lunes, 30 de julio de 2012

And I'm gonna make your head burn.

Dicen que todo es devuelto, que las heridas sanan, que las cicatrices se borran. En cambio, hay otros que piensan que la venganza se crea, como instinto de supervivencia, como justicia eterna, y que el dolor puede perdurar, pero solo si uno quiere, tal y como las marcas de guerra acompañan el alma y la piel, pero como pacto de valor. Yo, por lealtad al orgullo, por inconsciencia, o quizás por casualidad, pertenezco al segundo grupo, por eso que dicen de que para ganar, primero hay que perder... Y no precisamente la cabeza.



jueves, 26 de julio de 2012

Burn, burn, burn.

"Lo supe, y lo sabré toda mi vida. Al igual que tú. No debí mirarte nunca a los ojos. Todos aquellos días fueron un maldito desperdicio, una basura que me encerraba en ti, una droga que mi cuerpo hambriento necesitaba sentir corriendo bajo el reflejo azulado de las venas de mi brazo, tocando la inconsciencia, mientras la muerte lenta llegaba después a mí. 
Eso era todo lo que podía conseguir de ti. Un poco de dolor emanando de mis entrañas. Y pensándolo bien, no era un premio que tuviera que considerar más de una vez. No me tenía ganado el cielo, y sin embargo no me preocupaba. Ya había tocado las tinieblas solo con rozar tu aura fría, dura. Tu coraza de cobardía era tan hermosa que tapaba todos tus defectos, pero no ocultaba tus miedos. El temor a la soledad, a que dejaran de quererte de un momento a otro, a perder lo poco que tenías, a arrepentirte para siempre. El terror al fracaso.
Por eso prefiero no conocer a las personas. Las decepciones siempre duelen más cuando provienen de alguien que no es un extraño. Contigo hice una excepción, porque me gustaba creer que no eras tú. Será eso de que el amor es ciego, el culpable. Pero a día de hoy, aunque reconozco que te hubiera entregado hasta el último pedazo de mí, sé que no habrías merecido nada. Y mantengo mi palabra."




domingo, 22 de julio de 2012

Una elección. Sobrevivir, o caer.

Seguía caminando con el dolor apretándole el pecho. Iba a morir, pero sabía que no lo haría con miedo. No entraba en sus planes la idea de retirarse antes de pisar tierra. Le enseñaron a apuntar y a disparar sin reparar en quién había al otro lado del rifle, y ahora era el momento de demostrar que no temía a estar solo. Su única compañía era su valor. Sólo tenía que recordar que fuera a donde fuera siempre se tendría a él mismo. Pero no era más que eso, un héroe. 


Enjuagué el último vaso bajo el agua tibia del grifo. Mis manos se deshicieron del jabón mientras el líquido helaba mi sangre aún más. Ella estaba callada. Reinaba el silencio, pero intenté que mis oídos no percibieran su voz dentro de mi cabeza. Me temblaba el alma. Sabía que seguía tumbada en el sofá, con los ojos perdidos en su futuro, en esa vida llena de satisfacciones que tenía. Podía oírla respirar suavemente desde el salón. El pulsó se me aceleró. Puse los puños en cada esquina de la pared. Desgraciadamente la seguía sintiendo en mi corazón aunque no quisiera. Todos mis intentos de olvidarla y de ignorar el deseo que ardía en mi pecho, eran una mentira. Sabía de sobra que no servían de nada. Me había propuesto empezar de nuevo y limpiar mi sufrimiento, pero no podía. Acabar con todos los recuerdos que habíamos vivido era como proclamar mi propia muerte. Y poco a poco me iba debilitando. Así que allí estaba de nuevo aquel miedo claro como la luna, dispuesto a acabar conmigo y con mi odio, que era lo único que habitaba en mí. Mi mayor pesadilla hecha realidad. Yo sólo temía a ese amor que me venía grande. Pero supongo que el dolor estaba hecho a mi medida, una vez más. 


Sigilosamente me dirigí hacia mi habitación con el valor pendiendo de un hilo. Coloqué el leve desorden que había por el suelo y posé los ojos sobre el cristal que tenía en frente de mí. Observé cómo el espejo reflejaba la imagen de un extraño. Un joven de ojos desconocidos, frágil, de rostro cansado. Alguien que antes solía conocer, y que ahora no sabía de quién se trataba. Un pobre desgraciado sin voz. 
De repente, una mano apareció alrededor del cuello de aquel desconocido. Era ella. Sus ojos centelleaban en la leve oscuridad que me permitía ver nuestro reflejo. Pude percibir su tranquilidad descendiendo por mi pecho. Ellen sonreía, y yo hice lo mismo, solo que con una rara presión entre las costillas. Sus delicados piececitos se balanceaban descalzos con una gracia hermosa, infantil. Ojalá todo fuera de otra manera. Pero las cosas eran así. No estábamos destinados a estar juntos. ¿Tan difícil era de entender? Seguí con la mirada su cabello azabache, que caía por sus hombros desnudos, tal y como lo estaba su cuerpo bajo aquella fina camisa de seda negra que hacía que mi imaginación jugara a ser mi peor enemigo. Qué belleza la suya. Nunca lo podría haber dicho mejor. Suya, porque ella no era de nadie, y ése era el puñal que se clavaba en mi alma cada noche. 
Dejé caer los brazos sobre su vientre y rodeé su cintura. Era tan doloroso estar tan cerca y tan lejos de ella a la vez que por un momento creí que mi cuerpo iba a estallar. Perdí la mirada en las oscuras esquinas de la habitación y olvidé todo… menos su nombre.

jueves, 19 de julio de 2012


Abrí los ojos con cautela. Más que miedo, era dolor, pero demasiado frágil como para vencer mi estabilidad… corría por mis venas impulsándose poco a poco con el bombeo de mi corazón, llegando hasta mi cabeza, lavándome el cerebro, destrozando cualquier sinónimo de paz que quedaba en mí, para hacerme ver que mi cuerpo tenía debilidades mayores que mi mente. Y no había más verdad que esa. Mi espíritu se mantenía firme, pero cada una de mis fibras musculares se rendía ante las consecuencias físicas de estar bajo tortura. No sentía presión alguna en mi alma. Y en cambio, mis pulmones se estaban asfixiando dentro de mi pecho como una suave pesadilla. 


Sabía que todo iba a ir bien. No existía peligro alguno. Sólo el pequeño detalle de que podía morir en cuanto el dolor ascendiera a mi mente me hacía revolverme en aquel maldito hoyo. Mi peor acompañante era el olor a cadáver que resurgía de las profundidades de la tierra. Pero quizá toda mi suerte se concentraba en no ser el alimento de los gusanos de aquel maldito nicho.

martes, 17 de julio de 2012

Desiderata.

   Y tras quince años de duro trabajo, de mañanas y noches que habían llegado a formar parte del mismo día, de tanto esfuerzo derrochado en los demás... Allí se encontraba, con los codos apoyados en el escritorio y los ojos perdidos en el montón de papeles que impedían ver la mesa que había debajo de ellos. 
   El hombre mantenía el mentón alzado, casi en una mueca, con los labios sellados por el silencio que ocupaba su consulta. La ventana de enfrente dejaba pasar con regularidad las ráfagas de aire que soplaban fuera, en la naturaleza, haciendo ondear los mechones negros que caían sobre la frente del doctor, moviendo su bata levemente hacia los lados permitiendo que el nombre de Mr. Smith apareciera grabado en la tela. Conservaba unas facciones suaves que hacían resaltar aún más su belleza, que comenzaba en unos labios finos y hermosos, seguidos de la profundidad de unos ojos claros que se debatían entre el cielo y el infierno. No obstante, el joven no sonreía. Solo era capaz de observar la silla que tenía delante, ésa en la que tantos pacientes habían resuelto su vida gracias a él. 
   Qué curioso que se hubiera propuesto acabar con los problemas de todo el mundo, pero que nadie hubiera solucionado los suyos.


viernes, 13 de julio de 2012

¿Quién dijo que morir es ser derrotado?

Mi mayor preocupación no es pudrirme en una cárcel. Probablemente ése sea mi único destino y mi único fin desde que vine al mundo. Mi sombra solo teme a la verdad, que es la que tiene el poder de aniquilar cada cuerpo y mente. O quizás debería decir a la mentira, que viene a ser lo mismo. Y no solo por los tiempos de hoy. De cualquier forma, sé que en el preciso segundo en que vayan a fusilarme, no tendré miedo de gritar 'libertad' antes de convertirme en polvo. No lo tendré, porque solo soy uno más entre los arrestados, en medio del terror urbano. Uno de esos que saben que van a ver a la muerte antes de irse a dormir por haber luchado por lo que les pertenece.

domingo, 8 de julio de 2012

Cigarro en mano, inyección en vena.

Todos quieren probar 
Eso que llaman amor
Y en las calles solo quedan
Botellas llenas de alcohol.
La gente esta muy puesta
Y to' esto es un descontrol.


Under a sky of dust.

"-Yo no le debo nada a nadie. Aquí cada uno se cuida a sí mismo. Pero es esa maldita avaricia la que siempre está en medio de todo. La estúpida codicia es la que decide qué hacer con el personal de las oficinas cuando los jefes de planta se quejan del salario mensual mientras los obreros de enfrente se juegan su vida subidos en la decimotercera planta de un edificio a medio construir. Es la frialdad del ser humano la que guarda sus límites en las grandes sociedades, en las inmensas urbes plagadas de odio y orgullo, allí donde las grandes masas de gente se mueven por ideas comunes y fáciles, que tienen el mismo fin caótico y destructivo, proveniente de la ignorancia (tanto consciente como inconsciente) del hecho de manejar y eliminar los derechos de los que son como ellos, tan solo por la satisfacción que le produce al monstruo humano tener el poder de todo lo posible. El control, subiendo a través de gritos y súplicas del pueblo por su garganta, mezclándose con la histeria de los demás países, y la desesperación de todo el que vive bajo las órdenes de la injusticia, son el alimento de su egoísmo. Y la tapadera perfecta de su cobardía. Y claro, entre los que hacen la vista gorda, y los que viven para acatar las leyes, esto es un cachondeo. Y yo solo vengo a decir que ellos sabrán lo que hacen. "

lunes, 2 de julio de 2012

Qué corta es la vida, y qué largo es el tiempo.

Sentado a las puertas de lo que algunos llamaban su hogar, sus manos descansaban alrededor de un pequeño reloj de cuerda cubierto de polvo, en el que las manecillas de metal seguían marcando un momento en concreto, un segundo que ahora no sería más que un instante entre miles, pero que en el día en que decidió pararse en el tiempo, había significado un antes y un después para su dueño. A la memoria venían a buscarle recuerdos borrosos, repletos de una intensa niebla grisácea. Momentos del pasado que sin pertenecerle eran suyos, igual que de toda la humanidad, solo que pocos se daban cuenta de aquello. 
La suciedad que cubría la pequeña cadena, de la que colgaba la esfera de números grabados en plata vieja y oxidada, le hablaba. Le contaba historias que nadie más sabía, ancladas en el olvido pero presentes en el alma de personas de años atrás, de esas que sí hacían honor a la palabra "ser humano" y que luchaban por una libertad que no existía. Había batallas en las casas, en las afueras de las ciudades, dentro de los ayuntamientos, esquina tras esquina niños con pistolas a la espera de poder sobrevivir. En todos los lugares vivía el dolor. Pasear por la calle con una mirada fría, en desacuerdo con los ideales que defendían las millones de voces que hacían temblar el país, suponía un balazo entre ceja y ceja. Solo como acción. Sin remordimiento, dolor o pena. Hombres inocentes, niños enfermos con las manos manchadas de sangre, asesinatos entre la muchedumbre que intentaba escapar, y otros cuentos que parecían sacados de una obra de terror llegaban a sus oídos con solo observar aquel objeto histórico, aquella reliquia mugrienta a la que ya no le quedaba tiempo, porque lo había gastado todo en un intento de salvar las únicas vidas que podían ayudarle a no morir fusilado. Aquel amuleto siempre tendría un minuto para contarle al mundo las injusticias que los humanos nunca han tenido reparo de cometer, con tal de alzar la bandera de la victoria encima de una torre de cadáveres del país vecino.
Sin embargo, pocos serían los que se detuvieran a mirar el reloj, y muchos menos los que vieran en él la historia de los que murieron sin nombre por culpa del egoísmo que asol(aba) el mundo. Aun así, después de cien años de guerras y torturas sin razón alguna más que la superación de la avaricia y la gilipollez del estado, la gente no tenía un segundo para entretenerse a mirar la vida y a sus asesinos. O quién sabe, quizá nunca lo hayan tenido, ni para mirarse a sí mismos.
Algo que a diferencia del siglo veintiuno, antes sí se valoraba: la diferencia entre tener tiempo para vivir, y vivir sin mirar el reloj.