jueves, 19 de julio de 2012


Abrí los ojos con cautela. Más que miedo, era dolor, pero demasiado frágil como para vencer mi estabilidad… corría por mis venas impulsándose poco a poco con el bombeo de mi corazón, llegando hasta mi cabeza, lavándome el cerebro, destrozando cualquier sinónimo de paz que quedaba en mí, para hacerme ver que mi cuerpo tenía debilidades mayores que mi mente. Y no había más verdad que esa. Mi espíritu se mantenía firme, pero cada una de mis fibras musculares se rendía ante las consecuencias físicas de estar bajo tortura. No sentía presión alguna en mi alma. Y en cambio, mis pulmones se estaban asfixiando dentro de mi pecho como una suave pesadilla. 


Sabía que todo iba a ir bien. No existía peligro alguno. Sólo el pequeño detalle de que podía morir en cuanto el dolor ascendiera a mi mente me hacía revolverme en aquel maldito hoyo. Mi peor acompañante era el olor a cadáver que resurgía de las profundidades de la tierra. Pero quizá toda mi suerte se concentraba en no ser el alimento de los gusanos de aquel maldito nicho.

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