viernes, 25 de mayo de 2012

El viento hablaba, y sus ojos le contaban la historia al eco del silencio, al compañero que siempre estaba dispuesto a escuchar. No hacían falta palabras que rompieran la calma. Bastaba con observar la belleza que llevaba tatuada en la piel, la de la verdad.
Su mirada era limpia, clara, casi transparente, incomparable a cualquier sensación de paz que alguna vez hubiera visto. Dentro de ella habitaba una tranquilidad inmune, incapaz de temer a nada. Un halo de serenidad se abría paso en sus labios y terminaba en sus pupilas, hundidas en la confianza de su persona. En sus ojos se reflejaba la noche, tan negros como la oscuridad que acunaba su casa. No tenía miedo. No estaba huyendo. El murmullo del exterior dejaba espacio para los latidos lentos y tardíos que emitía su corazón. 
Sobrevivir. Ése era su propósito.


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