domingo, 17 de junio de 2012


La brisa fresca del mar envolvía mis lágrimas al pie del inmenso océano. Olas gigantes venían a romper en las enormes rocas camufladas por el crepúsculo, situadas debajo del acantilado, a varios kilómetros de las débiles luces de la ciudad que se reflejaban en la aún cálida superficie del agua. 
Mis ojos cansados de llorar observaban cómo el sol se retiraba en lo alto del cielo para ceder su lugar a la oscuridad de la noche, que pronto reinaría sobre las profundidades del mar.


No hay comentarios:

Publicar un comentario