jueves, 26 de julio de 2012

Burn, burn, burn.

"Lo supe, y lo sabré toda mi vida. Al igual que tú. No debí mirarte nunca a los ojos. Todos aquellos días fueron un maldito desperdicio, una basura que me encerraba en ti, una droga que mi cuerpo hambriento necesitaba sentir corriendo bajo el reflejo azulado de las venas de mi brazo, tocando la inconsciencia, mientras la muerte lenta llegaba después a mí. 
Eso era todo lo que podía conseguir de ti. Un poco de dolor emanando de mis entrañas. Y pensándolo bien, no era un premio que tuviera que considerar más de una vez. No me tenía ganado el cielo, y sin embargo no me preocupaba. Ya había tocado las tinieblas solo con rozar tu aura fría, dura. Tu coraza de cobardía era tan hermosa que tapaba todos tus defectos, pero no ocultaba tus miedos. El temor a la soledad, a que dejaran de quererte de un momento a otro, a perder lo poco que tenías, a arrepentirte para siempre. El terror al fracaso.
Por eso prefiero no conocer a las personas. Las decepciones siempre duelen más cuando provienen de alguien que no es un extraño. Contigo hice una excepción, porque me gustaba creer que no eras tú. Será eso de que el amor es ciego, el culpable. Pero a día de hoy, aunque reconozco que te hubiera entregado hasta el último pedazo de mí, sé que no habrías merecido nada. Y mantengo mi palabra."




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