domingo, 4 de agosto de 2013

     La oscuridad del cielo se aferraba a mis huesos como si tratara de enterrarlos bajo tierra, ahogándolos sin piedad entre la niebla del cementerio. Dejé caer la vista cerca del suelo que, putrefacto y húmedo, me acariciaba los zapatos con aire espectral, frío e indiferente, y permití que la niebla que se extendía a nuestro alrededor cobrara vida propia, envolviéndonos en sus invisibles brazos repletos de despecho e insatisfacción, tristeza y soledad. La luna llena nos observaba reflejando encima de su superficie brillante y blanquecina los temores que estaban ocultos tras los ojos de ambos, contemplando en silencio el vacío de los dos corazones que no se atrevían a abandonar el mundo irreal para comenzar a ser libres, víctimas de la sangre helada que corría a través de sus venas, enfermas de amor.
      El contacto de su piel contra la mía me hizo reaccionar. Miré al joven que estaba a mi lado con las pupilas dilatadas a causa del miedo. No importaba que ese inhóspito y tétrico lugar absorbiera nuestras fuerzas, porque toda la luz que el universo podía ofrecerme se encontraba dentro de él, del rey.
     Deslicé una mano sobre su rostro, disfrutando por última vez del suave tacto que lo caracterizaba. A pesar de que el intenso viento torturaba mis músculos y mi capacidad de percepción, logré atisbar una débil sonrisa debajo de sus labios violáceos y amoratados debido a las bajas temperaturas, y sentí que aquel era el momento que tanto tiempo habíamos estado esperando. 
     Los verdaderos sentimientos jamás podían evaporarse.
     -La eternidad nos unirá.
     Me acerqué hacia su posición y pegué la mejilla en su boca para notar la entrada y salida de los suspiros dentro de su cuerpo. Levanté el mentón y desvié la mirada hasta hallar la suya examinando mis movimientos de forma sólida y firme, elegante y fiera a la vez, y permití que mi aliento se fundiera con el que escapaba de su pecho.
     Entonces, al conseguir que mi pulso se elevara y que mis órganos vitales revivieran frente a aquella escena de gélida resignación, noté cómo una extraña fuerza tiraba de mí y me arrastraba lejos de las nubes grisáceas y de las prendas empapadas que habían cubierto mi cuerpo segundos antes de desaparecer bajo el poder de las tinieblas.
    Sus maravillosos ojos de color ámbar aún me contemplaban con dolor e impotencia desde el otro mundo cuando abandoné la ciudad fantasmal. Nuestros caminos estaban desligados, separados y seguían direcciones completamente opuestas, pero siempre estaríamos juntos aunque la distancia nos prohibiera reunirnos de nuevo.
     La muerte no era motivo suficiente para dejar de amarnos.

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