viernes, 16 de agosto de 2013

EL SUEÑO DE KENDAR.

     Toqué el suelo húmedo con los pequeños dedos de mis pies. Las ondulaciones provocaban que mi piel fuera sacudida levemente en distintas direcciones a causa del movimiento de las corrientes submarinas que se encontraban alrededor de nosotros, dejando al descubierto mi pecho blanquecino y el collar de metal plateado que descansaba sobre él y empujándome a adentrarme aun más bajo el agua, pero la presión que el líquido violáceo ejercía dentro de mí no constituía un motivo suficiente para mover mis extremidades y permitir que una nueva fila de huellas quedara marcada encima del fondo de aquel hermoso lago repleto de colores oscuros y tonalidades azulonas y verdosas.
     Me quedé quieto, inmóvil, vigilando el lugar y observando, maravillado, la belleza visual que regalaban sus tierras de hierba malva tintada por gotas turquesas. La atmósfera parecía estar cargada de vida. Los gigantescos árboles del centro del bosque silbaban melodías suaves y débiles que se podían oír sin necesidad de prestar atención entre la música del claro ambiente, atrayendo los pensamientos de cualquier ser hacia sus rutas imaginarias de notas y canciones tiernas y cálidas; el cielo nocturno rociado con diminutas estrellas de brillante luz rosada iluminaba la orilla de forma ardiente y cegadora; los interminables laberintos simulaban esperar cerca del camino inicial a que alguien se perdiera tras sus paredes invernales y sus tétricas sombras negras y tenebrosas, frías como el sudor de las pesadillas humanas... cada diminuto detalle escondía un sinónimo de la realidad que abría las puertas de la curiosidad, del deseo innato y de la atracción hacia lo desconocido. No obstante, a pesar de eso, yo sabía el riesgo que corríamos estando allí. No debíamos hundirnos sobre el placer y la tranquilidad de aquel sitio que era el hogar de las tinieblas y de sus demonios.
     Lancé una mirada desde mi posición hasta el sitio donde se hallaban mis compañeros, alegres y despreocupados, y tuve la sensación de que ya no habría nada que los forzara a huir de aquella morada mágica rodeada del poder de la noche. Un cuarto de la luna se reflejaba en las ondas del agua aunque no se percibía la silueta de esta arriba, lejos, a kilómetros del mundo, junto a la bóveda celeste.
     Suspiré de un modo cansado, pero no resignado y frágil. Me negaba a pertenecer a aquel universo infernal.
     Entonces, cuando estuve a punto de escapar hacia el borde de la ribera con el único propósito de sobrevivir, una mano agarró la mía empleando un gesto de cariño enfermizo. Las comisuras de sus labios estaban profundamente clavadas encima de las esquinas de su rostro, sumidas bajo una intensa apariencia maliciosa que se asemejaba a un rayo recién caído de las nubes en una madrugada sin luz, y me instaban a atender a sus palabras y al significado que encerraban.
     -Sígueme, Kendar. No tengas miedo.
     Susurró aquellas sílabas cerca de mi oído, tratando de manipularme pese a lo inútil que resultaba teniendo en cuenta la fuerza de voluntad que yo poseía. Aun así, una extraña energía se adueñó de mis extremidades y una brisa dulce me envolvió completamente, ahogando mis intenciones tras un delicioso olor a naturaleza y a fantasía. La joven se sumergió en el lago y algo me instó a perseguir su figura delgada y esbelta.
     Lo último que conseguí ver fueron los ojos entusiasmados e ignorantes de mis hombres al otro lado de la orilla, divertidos y felices; y la sonrisa maléfica, mordaz e irónica del ser femenino que me había impulsado a descender con ella hacia el paraíso de su raza y el abismo de los mortales.
     Apreté lo dientes e intenté confiar en mí, pero era improbable que terminara esquivando las fuerzas diabólicas de aquel lugar. A veces ser valiente se reducía a enfrentarte solo al peligro.

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