miércoles, 24 de abril de 2013

La noche del cazador.


Todo aquello era producto del miedo. Esas manos invisibles que apretaban mi garganta tenían fuerza suficiente como para acabar con mi vida allí mismo, y me transmitían su furia con una intensidad que me helaba las venas, deteniendo el flujo de sangre que corría por mi corazón. Si el dueño de aquellos dedos no hubiera dudado, si su mirada se hubiera mantenido firme hasta impedir que mis pulmones aspiraran oxígeno y su conciencia hubiera elegido el camino del odio, el final habría sido completamente distinto. Sin embargo, en el último segundo vi cómo sus mentiras comenzaban a asfixiarle, y se mantuvo en el aire como una víctima de sí mismo, tratando de sobrevivir a su propia trampa.
El sabor a venganza no defraudó mi sentido de la justicia cuando la sombra de aquel hombre se desvaneció, tomando por tumba el negro cielo que se levantaba en la noche. 
La condena desgarraría su alma hasta que su voz se disipara bajo tierra, y solo eso le devolvería la tranquilidad de haber intentado cambiar el destino de un inocente.



domingo, 21 de abril de 2013

   Respiro profundamente. Aún siento cómo la presión continúa desgarrándome los huesos. Pero no importa. En realidad, nada importa. ¿Acaso hay forma alguna de escapar de ti mismo?
Me dejo caer en la noche. Con los años he aprendido que la oscuridad siempre encuentra una manera de sujetar el cuerpo de los hombres, como una trampa que impide a los humanos una muerte trágica para evitar el dolor, por lo que no me preocupa hundirme en las sombras de mi conciencia.
   Sin embargo, ya no me conmueven los milagros. Solo creo en la realidad. Y lo único real es que el miedo permanece dentro de mí. Mis sentidos ya no responden. Mis pensamientos no son claros. Todo cuanto me rodea da vueltas, y yo giro con el mundo. Mis músculos se aferran al hilo de fuerza que fluye por mis venas, pero sé que no me quedan más de unos minutos para salvarme. Sí, porque tener los ojos abiertos no significa estar vivo, y algo dentro de mí quiere deshacerse de mi propia ansiedad, del motivo principal por el que estoy muriendo sobre unas sábanas impregnadas de culpabilidad con la juventud tallada en la piel y la cobardía en las pupilas.
   Antes de cerrar los ojos para el resto de la eternidad, me miro por última vez en los cristales rotos que componen el espejo que hay en frente de mí, y comprendo por qué nunca fui libre. Incluso ahora soy incapaz de distinguir el presente del pasado, la imaginación de la verdad.
   Grito hasta envenenar mi voz. ¿Dónde está mi mente?