lunes, 2 de julio de 2012

Qué corta es la vida, y qué largo es el tiempo.

Sentado a las puertas de lo que algunos llamaban su hogar, sus manos descansaban alrededor de un pequeño reloj de cuerda cubierto de polvo, en el que las manecillas de metal seguían marcando un momento en concreto, un segundo que ahora no sería más que un instante entre miles, pero que en el día en que decidió pararse en el tiempo, había significado un antes y un después para su dueño. A la memoria venían a buscarle recuerdos borrosos, repletos de una intensa niebla grisácea. Momentos del pasado que sin pertenecerle eran suyos, igual que de toda la humanidad, solo que pocos se daban cuenta de aquello. 
La suciedad que cubría la pequeña cadena, de la que colgaba la esfera de números grabados en plata vieja y oxidada, le hablaba. Le contaba historias que nadie más sabía, ancladas en el olvido pero presentes en el alma de personas de años atrás, de esas que sí hacían honor a la palabra "ser humano" y que luchaban por una libertad que no existía. Había batallas en las casas, en las afueras de las ciudades, dentro de los ayuntamientos, esquina tras esquina niños con pistolas a la espera de poder sobrevivir. En todos los lugares vivía el dolor. Pasear por la calle con una mirada fría, en desacuerdo con los ideales que defendían las millones de voces que hacían temblar el país, suponía un balazo entre ceja y ceja. Solo como acción. Sin remordimiento, dolor o pena. Hombres inocentes, niños enfermos con las manos manchadas de sangre, asesinatos entre la muchedumbre que intentaba escapar, y otros cuentos que parecían sacados de una obra de terror llegaban a sus oídos con solo observar aquel objeto histórico, aquella reliquia mugrienta a la que ya no le quedaba tiempo, porque lo había gastado todo en un intento de salvar las únicas vidas que podían ayudarle a no morir fusilado. Aquel amuleto siempre tendría un minuto para contarle al mundo las injusticias que los humanos nunca han tenido reparo de cometer, con tal de alzar la bandera de la victoria encima de una torre de cadáveres del país vecino.
Sin embargo, pocos serían los que se detuvieran a mirar el reloj, y muchos menos los que vieran en él la historia de los que murieron sin nombre por culpa del egoísmo que asol(aba) el mundo. Aun así, después de cien años de guerras y torturas sin razón alguna más que la superación de la avaricia y la gilipollez del estado, la gente no tenía un segundo para entretenerse a mirar la vida y a sus asesinos. O quién sabe, quizá nunca lo hayan tenido, ni para mirarse a sí mismos.
Algo que a diferencia del siglo veintiuno, antes sí se valoraba: la diferencia entre tener tiempo para vivir, y vivir sin mirar el reloj.


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