domingo, 22 de julio de 2012


Enjuagué el último vaso bajo el agua tibia del grifo. Mis manos se deshicieron del jabón mientras el líquido helaba mi sangre aún más. Ella estaba callada. Reinaba el silencio, pero intenté que mis oídos no percibieran su voz dentro de mi cabeza. Me temblaba el alma. Sabía que seguía tumbada en el sofá, con los ojos perdidos en su futuro, en esa vida llena de satisfacciones que tenía. Podía oírla respirar suavemente desde el salón. El pulsó se me aceleró. Puse los puños en cada esquina de la pared. Desgraciadamente la seguía sintiendo en mi corazón aunque no quisiera. Todos mis intentos de olvidarla y de ignorar el deseo que ardía en mi pecho, eran una mentira. Sabía de sobra que no servían de nada. Me había propuesto empezar de nuevo y limpiar mi sufrimiento, pero no podía. Acabar con todos los recuerdos que habíamos vivido era como proclamar mi propia muerte. Y poco a poco me iba debilitando. Así que allí estaba de nuevo aquel miedo claro como la luna, dispuesto a acabar conmigo y con mi odio, que era lo único que habitaba en mí. Mi mayor pesadilla hecha realidad. Yo sólo temía a ese amor que me venía grande. Pero supongo que el dolor estaba hecho a mi medida, una vez más. 


Sigilosamente me dirigí hacia mi habitación con el valor pendiendo de un hilo. Coloqué el leve desorden que había por el suelo y posé los ojos sobre el cristal que tenía en frente de mí. Observé cómo el espejo reflejaba la imagen de un extraño. Un joven de ojos desconocidos, frágil, de rostro cansado. Alguien que antes solía conocer, y que ahora no sabía de quién se trataba. Un pobre desgraciado sin voz. 
De repente, una mano apareció alrededor del cuello de aquel desconocido. Era ella. Sus ojos centelleaban en la leve oscuridad que me permitía ver nuestro reflejo. Pude percibir su tranquilidad descendiendo por mi pecho. Ellen sonreía, y yo hice lo mismo, solo que con una rara presión entre las costillas. Sus delicados piececitos se balanceaban descalzos con una gracia hermosa, infantil. Ojalá todo fuera de otra manera. Pero las cosas eran así. No estábamos destinados a estar juntos. ¿Tan difícil era de entender? Seguí con la mirada su cabello azabache, que caía por sus hombros desnudos, tal y como lo estaba su cuerpo bajo aquella fina camisa de seda negra que hacía que mi imaginación jugara a ser mi peor enemigo. Qué belleza la suya. Nunca lo podría haber dicho mejor. Suya, porque ella no era de nadie, y ése era el puñal que se clavaba en mi alma cada noche. 
Dejé caer los brazos sobre su vientre y rodeé su cintura. Era tan doloroso estar tan cerca y tan lejos de ella a la vez que por un momento creí que mi cuerpo iba a estallar. Perdí la mirada en las oscuras esquinas de la habitación y olvidé todo… menos su nombre.

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