martes, 3 de abril de 2012

Nunca nos esperamos que la certeza se esconda en la inconsciencia de nuestras reflexiones.

Las farolas proyectaban sombras a lo largo de las calles por las que me deslizaba con sigilo. Mis pies perseguían el rumbo del aire cálido en la negrura de la noche. El ritmo frenético que se agolpaba entre mis costillas seguía presente calentándome el centro del pecho con sumo nerviosismo. El color zafiro del cielo parecía fundirse con el asfalto de las carreteras. Mis ojos brillaban bajo la tenue luz que iluminaba las esquinas de la ciudad, tentando a la verdad a reflejarse en mi rostro. Mis labios se estrechaban con facilidad, curvados en una frágil y hermosa sonrisa que alimentaba el fuego que comenzaba a arder en las entrañas de mi ser. Una pequeña ráfaga de viento jugaba a descolocar el cabello que me caía sobre la frente, envolviendo mis pestañas en agua y colándose entre mi fino jersey color salmón. Sin darme cuenta había encontrado la alegría oculta entre el polvo de mi pesimismo, enterrada en las experiencias y perdida en el pasado, a punto de explotar por una simple acción, por un segundo que ni siquiera me pertenencia, pero que ante todo era el maldito sustento para no morir allí mismo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario