domingo, 21 de abril de 2013

   Respiro profundamente. Aún siento cómo la presión continúa desgarrándome los huesos. Pero no importa. En realidad, nada importa. ¿Acaso hay forma alguna de escapar de ti mismo?
Me dejo caer en la noche. Con los años he aprendido que la oscuridad siempre encuentra una manera de sujetar el cuerpo de los hombres, como una trampa que impide a los humanos una muerte trágica para evitar el dolor, por lo que no me preocupa hundirme en las sombras de mi conciencia.
   Sin embargo, ya no me conmueven los milagros. Solo creo en la realidad. Y lo único real es que el miedo permanece dentro de mí. Mis sentidos ya no responden. Mis pensamientos no son claros. Todo cuanto me rodea da vueltas, y yo giro con el mundo. Mis músculos se aferran al hilo de fuerza que fluye por mis venas, pero sé que no me quedan más de unos minutos para salvarme. Sí, porque tener los ojos abiertos no significa estar vivo, y algo dentro de mí quiere deshacerse de mi propia ansiedad, del motivo principal por el que estoy muriendo sobre unas sábanas impregnadas de culpabilidad con la juventud tallada en la piel y la cobardía en las pupilas.
   Antes de cerrar los ojos para el resto de la eternidad, me miro por última vez en los cristales rotos que componen el espejo que hay en frente de mí, y comprendo por qué nunca fui libre. Incluso ahora soy incapaz de distinguir el presente del pasado, la imaginación de la verdad.
   Grito hasta envenenar mi voz. ¿Dónde está mi mente?




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