jueves, 22 de agosto de 2013

El destino se acerca.



     Siento su energía sobre mí. Corre entre las venas que me componen mientras el viento sopla desde las copas de los frondosos árboles que nos vigilan cubriendo el crepúsculo de unos sonidos vibrantes y sólidos y de silbidos que comienzan a despertar tras las sombras que se aproximan al bosque, engullendo los huecos de luz que el sol empieza a abandonar por los diminutos agujeros de las ramas.
     Levanto el rostro. Sé que unos enormes ojos dorados me observan con infinita profundidad, contemplando la verdad a través de todos mis huesos, como si los secretos ocultos bajo la piel fueran un simple acertijo que solo él pudiera ver de manera automática, instantánea y totalmente voluntaria, y eso me fuerza a temblar.
     Trato de dar un paso hacia atrás, intento alejarme del poder de atracción que llena el vacío y la distancia que hay entre nosotros, pero los músculos no responden a las órdenes que ejerce mi mente. El anochecer nos envuelve y cada vez sus pupilas se agrandan más para adaptarse a la leve oscuridad de la naturaleza, haciendo que la capacidad de razonar que poseo pierda fuerza. No dispongo de ningún modo de ignorar los sentimientos que tienden a aflorar de mi pecho, así que, de alguna forma, sigo obligada a que los gestos instintivos revelen aquello que aprisiona la voz dormida que anida en el interior de mis entrañas. Soy transparente.
     Es inútil huir de aquello a lo que estás unida de forma innata.
     Extiendo una mano al frente hasta tocarle, y noto que su aura me inunda de un modo sutil, delicado y grácil. Me resulta delicioso el olor que desprenden las raíces de los abetos y el aroma a frutos rojos que flota junto la capa dulce que se desplaza sobre el ambiente, libre y bello. Adoro la vitalidad de los pequeños rincones del universo que aún no han muerto contaminados o asesinados por un par de manos humanas. Ese detalle me reconforta. El presente late con una increíble intensidad dentro de las arterias que contienen mi sangre. El significado de semejante ilusión, es que no me encuentro atrapada en un sueño.
     Al permitir que mis pies se deslicen sobre el suelo verde y mullido, aún húmedo, percibo su aliento a escasos centímetros de mí, y mi pulso asciende hacia el cielo cuando presiento que el espacio entre sus labios y los míos es nulo.
     La realidad se basa en los impulsos del corazón y, aunque el peligro está hundiendo sus dedos dentro del aire que fluye alrededor mío, yo estoy muy cerca de acariciar un alma que, a pesar de poder matarme, me devolverá a la vida. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario