domingo, 24 de junio de 2012


Los fuegos artificiales iluminaban todo el campo de fútbol desde lo alto del cielo. Miles de colores explotaban y venían a caer invisibles a nuestros pies. Era realmente hermoso observar el espectáculo. El murmullo de las copas de los árboles, que se mecían con delicadeza a pocos metros del cielo, parecía fundirse con los ruidos que violaban las calles de silencio, de voces calladas por la expectación. Pero yo no podía oír absolutamente nada. Yo no escuchaba. Yo solo quería desaparecer.
El viento me golpeaba con fuerza. Me dolían las manos, la cara, el cuerpo... pero nada comparado con el dolor que tiraba de mí desde mi interior. Por un momento perdí la noción del tiempo. ¿Acababa de oír que tenía la posibilidad de verle? Así era. Percibí como el nudo comenzaba a formarse de nuevo en mi garganta. Todos mis planes se esfumaron ante su nombre. No había nada que quisiera hacer que no fuera contemplarle un segundo, aunque no sirviera. Y eso me mataba. Ser yo quien decidía morirme. ¿De que me servía? Si nadie sabia mejor que yo que esto no me llevaba a ninguna parte. De nuevo mis ganas de él, mi ansiedad traumática y enferma y mi debilidad emocional. Me derrumbé. Era siempre la misma historia. La misma vieja sensación de dolor vagando por mis entrañas. Y no podía remediarlo.
Salí del campo de fútbol mientras divisaba a lo lejos una cara conocida. Un rostro demasiado familiar como para pasar inadvertido a mi estúpido radar de sentimientos. Permití que mi cuerpo temblara bajo la tenue luz de los fuegos. Ya no era cuestión de control, tan solo dolor, vacío. Le dediqué unas cuantas eternidades recogidas en segundos de atención y desaparecí.
Le quería. 

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