miércoles, 24 de abril de 2013

La noche del cazador.


Todo aquello era producto del miedo. Esas manos invisibles que apretaban mi garganta tenían fuerza suficiente como para acabar con mi vida allí mismo, y me transmitían su furia con una intensidad que me helaba las venas, deteniendo el flujo de sangre que corría por mi corazón. Si el dueño de aquellos dedos no hubiera dudado, si su mirada se hubiera mantenido firme hasta impedir que mis pulmones aspiraran oxígeno y su conciencia hubiera elegido el camino del odio, el final habría sido completamente distinto. Sin embargo, en el último segundo vi cómo sus mentiras comenzaban a asfixiarle, y se mantuvo en el aire como una víctima de sí mismo, tratando de sobrevivir a su propia trampa.
El sabor a venganza no defraudó mi sentido de la justicia cuando la sombra de aquel hombre se desvaneció, tomando por tumba el negro cielo que se levantaba en la noche. 
La condena desgarraría su alma hasta que su voz se disipara bajo tierra, y solo eso le devolvería la tranquilidad de haber intentado cambiar el destino de un inocente.



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