martes, 17 de julio de 2012

Desiderata.

   Y tras quince años de duro trabajo, de mañanas y noches que habían llegado a formar parte del mismo día, de tanto esfuerzo derrochado en los demás... Allí se encontraba, con los codos apoyados en el escritorio y los ojos perdidos en el montón de papeles que impedían ver la mesa que había debajo de ellos. 
   El hombre mantenía el mentón alzado, casi en una mueca, con los labios sellados por el silencio que ocupaba su consulta. La ventana de enfrente dejaba pasar con regularidad las ráfagas de aire que soplaban fuera, en la naturaleza, haciendo ondear los mechones negros que caían sobre la frente del doctor, moviendo su bata levemente hacia los lados permitiendo que el nombre de Mr. Smith apareciera grabado en la tela. Conservaba unas facciones suaves que hacían resaltar aún más su belleza, que comenzaba en unos labios finos y hermosos, seguidos de la profundidad de unos ojos claros que se debatían entre el cielo y el infierno. No obstante, el joven no sonreía. Solo era capaz de observar la silla que tenía delante, ésa en la que tantos pacientes habían resuelto su vida gracias a él. 
   Qué curioso que se hubiera propuesto acabar con los problemas de todo el mundo, pero que nadie hubiera solucionado los suyos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario