suavidad, de forma poco apreciable. Ella siempre había poseído la habilidad de controlar el núcleo de sensaciones que le golpeaban la garganta.
     Una brisa de aire cálido, cargada de diminutos granos de arena, acarició nuestros cuerpos. Parecía que hasta el viento quería devolvernos la alegría del pasado. Sin embargo, eso no sucedería. Allí, de pie en mitad de las dunas, éramos dos personas diferentes. Cada una se desviaba hacia su propio destino.
     La joven se pasó una mano alrededor de las mejillas, melancólica. El aire azotaba los mechones negros de su cabello, tratando de serenar las emociones de aquel instante.
     -Algún día debíamos mirarnos a los ojos. La sinceridad, en ocasiones, asesina el amor.

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