domingo, 6 de mayo de 2012

ASESINOS.

La pistola temblaba en sus manos. La incredulidad era lo único que vagaba en el aire, el frío del río tintado de negro. El cadáver ensangrentado aún mantenía la mirada firme en la dirección que la bala le había alcanzado el pecho. Escapar era imposible. Su cuerpo estaba intentando huir y su mente no se podía liberar del miedo. El viento helado le arrancaba de la cara las lágrimas que le limpiaban la cara de cicatrices salpicadas por la culpa. Sus ojos se ahogaban en el infinito buscando una señal de vida. El silencio había anidado en su corazón y el tiempo le había jurado venganza a su delito. Sus manos siempre quedarían manchadas de sangre por muchos años que pasaran. La muerte estaba pintada en su supervivencia.

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