lunes, 21 de mayo de 2012


Me apoyé con el pecho encima del gigante altavoz. El ritmo de los sonidos me tranquilizaba. Había una fuerza invisible que los mantenía unidos, de forma que sonaran a la vez, completamente al unísono y sin una sola equivocación. Escucharlos me hacía sentir viva. Me dejé llevar por los latidos que salían del aparato. Los golpes suaves y precisos estaban perfectamente coordinados. Era maravilloso oírlos. La idea de que un simple sonido como aquel pudiera transmitir tantas cosas en unos pocos segundos se comenzó a adentrar en mi mente con sumo interés. Cerré los ojos y dejé que mis sentidos se fugaran a donde quisiera que fueran las notas que el cacharro de color gris metálico emitía. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario