viernes, 28 de diciembre de 2012


Nadie se para a pensar que los humanos somos productos de nuestra propia naturaleza. Somos el resultado de nuestros instintos y de nuestros miedos. Debemos nuestra existencia a nuestra misma muerte. ¿Y por qué? Nuestro mundo gira en torno a una única razón: el poder. La avaricia del inconsciente es el panel de control de cada individuo. 
El hombre por definición ha sido diseñado para ser autosuficiente. La especie nunca ha revelado mantener un fin común; mas si al principio de los tiempos el ser humano demostró poseer algún rastro de verdadera humildad o generosidad, con el paso de los siglos ha demostrado que su máximo objetivo es prevalecer por encima de lo todo lo posible. Así, atribuyendo cada acción a esta necesidad innata de dominar su entorno, se ha obtenido una maquinaria inteligente, dotada de sentimientos y de una conciencia exclusivas, que están bajo las órdenes de un interior subconsciente repleto de deseos irrevocables e inexorables, tales como el deseo de la supremacía, la ambición, el odio o la codicia.
Por estas y muchas razones más, desde que el hombre supo todo lo que podía conseguir a través de sus propias habilidades y de sus conocimientos, optó por convertir su organismo y su mente en las armas más potentes del universo : la unión de ambas cosas supondría la autoridad máxima en un planeta gobernado por la inhibición de la sensibilidad y del raciocinio, acompañadas de las peores torturas viables para aquellos de su misma raza.
Uno de los problemas que ha supuesto en la sociedad esta "humanidad colectiva" es el hecho de encontrar un modo de vivir por encima de las posibilidades que nos mantenían anclados en un límite, lo que nos ha llevado a amenazar nuestra propia forma de vida siendo el afán de poder el problema inicial. Sin embargo, el mayor dilema del ser humano se centra en que él mismo construye la  puerta hacia el infinito abismo de su muerte. ¿Acaso la sutileza que en un origen mantuvo al hombre preso de sus buenas obras podrá acabar en una lucha contra su propia esencia posterior?

Todos queremos vivir, pero nadie quiere morir. Estamos programados para destruirnos, y por lo tanto para sobrevivir; para ser inmunes al dolor externo y para sentir hasta en el más profundo rincón de nuestra mente nuestra impotencia. 
Lo que ocurre, y siempre sucederá, es que jamás dejaremos de ser víctimas de nosotros mismos.